Infomed

Agosto 1ro. de 1900. Entrevista de la comisión de Walter Reed con Carlos J. Finlay

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

Desde 1881, el sabio cubano Carlos J. Finlay Barrés había demostrado con pruebas fehacientes que el agente transmisor de la fiebre amarilla era el mosquito Stegomia fasciatus, actualmente conocido con el nombre de Aedes aegypti. Sin embargo, sus ideas y experimentos al respecto se consideraron absurdos durante casi 20 años, en los que la mayor parte de sus colegas cubanos y extranjeros ignoraron su convincente tesis, toda vez que para aquella época era demasiado revolucionaria.
Pero llegó el año 1900 y con él la posibilidad de que se confirmara la veracidad de sus postulados, aunque el precio que hubo que pagar para ello fue la pérdida de muchas vidas a causa de la fiebre amarilla, sobre todo de soldados del ejército de ocupación de los Estados Unidos participantes en la última etapa de la guerra de independencia contra España. En tal sentido se ha dicho que esa enfermedad había ocasionado más bajas entre los militares estadounidenses que las balas enemigas, lo que motivó a las autoridades de la nación norteña a tomar medidas para controlar tan incierta situación epidemiológica. A ese efecto se nombró una comisión, presidida por el doctor Walter Reed, e integrada además por los también doctores James Carroll, Jesé William Lazear y el cubano Arísitides Agramonte, los cuales recibieron instrucciones de investigar la etiología y profilaxis del mal.
Los primeros intentos en esa dirección fueron infructuosos, por cuanto resultaron 100% negativos los derroteros hacia los cuales se habían orientado los estudios. Eso hizo que los miembros de la comisión se volvieran hacia la teoría sostenida desde hacía casi dos décadas por Finlay de que la fiebre amarilla se transmitía de un sujeto enfermo a otro sano por mediación del diminuto insecto. Fue así que el 1ro. de agosto de 1900 se produjo la histórica visita de la comisión de Walter Reed a Finlay, la cual marcó el inicio de la etapa de la confirmación de los postulados del científico cubano.
Ese día se presentaron en la casa colonial de la calle Aguacate No. 110, Habana Vieja, donde entonces residía Finlay con su familia, los integrantes de la comisión Reed, Carroll y Lazear, recibidos por su hijo Carlos Eduardo quien los introdujo de inmediato al despacho de su padre, donde había gran cantidad de libros y algunas mesas y estantes con útiles de laboratorio. A la llegada de la visita, se encontraba presente el doctor Antonio Díaz Albertini, quien de modo casual había ido también a visitar a Finlay. En los rostros de los médicos extranjeros se notaba cansancio; no tanto por el agotamiento natural que causa el trabajo intenso y prolongado, como por el derrumbamiento consecuencia del fracaso.
Tras el breve saludo de ritual y de frases vagas e imprecisas para entrar de lleno en el inicio de la conversación que explicara el motivo de aquella visita, Reed le manifestó a Finlay el interés de la comisión que él presidía de estudiar su teoría de la transmisión de la fiebre amarilla por mediación del mosquito. El rostro de Finlay se iluminó al saber que al fin se interesaban por su teoría, luego de tanto tiempo sometida a la indiferencia. Su emoción fue tanta, que se agudizó su viejo mal de corea y apenas podía pronunciar palabra alguna ante la impresión que le produjo aquella agradable noticia.
En medio de su entusiasmo, Finlay miraba con gran atención a Reed, Carroll y Lazear. En el primero notó el semblante frío y duro de quien había sido vencido y tenía que acudir al adversario en busca de ayuda; en el segundo pudo vislumbrar una mirada desdeñosa y poco sincera; mientras que sólo en el tercero percibió el rostro de un hombre franco, afable y honesto. Y fue precisamente Lazear quien se dirigió a él de un modo más gentil cuando le expuso los motivos del interés de la comisión de realizar investigaciones sobre la base de su teoría.
En su intervención, Finlay agradeció el honor que para él significaba que su casa hubiera sido honrada por figuras tan relevantes de la medicina estadounidense y acto seguido relató a grandes rasgos los puntos básicos de sus estudios e hizo una síntesis del proceso de sus trabajos, desde sus errores en 1865, año en el que afirmó que el contagio amarílico tenía su origen en la alcalinidad atmosférica, hasta los resultados de sus últimas inoculaciones con la provocación, inclusive, de formas benignas de la enfermedad para conseguir la inmunidad contra ella. A la vez que hablaba, buscaba en sus notas y documentos inéditos y publicados datos relacionados con sus experimentos para ponerlos a la disposición de la comisión. Casi al final de la conversación Finlay, con el ánimo alegre de quien ve en trance de culminación la obra de su vida para bien eterno de sus semejantes manifestó:

“Al fin lograremos erradicar a la fiebre amarilla”.
A ello repuso Lazear:
“A eso aspiramos. ¡Ojalá que la suerte nos acompañe en los trabajos!”

Las tablas estadísticas; la relación de los sujetos inoculados entre 1881 y 1900 y toda la documentación explicativa de los detalles de los experimentos se habían acumulado en la mesa de Finlay para uso de los comisionados. Por si ello hubiera sido poco y, ante el asombro de los visitantes, el sabio se dirigió a un estante, de donde extrajo una jabonera de porcelana blanca con huevos del mosquito vector que puso en manos de Reed.
Los médicos norteamericanos salieron del domicilio de su colega cubano con el precioso material que éste les había entregado y que les sirvió para llevar a cabo la confirmación de lo que desde 1881 era el descubrimiento del siglo.
En su nota preliminar sobre la etiología de la fiebre amarilla, publicada el mismo año de 1900 en la Philadelphia Medical Journal, los integrantes de la comisión hicieron constar en este sentido los resultados de su visita a Finlay, al exponer los siguientes argumentos:

“Deseamos expresar nuestro más sincero agradecimiento al doctor Finlay por la cortés entrevista que nos concedió. Puso a nuestra disposición sus publicaciones sobre fiebre amarilla durante los últimos 19 años y nos entregó los huevos de la variedad de mosquitos con que había efectuado sus inoculaciones. Nos interesa dejar constancia aquí de una importante observación hecha por el doctor Finlay y es la siguiente: 30 días antes de nuestra visita, esos huevos habían sido puestos por una hembra al borde mismo de una cubeta que contenía agua. A poco sufrió el líquido una ligera evaporación, de modo que los huevos no siguieron en contacto con el elemento húmedo. Mas, a pesar del largo tiempo que habían pasado fuera del agua los huevos, se transformaron pronto en larvas apenas se restableció el nivel del líquido. Con los mosquitos así obtenidos hicimos nuestras experiencias.”
Es lamentable que, luego de este reconocimiento inicial a Finlay por Reed y sus subordinados, se le quisiera atribuir a éste último la prioridad del descubrimiento del vector amarílico. De cualquier modo la nota anterior y los argumentos que han quedado escritos por testigos presentes en aquella entrevista como los doctores Carlos Eduardo Finlay Schine y Antonio Díaz Albertini, así como los textos de las obras de los grandes biógrafos del sabio cubano, a saber, los doctores Francisco Domínguez Roldán, José López Sánchez, el propio Carlos Eduardo Finlay y el historiador César Rodríguez Expósito, han sido las principales fuentes en que se ha basado la confección de este trabajo, en tanto pruebas irrebatibles que marcan la diferencia entre la verdad y la argucia y documentos de obligada consulta para quienes deseen conocer, puntualizar o ampliar aspectos relacionados con su vida y obra. La consulta de estos importantes documentos y de otros que se indican en la bibliografía, han servido por tanto para que no pase por alto la efemérides del 1ro. de agosto de 1900, la cual, como antes se dijo, marcó el inicio de la etapa de confirmación de la doctrina finlaísta.

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