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Historia de la Medicina

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Fiebre Amarilla: La Primera Gran Epidemia 1649

Dr. José López Sánchez Investigador de Mérito Académico de Mérito de la ACC Profesor de Historia de la Medicina
 
RESUMEN:
Se exponen los antecedentes de la fiebre amarilla como enfermedad epidémica en Cuba a partir de 1649, año en que brotó la primera gran epidemia en su territorio. Se analizan los factores que contribuyeron a su aparición en la isla y el alcance de sus efectos desde el punto de vista social y económico. Se describe el cuadro clínico del mal y se dan a conocer las medidas adoptadas para contrarrestarlo. Se ofrecen algunos detalles en relación con su acción mortífera en las regiones del país donde más se sintieron sus estragos. Descriptores DeCS: FIEBRE AMARILLA/historia; BROTES DE ENFERMEDADES; CUBA .

DESARROLLO:
La fiebre amarilla, fue entre todas las endemias que azotaron la isla, la más impresionante y espectacular, la que más temor provocaba entre los colonizadores, con el consabido retardo para el progreso del país. Como muy elegantemente la ha descrito un historiador, en un paralelo que traza con la peste, o plaga del medioevo europeo, dice que si aquélla cabalgaba cual jinete gigantesco, en caballo negro, ésta la hacía sobre bestia amarilla, ocasionando la muerte a aquéllos que osaban trasponer el Océano. (1)
Desde el punto de vista social la fiebre amarilla representó un freno, para el incremento poblacional urbano en las islas antillanas, al atacar preferentemente a inmigrantes entre los que causaba un número creciente de víctimas todos los años, pero nunca tanto como en las pequeñas Antillas, en las costas del Golfo de México o en el territorio sureño norteamericano. Aunque no se ha pretendido minimizar su importancia, sin embargo, es inexplicable que no se hayan fijado los límites que abarcó, ni revelado sus cifras de morbi-mortalidad en comparación con otras endemias tropicales, aceptándose en términos absolutos como la más terrífica y mortal de todas las infecciones, lo que no es una verdad estricta. Es probable que en ello haya sido determinante su corto período de gravedad, y que la muerte sobreviniera en el transcurso de unos días, tras un cuadro pavoroso de vómitos de sangre negra, amarillez facial y delirios violentos. En los primeros tiempos se desconocía que gracias a una condición especial, la fiebre amarilla no era tan temible, porque existían formas benignas que conferían inmunidad de por vida, lo que no excluye que la mortalidad de los enfermos fuera alta, elevándose incluso en algunos brotes hasta el 65 % de los afectados, como sucedió con la epidemia de Río de Janeiro de 1893.
Esta enfermedad apareció en forma endémica, por primera vez, con los signos característicos de su diagnóstico, en América en 1648, sin que se pueda establecer con entera convicción su lugar de origen y tiempo en que se manifestó. Respecto de lo primero, es decir, donde se cobija el agente prístino de esta enfermedad, es un punto controvertible en la historia de las enfermedades infecciosas, y remeda de algún modo la disputa secular sobre la procedencia de la sífilis venérea. Hay quienes sostienen que la fiebre amarilla campeaba en el continente americano antes de la llegada de los españoles y de los esclavos traídos de Africa, y otros, que vino al Nuevo Mundo en los barcos negreros y que las poblaciones aborígenes las desconocían, dando origen así a las dos tendencias que dominan el escenario tradicional de su oriundez: América o Africa. (2)
Existe una especie de consenso entre los historiadores de no desmentir la afirmación de que la primera epidemia con su secuelas de muertes, se presentó entre los tripulantes de la expedición de Francis Drake, o bien porque estalló durante la ocupación de Cartagena de Indias, o porque venía a bordo, desde las islas de Cabo Verde (3), pero lo cierto es, que no existe precedente semejante en otras travesías, no obstante tenerse la creencia de que esta enfermedad era notoria en los barcos que surcaban los mares tropicales, como lo reflejan las leyendas del Buque Fantasma, al que no le fue permitido fondear en puerto alguno, pereciendo toda la tripulación y la rima del marinero antiguo de Coleridge en la que se representa un barco invadido por esta enfermedad. (4)
La fiebre amarilla ha desempeñado un papel de enorme importancia en la historia de las islas caribeñas y las costas de tierra firme, después de la arribada de los conquistadores y los esclavos.
Se cuentan numerosos episodios atribuibles a esta enfermedad en el siglo XVI, como la ocurrida en la captura de Puerto Rico en 1598, por Lord Cumberland. (5) Si hubo o no fiebre amarilla en América en el período precolombino es una cuestión de difícil dilucidación porque esta enfermedad ofrece numerosas complejidades, entre otras, su contagio que no se efectúa del modo reconocido de persona enferma a sana, directamente o a través de objetos comunes, sino que lo hace por intermedio de un insecto, en este caso el mosquito, y además la aparición de su cuadro sintomático específico se presenta en los casos ya extremos.
El camino de la epidemiología histórica debe trazarse a partir del nicho ecológico, y sus eslabones sucesivos hasta llegar al hombre, y aunque se ha avanzado bastante, no es lo suficiente como para probar sitio y época de aparición de los primeros casos de infección por el virus de la fiebre amarilla.
A este se añade en la actualidad la diversidad de especies de mosquitos capaces de inocularla, las múltiples especies de simios que albergan el virus, sus variabilidades como entidad nosológica, la multiformidad de los habitat, el grado espectral de severidad, su corta patogenicidad hacia la curación o la muerte y las modificaciones inmunológica producidas por los diferentes agentes causales.
Las regiones en las que se asentaron los colonizadores blancos, se hicieron rápidamente muy activas en sus intercomunicaciones con un flujo poblacional desarmónico en sus alternativas inmigratorias hispánicas y de despoblación indígena. Grandes bosques y una exuberante fauna de insectos poblaban estas tierras, donde con frecuencia se desataban enfermedades pestilenciales a las que sucumbían un número creciente de pobladores de las diferentes razas.
Se hizo endémica en los trópicos donde los mosquitos podían adaptarse y permanecer en todos los cambios estacionales y llegaban periódicamente, gentes propensas por no haber padecido la enfermedad. No obstante haberse manifestado de inicio preferentemente urbana no puede descartarse que también pudo acaecer en comunidades rurales en las que se desarrollaron condiciones peculiarmente favorables para la diseminación continua del virus amarílico.
Es obvio que debido a mutaciones motivadas por la genética poblacional, se hayan creado especies de mosquitos con hábitos diferentes, que los incitó por necesidad de supervivencia a cambiar su forma de vida y entrar en contacto directamente con el ser humano. La domesticación es un proceso que puede ocurrir en todas las especies orgánicas. De otra parte, la ubicación de las propias comunidades indígenas fronterizas con las selvas bien pudieron promover modificaciones en la forma de la vivienda y de la vestimenta.
Los conquistadores no se podían acomodar a los bohíos indígenas, por lo que se vieron en la necesidad de fabricar casas, con lo que facilitaron cambios en la forma de vida de los Aedes, haciéndose susceptibles a su picadura y por ende a la enfermedad, ante la cual debieron crear sus propios elementos inmunológicos a partir de su propia génesis biológica.
Estas consideraciones y otras que escapan a los requerimientos del tema pueden servir de base para aceptar que la fiebre amarilla pudo existir latente en poblaciones autóctonas con protección para la enfermedad. Los conquistadores por exigencia de sus necesidades impusieron cambios radicales en la conducta y modo de vida de los aborígenes, contribuyendo a favorecer epidemias localizadas de mediana intensidad, que por razones coyunturales de variable naturaleza dieron lugar a brotes cada vez más intensos y numerosos de la enfermedad y que culminaron en el estallido de una gran primera epidemia, como la de 1648, admitida oficialmente como la primera en América, de fiebre amarilla.
La coincidencia de que estallara en Yucatán un área sospechosa de esta enfermedad, ocupada primitivamente por el pueblo Maya, del que existen testimonios de que padecieron epidemias semejantes o parecidas y que éstas, según los códices Chumayel-Tizimin, la sufrían por cuarta vez, desde 1517, es decir, antes de la llegada de los españoles apoya esta suposición. Es evidente que las referencias hablan de vómitos de sangre, no propiamente encarnada, sino como un líquido mezclado con hollín. (6)
El propósito de este capítulo no es discutir la intrincada y problemática cuestión del origen de la fiebre amarilla, que por otra parte ha merecido eruditos y acuciosas investigaciones histórico- literarias, así como, nuevas interpretaciones a la luz de modernos descubrimientos experimentales en la fiebre amarilla selvática, que derrotaron la opinión de que todos los hechos esenciales respecto de la epidemiología de la fiebre amarilla se conocían y comprendían, ya que el virus estaba limitado sólo al hombre y que era transmitido por una sola especie de mosquito, el Aedes Aegypti.
Mucho de los criterios que se mantenían como apodícticos tuvieron que ser revisados ante la presencia de la entidad amarilla de la jungla, pero aún restan muchos otros que deben ser sometidos a nuevas interpretaciones; quizás si las lagunas que aún faltan por llenar sean más amplias y profundas de lo que pudiera presumirse, pero al no constituir en la actualidad la fiebre amarilla un problema epidemiológico sanitario, se ha convertido en un impedimento para que se prosiga su investigación histórico- científica, con el objeto de comprobar las interacciones entre las formas domésticas y selváticas de esta noxa infecciosa.
Para sostener el criterio de que la epidemia de 1648 de Yucatán fue la primera, se tiene que partir de la convicción de que en ese lugar no hubo un foco permanente de la enfermedad, ni fue parte componente de uno regional. Sin embargo, la extensión y crudeza de la epidemia, no se puede reducir a la virtual explicación de que los habitantes españoles e indios estaban desposeídos de inmunidad, por no haberla padecido. Su conocimiento nos ha llegado por las crónicas de los historiadores Du Tetre y López Cogolludo. El pasaje del primero fue traducido y publicado por primera vez por Finlay. En él se afirma que la fiebre era desconocida con anterioridad y que se hizo evidente en St. Kitts (San Cristóbal), traída por unos buques y en sólo 18 meses arrebató cerca de la tercera parte de sus moradores", y posteriormente fue llevada a Guadalupe. Finlay (7) la califica como la más antigua descripción de la fiebre amarilla, y de paso anota que su autor distingue entre peste y fiebre intermitente.
La descripción sintomática clave de esta enfermedad, y la más completa y precisa, es la de López Cogolludo (8), quien la distingue de otras y asegura que era desconocida y los médicos no la identificaban. Los síntomas relatados son los específicos de la fiebre amarilla, tales como dolores articulares, calenturas vehementísima y delirios seguidos de vómitos de sangre como podrida, y de éstos muy pocos quedaban vivos. Los indios fueron atacados después. Duró dos años y se ensañó contra todo aquel que venía por primera vez a América, afirmando que no vio que murieran en recaída, habiendo salido del primer accidente", lo que revela el mecanismo inmunológico que promueve un primer ataque de esta enfermedad.
El análisis del valor de este documento lo ofrece Le Roy. Esta epidemia abarcó todo el Caribe y sus costas desde Veracruz hasta Portobelo, lo que hace que Cuba estuviese dentro de la gran hoguera amarilla, de cuyas ráfagas no podría escapar.
El 7 de octubre de 1648 el Gobernador de la Isla informa al Cabildo que le consta que hay noticia cierta de que en la Villa de San Francisco de Campeche había muerto mucha gente de la que allí residía de la enfermedad contagiosa de peste... y que había pasado a Mérida... y se dio orden para que no entrase dentro de él ni saltase de la gente que en él venía, ninguno a tierra... y se le hizo proseguir su viaje a Puerto Rico".(9)
Las medidas precautorias no libraron a la ciudad de la epidemia, y el contagio se esparció entre los habitantes y tuvo lugar la explosión de la más devastadora epidemia conocida en Cuba hasta ese momento, alcanzando una tasa de 121,72 muertos por mil habitantes.
Quien menciona por primera vez el año de la Peste en La Habana fue el historiador Arrate (10) justificando que hubo tan varios nombramientos" ese año de 1649 por la muerte de varios tenientes gobernadores. El Gobernador Diego de Villalba (11) en carta al Rey califica la epidemia de tabardillo. Se afirma que se condujo ante este episodio con celo, humanidad y desinterés. (12) En opinión de Pezuela (13) en la isla no se habían conocidos más contagio y enfermedades que las inherentes a su clima cálido y las fiebres malignas del verano de 1620. La carta de Villalba no describe los síntomas.
La epidemia se propagó a otras poblaciones costeras como Bayamo y Santiago de Cuba. ¿Por qué esta epidemia apareció en Yucatán en esa fecha, y no en otros lugares como Veracruz, Darién o las Antillas?.
No existe una explicación satisfactoria de ello, pues no puede atribuirse a comunicaciones marítimas más activas, no obstante, las menciones de López Cogolludo y Molina Solís de que este año hubo un incremento en la frecuencia de las operaciones piráticas. (14)
El argumento básico es que las poblaciones de estas localidades aparentemente no gozaban de indemnidad ante la fiebre amarilla, por lo que bastaba una invasión del mosquito infectante para que causara una epidemia grave y de vastas proporciones, con una muy elevada tasa de mortalidad. El clímax más violento se produjo en La Habana en los meses de Agosto y Diciembre donde alcanzó el 78,8 % de todas las defunciones ocurridas en ese año.
¿Cuál es la razón para que estallara una tan violenta explosión epidémica en tan corto espacio de tiempo?. No basta achacarlo sólo a la no inmunidad, quizás si fue un factor de excepción la cuantía de la plaga que actuó con furor, dando lugar a casos de fiebre amarilla graves que mataba en corto tiempo y alcanzaba niveles infectantes no comparables a los de otras enfermedades.
La epidemia de 1649 fue bien estudiada histórica y epidemiológicamente por Le Roy (15) aunque las primicias del estudio sistemático de las defunciones de ese año corresponden a Pérez Beato(16), quien lamentablemente creyó ser de peste bubónica, reinante por entonces en Cádiz... a pesar de que Carlos J. Finlay ya en los años de 1884-1885 la había identificado como fiebre amarilla. El brote duró sólo dos meses, al final de los cuales se restableció el nivel de muertes por año. El trabajo estadístico de Le Roy es valioso, el mejor de su época, en lo que atañe a esta epidemia, probando que en efecto hubo una epidemia de fiebre amarilla que comenzó su gran mortandad a partir del 10 de agosto hasta el 9 de septiembre de 1649.
Es evidente que ellas no cumplen las normas que las bioestadísticas modernas exigen y que en consecuencia presentan datos incompletos, pues la fuente de que se valió, la única posible en aquella época, el registro de defunciones de la Iglesia Parroquial Mayor, que incluía preferentemente blancos, y muy pocos negros. No existe constancia del número de habitantes de la ciudad, aunque se da como cifra presuntiva más de cinco mil pobladores entre residentes y flotantes, tampoco se expresan en los asientos de defunciones las causas de muerte, por lo que no se puede plotear un plano para demarcar las zonas o áreas infectógenas. En términos generales expresan el número global de muertes ocurridas por cualquier causa, cuyo aumento puede interpretarse como la presencia de una epidemia. Debe consignarse que el aumento del número de muertos, según la tabla de Le Roy, comienza en 1647, progresando continuamente en 1648 y alcanzando el acmé en 1649, luego desciende bruscamente en 1650 a una cifra del doble del índice normal, debido a un brote ocurrido en noviembre, a pesar de no ser tiempo propicio para la fiebre amarilla, por lo que se puede aceptar que quizás hubo ingerencia de otra enfermedad. La curva de mortandad prueba la presencia de una expansiva epidemia ocurrida desde 1647 hasta 1650. Se acepta que la fiebre amarilla perduró estacionada en La Habana hasta 1655. En este período parece asociarse a la población inmune una disminución del número de inmigrantes, por lo que la enfermedad se vio autolimitada en su propagación. Si ésta fue en realidad la primera epidemia de fiebre amarilla o no, que ocurriera en América no está probado fehacientemente debido a la escasez de datos válidos. En el caso de La Habana no es posible descartar que se trató de un brote, el más intenso y nefasto para la población.
Un estudio epidemiológico real de cómo se movió la fiebre amarilla en este vasto círculo que abarca el área tropical caribeño es algo que está fuera del contexto histórico, hay menos datos en el siglo XVII que en los anteriores. Las condiciones higiénicas de la ciudad por esos años eran de gran abandono, de forma tal que en tiempo del Gobernador Diego Villalba (17) el Regidor plantea la necesidad de que se le permitiera la imposición de ciertos gravámenes para acometer obras de salubridad, tales como tratar de encañonar la zanja y hacer las conexiones de suministro de los vecinos, resolver el problema del matadero, porque las reses sacrificadas debían quedar a la intemperie, con el creciente aumento de la pestilencia, las moscas y las corrupciones que afectaban la salud de la población.
A juzgar por la denuncia que se hace de encharcamiento de las aguas, se cree que fue una temporada lluviosa, las calles eran de tierra, con el consabido saldo favorable para la procreación de larvas y mosquitos. La atención médica de la población, como ya era de rutina, estaba a cargo de algunos cirujanos y muy escasos médicos. Durante la epidemia fallecieron los cirujanos Pedro Estela, Jacques de Sandoval y Jorge Venjes Gualcar y los médicos Antonio Paz Gutiérrez y Juan de Estrada, que ejercían desde 1638 y 1639 respectivamente. (18) El 8 de mayo del año de la epidemia moría el médico sevillano Francisco de Bella Pericón, por lo que se presume que no fue a causa de la fiebre amarilla, porque según Le Roy en esa fecha aún no había comenzado la epidemia, lo que no es tan exacto por cuanto en abril y mayo del 48 las muertes sobrepasaron las cifras promedios de 11/5 en 1648 a 24/20 en 1649.
La epidemia parece haber permanecido aún con baja intensidad también en Santiago de Cuba y Bayamo, porque en 1635 el Cabildo de La Habana discute y toma medidas para impedir que desde estos lugares le lleguen enfermos, porque la ciudad de Cuba estaba infectada de enfermedades contagiosas y pestilentes y muchos de sus moradores habían muerto de dichas enfermedades, del dicho contagio con que de ser ciertas las nuevas referidas justamente se debía temer que dicho contagio cundiera en esta ciudad. (19)
Esta es la primera vez en la historia sanitaria del país que se dictan normas de control de policía sanitaria, al prohibirse que penetren desde focos epidémicos individuos sospechosos de infecciones. Al año siguiente de 1654 se ciernen nuevas amenazas, pero esta vez provenientes de áreas amarílicas en las Armadas, procedentes de Portobelo y Cartagena. Entre los miembros de la tripulación venían enfermos, pero no se tenía la certeza de que fuera de fiebre amarilla, por lo que los Capitulares se reúnen con padres de la Orden de San Juan de Dios y médicos para dictaminar si podían ser hospitalizados o no.
Era una medida preventiva que se aplicaba por venir la flota de puertos que se tenían como endémicos de fiebre amarilla, resaltando que la enfermedad la padecen los que con anterioridad al año de 1648 y sucesivos no la sufrieron, acordándose que los médicos inspeccionaron las casas en que hubiese algún enfermo, y comprobaran si son de fiebre amarilla o no, y si son positivos darle atención en lugares aislados junto con los que presentan iguales achaques, venidos en la Armada. El criterio de un cordón sanitario era correcto y se correspondía con la idea de que el contagio tenía lugar en forma directa entre personas. Los médicos afirmaron no haber encontrado ningún enfermo del dicho mal del contagio y que si los habría serían cursados en cualquier parte donde estén, dando parte a las autoridades. (20)
El Dr. Juan de Reina Monje, Médico de la Real Armada de la Guarda de las Indias, certificó que ninguno de los enfermos de los buques sufrían el mal que andaba en Cartagena, pero se equivocó porque como consta en Acta del Cabildo, en esta ciudad se padeció de nuevo del dicho achaque emprendiendo en los forasteros y personas que en aquella ocasión (año de 1649) no se hallaron presentes muriendo algunas con la misma aceleración. (21)
La actividad mortífera de esta epidemia se representa gráficamente con las defunciones habidas en el mes de junio, la mayor del año, y la más alta en el lustro que siguió a las del 49-50. Después de este año cesa la actividad victimaria de la fiebre amarilla y no vuelve a hacer su aparición hasta 1693, compartida con viruela, cuyos ataques se habían hecho cada vez más frecuentes en concordancia con la creciente introducción de esclavos negros.
En el área del Caribe, en especial las islas de Barbados, St. Kitts y Martinica mantenían encendido el morbo amarílico desde 1646 en que según Ligon (22) apareció, por primera vez, en ella. Es obvio que en estas zonas se creó una endemicidad que servía para alimentar sucesivos brotes, a través del intercambio marítimo, siempre con su carga humana de tripulantes y esclavos. Cuando en 1655 la fiebre amarilla se hizo imperceptible y aislada en la Isla de Cuba, alcanzó notoriedad en Santo Domingo y Jamaica. Se intuía con visos de certidumbre que esta era una enfermedad propia de las tierras húmedas y calientes del trópico, de lo que se infería que podría mantenerse localizada en esos territorios, de ahí que los episodios febriles coincidentes con el tiempo que aparecieron más hacia el Norte no se identifican como fiebre amarilla, en lo que ayudaba la imprecisión de los rasgos sintomáticos con que se describen tales brotes.
En 1693, simultáneamente con La Habana, apareció en Boston una pestilencia que algunos presumieron que fuera fiebre amarilla, la cual sobrevino tras la llegada a este puerto de la flota británica que venía de Barbados y que arribó en el mes de julio. Esta epidemia fue descrita por Cotton Mather, afirmando que en menos de una semana, por lo regular, mataba a sus vecinos con síntomas horrendos, los que se volvían amarillos, vomitando y echando sangre, diariamente hasta que morían. (23)
Es probable que el contagio comenzara por haber embarcado algunas personas enfermas que infestaron a los soldados y marineros de los barcos durante la travesía, dando oportunidad al virus de disponibilidad constante de víctimas propicias. En realidad sobre la misma hay ciertas dudas, a diferencia de la que apareció en 1699 en Charleston y Filadelfia, las que sí se reconocen como las primeras indiscutidas y específicas de Norte América. Desde este momento la fiebre amarilla se presentó más de una vez en diferentes puntos del territorio de la Unión. Reseñar con exactitud las epidemias que hubo en todo este vasto territorio que se extiende desde la zona ecuatorial hasta cerca de los límites más altos de la templada, no es posible.
Tampoco las ciudades que invadió y el número de enfermos y muertos que dejó tras de sí en su periplo por el territorio, por lo que hipotéticamente es factible aseverar que surgía inesperadamente entre sitios muy alejados. La única explicación valedera y admisible es que la fiebre amarilla viajaba en los buques que recorrían el Atlántico en una u otra dirección, haciéndose ostensible incluso en España y Portugal.
La presunción más generalizada es que el hontanar de la enfermedad estaba en Yucatán y el golfo de Campeche, en Darién, Portobelo y Cartagena, y que desde allí pasó a las islas caribeñas, de las cuales la irradiación más intensa y sostenida era desde Barbados. Cuba sorprendentemente permaneció mucho tiempo inerte, en tanto se recrudecían las eclosiones del mal amarillo en Santo Domingo, Jamaica, Martinica y Guadalupe. En la zona Norte fue Charleston, también Florida y Nueva York.
En 1715 se extendió por estos lugares una epidemia cuya mortalidad se apareja con la peste de Londres de 1665. (24)
A pesar de la fama de tierra malsana que se imputa a Veracruz, de la que se asegura que más de una vez fue transferida a otro sitio por esta causa, no consta de que hubiera fiebre amarilla hasta 1699, importada por un barco inglés que transportaba un cargamento de esclavos, pero quizás corresponda esta referencia a su última ubicación territorial. La importancia epidemiológica de ésta es que sirve de ejemplo de correlación entre las zonas endémicas africanas y americanas. No obstante aceptarse por regla general una cierta refractaribilidad a la fiebre amarilla por los negros, condicionada por la inmunidad adquirida en los países de Africa Occidental de donde procedían, no puede exculparse al comercio negrero como progenitor y vivificador de brotes epidémicos de esta fiebre en el Nuevo Continente, en la medida que sirvieron de vehículos para expandir o enriquecer el enjambre de mosquitos Aedes y el fomento de nuevos criaderos.
En Barbados en 1715 se desencadenó una epidemia de fiebre amarilla cuyos síntomas expuso muy gráficamente Griffith Hughes en la que desaprueba la creencia de Warren de que esta enfermedad es una especie de plaga", que llegó a la Martinica procedente del puerto de Marsella en 1721 con la carga de mercancías. (25) En su lugar él hace una descripción de su cuadro clínico, impresionante, pero correcto, dice:
que comúnmente comienza apoderándose del individuo un acceso de estremecimiento o escalofrío, como el que padecen los atacados de fiebre aguda que dura una o dos horas, más o menos, y que el peligro del curso de la enfermedad se puede conjeturar según continúen con mayor o menos intensidad los paroxismos febriles. Después siguen fuertes dolores de cabeza y otras partes del cuerpo, desasosiego mental, insaciable sed e intranquilidad, a los que se acompañan vómitos o no; la rubicundez inicial desaparece en pocos días y en su lugar se instala una palidez amarillenta; si ésta se presenta de inmediato, poco chance de vida tiene el sujeto, porque mientras más rápido ocurre es peor; la boca se llena de sangre que escupe continuamente, si el cuadro continúa, el cuerpo se enfría y el pulso se abate, luego entra en coma que para él es como si fuera de mármol con la mente ausente", este estado puede durar unas 12 horas y luego expira.
Y añade que es de la opinión que la sangre desde el comienzo es totalmente pútrida debido al contenido de sales alcalinas". (26) Lo sobresaliente de esta imagen es el énfasis con que remarca la significación del color amarillo que adquiere la piel de estos enfermos, sobre todo en la cara y los ojos, de modo tal que la nombró fiebre amarilla, y es así como se le conoce hasta los tiempos modernos. A lo largo de su historia ha adoptado un sinnúmero de sinonimias que han ido unos tras otras desapareciendo. En Cuba predominó fuertemente la de Vómito Negro, debido a que así tituló Tomas Romay su Disertación (27) y también por ser este signo fuertemente específico e impactante de la afección infecciosa, de modo tal que cuando sobrevenía era indicador de la proximidad de la muerte inexorable del paciente. Con ese nombre se conoció también la violenta epidemia que penetró por Cádiz en 1730 que se supuso procedente de Suramérica y que se mantuvo 8 años, propagándose ampliamente por el Continente Europeo. Entre septiembre y octubre causó unas 22,000 muertes; vino en la flotilla de Pintado desde Cartagena, donde ya había dejado una estela de horrores y muertes.
En su recorrido apocalíptico no excluyó a ninguna de las grandes ciudades del viejo continente, enseñoreándose por Francia, Alemania, Bohemia, Dinamarca, Suecia, Rusia y otras. Un hito muy significativo en la historia de la fiebre amarilla lo constituyó la que tuvo lugar en 1762, por marcar el último año en que se produjo un brote de considerable extensión y gravedad en la mayor parte de la zona amarilógena de América, resultado de la presencia de grandes contingentes de marinos ingleses que invadieron el Caribe con el deliberado fin de apoderarse de La Habana. Esta fue la acción más importante política y militar que engendraron las guerras entre Inglaterra y España.
En Charleston hubo también un brote, un año antes, que fue calificado de fiebre infecciosa biliosa sospechosa de ser fiebre amarilla. En esta ciudad reinaban casi todo el año plagas epidémicas de diversa naturaleza, que dificultaban reconocer a la fiebre amarilla. Esta se extendió de modo que coincidió con la de Filadelfia y Nueva York, los tres centros más activos de fiebre amarilla en América del Norte. En Filadelfia fue devastadora con una tasa de mortalidad superior a 20 diariamente. La de Nueva York tuvo la virtud de darle a Rush todos los elementos que le permitieron identificar la enfermedad. Cuando reapareció en 1793, él fue capaz de diagnosticarla, ante la incredulidad de los jóvenes que no la conocían, dada su ausencia de la ciudad por 20 años. (28)
El punto de partida de estos brotes que estallaron simultáneamente con el de La Habana, se originó en las Indias Occidentales, sin poderse precisar en qué isla, pero sin duda en una de las colonias británicas.
Desde 1655 Inglaterra hacía planes de conquista de las grandes Antillas, a tenor de la política expansionista de Cromwell.
Aún estando en paz con España, incursionaba en el Caribe, atacó Jamaica, que resistió por la ayuda recibida de Cuba, y al final fue vencida y sometida. La población optó por emigrar hacia La Habana y Santiago de Cuba con el consiguiente aumento de la población de la Isla que llegó hasta 40,000 habitantes.
Esto marcó el comienzo de un recrudecimiento del espíritu de posesión y colonización por parte de las potencias marítimas europeas, estimulada por la decadencia de España, obligada a aceptar la libertad de los mares y la emancipación de los monopolios. Holanda fue la primera en apoderarse de territorios en el Caribe, desde donde organizaron el contrabando a gran escala, al tiempo mismo que despertó la envidia de Inglaterra, que la incitó a imitarla en sus acciones de conquista, seguida de inmediato por Francia, repartiéndose entre ellas las pequeñas islas, pero el punto de mira, el que los deslumbraba era La Habana. Este fue un período político agitado, en que se creó un estado de incertidumbre y guerra. Cuba continuaba armándose y fortificándose. Los ingleses se mostraban pretenciosos y amenazantes para asegurar y extender el contrabando.
En 1741 Inglaterra, envalentonada con su poderío militar marítimo, concibe la idea de apoderarse de México y Perú, para cuya empresa armó una fuerza expedicionaria considerable compuesta por 12 mil hombres de los cuales perecieron 8,431 en Cartagena.
La epidemia estaba difundida por toda la costa, en Portobelo, Panamá, Veracruz, parte de su expedición fue derrotada y para resarcirse el Almirante Vernon de esta afrentosa derrota, navegó hacia Cuba, penetrando por Guantánamo para tomar Santiago de Cuba, y derrotado dejó abandonado un botín importante de pertrechos y armas.
Los acontecimientos en Europa, las rivalidades entre las naciones, esta vez con la excepción de España, le permitieron reponerse en este período de paz, pero la neutralidad duró poco al establecer en 1761 la alianza con Francia, en el conocido Pacto de Familia. Inglaterra se hizo eco de esta circunstancia que los convertía en enemigos, para declararle la guerra a España, viabilizando así los sueños dorados de Albión de dilatar sus conquistas por América, volviéndose hacia lo que era su máxima ambición, la toma de La Habana. Con eso aseguraba la realización de su proyecto de impedir a España recepcionar libremente sus tesoros, al tiempo mismo que abrir un comercio libre, sustentándose en el punto de apoyo que constituía la Isla de Cuba para dominar las Antillas, cuya privilegiada posición geográfica era atracción permanente para todos los que alimentaban los sueños de dominio de las comunicaciones entre los dos mundos.
Las acciones y peripecias militares de esta guerra no es objeto de este libro, sino el papel que pudo desempeñar la fiebre amarilla en esta coyuntura. La necesidad de mano de obra para construcciones de trincheras, obligó a traer presidiarios de Veracruz, esclavos y soldados de la guarnición, y con ellos incentivaron la epidemia que ya desde el año anterior iba mermando las tropas acantonadas. Los ingleses mostraban gran preocupación e inquietud ante la posibilidad de que cuando desembarcaran y se pusieran en contacto con la población insular se contagiaran con la fiebre amarilla que ya reinaba en la ciudad. No obstante las medidas sanitarias establecidas en la flota, entre la tripulación se presentaban casos de enfermedades llamadas flujo de vientre de seguro disentería, debido a la influencia del clima. En los hospitales de campaña a los lados del camino por donde se habían introducido en la plaza grupos de soldados, se agitaban agónicamente y más adelante se dejaban ver cadáveres semi-insepultos.
Los médicos que acompañaron a la expedición no tenían conocimiento de la fiebre amarilla, la que confundían con el paludismo u otra epidemia, no obstante haber sido víctimas de ella, en sus propias colonias antillanas, pero no se habían ocupado de estudiarla y poca literatura les era accesible si se exceptúan las obras históricas, no específicamente médicas, de Griffith o Williams. (29)
Las investigaciones modernas han obligado a numerosas rectificaciones en la historia de la fiebre amarilla, aún quedando pendientes otras, quizás las más importantes, a partir de la aparición de la fiebre amarilla selvática o de la jungla, avizorada por W. Hoffman (30) quien sostuvo la existencia de una enfermedad americana, similar a la africana, en sus notables y originales investigaciones histo-patológicas calificadas por él como un medio infalible para el diagnóstico de la fiebre amarilla.
Con entera independencia de sí en efecto, en el año de 1648, tuvo lugar la primera epidemia de fiebre amarilla en el Nuevo Mundo, es a partir de ella que se escribe la historia de esta enfermedad y se puede confeccionar su calendario epidemiológico, lo que no contradice que antes pudo haber otros brotes que no fueron registrados por carecerse de tradición oral, de las curvas de morbilidad o narraciones documentales.
La casi desaparición de la forma urbana por la destrucción del vector y la inmunización por la vacuna, han obrado contra la continuación de las investigaciones de su origen y sus interrelaciones con la selvática. El conocimiento de las mismas no arroja aún definiciones concluyentes.

Desarrollo histórico de la enseñanza médica superior en Cuba desde sus orígenes hasta nuestros días

Dr. Gregorio Delgado García Profesor de Microbiología y de Historia de la Medicina Historiador Oficial del Ministerio de Salud Pública.
 
RESUMEN:
Sobre la base de la recopilación y análisis de los planes de estudio y programas de asignaturas, de la bibliografía docente y analítica y de otros textos referentes al desarrollo histórico de la enseñanza médica superior en Cuba, se ofrece una panorámica acerca del asunto desde su inicio hasta la época actual. A modo de introducción se citan brevemente los factores que coadyuvaron al surgimiento de las primeras Escuelas o Facultades de Medicina al nivel universal y, acto seguido, se aborda el tema circunscrito al archipiélago cubano. En este sentido se establecen las características y evolución de la enseñanza de la Medicina en los períodos colonial, republicano burgués y revolucionario socialista, puntualizando en cada uno de ellos aspectos tales como sus figuras más representativas, sus planes, sus cátedras, el nivel de preparación de los graduados y la influencia que en ella ejercieron los acontecimientos de carácter político, entre otros. Descriptores DeCS: UNIVERSIDADES; EDUCACIÓN MÉDICA/historia; CUBA

INTRODUCCION:
Una de las ramas más importantes de la historia de las ciencias en general y de la medicina en particular la constituye, sin lugar a dudas, la historia del desarrollo de su enseñanza.
Dedicado a la docencia, por vocación de hondas raíces familiares, desde hace más de tres décadas y media en el pregrado de medicina, en cursos de técnicos medios y de postgrado y en los últimos tres lustros, además, a la enseñanza de la historia de la salud pública en Cuba en la Facultad de Salud Pública, actual Escuela Nacional de Salud Pública, no puede parecer raro que como parte de mis actividades de investigador en el Departamento de Problemas Teóricos de la Salud Pública e Historia de la Medicina del lamentablemente desaparecido, Instituto de Desarrollo de la Salud de La Habana, emprendiera en 1981 una investigación documental sobre el desarrollo histórico de la enseñanza médica superior en Cuba en el período colonial, cuyo informe final fue publicado con el título de “Historia de la enseñanza superior de la medicina en Cuba. 1726-1900”, Ed. Ciencias Médicas, La Habana, 1990, 320 páginas (Cuaderno de Historia de la Salud Pública No. 75).
De entonces acá he llevado la investigación hasta la reforma de estudios de 1962, de la que he presentado informes parciales, aprobados, en 1992 y 1993; publicado varios artículos y que razones ajenas a mi voluntad, no me han permitido completar su informe final, que comprende treinta capítulos.
Sobre las últimas cuatro décadas, de las que he sido testigo alerta, he recopilado
planes de estudio, programas de asignaturas, bibliografía docente y sobre todo bibliografía analítica sobre su desarrollo, principalmente del profesor Fidel Ilizástigui Dupuy, sin lugar a dudas la máxima figura de la pedagogía médica cubana de todos los tiempos, a quien tanto debemos los médicos cubanos actuales y a quien dedico esta modesta conferencia, en la que pretendo exponer a grandes rasgos los aspectos más relevantes del desarrollo de la enseñanza médica superior cubana desde sus orígenes hasta nuestros días, como aporte personal a éste, nuestro II Congreso Nacional de Historia de la Medicina.

DESARROLLO:

Origen histórico de las Escuelas o Facultades de Medicina.
Del filósofo griego Platón (427-347 a. C.) proviene la idea de la enseñanza pública, lo que no va a convertirse en realidad hasta 1500 años más tarde en las universidades de Occidente.
Las escuelas griegas se extendieron con la cultura helénica y adquirieron cada vez más importancia, pero desaparecieron con la caída del mundo antiguo. Las escuelas romanas de rétores, que estaban muy bien organizadas, florecieron aún durante el siglo III y brindaban a sus alumnos una enseñanza general, sobre todo filosófica y teórica, que abarcaba las siete artes liberales agrupadas en el Trivio (Gramática, Retórica y Dialéctica o Lógica) y el Cuadrivio (Aritmética, Música, Geometría y Astronomía).1
A partir del siglo IV el cristianismo sustituye paulatinamente al mundo occidental greco-romano. Los conventos salvan en la Edad Media las ideas de la antigüedad, pero ya no existe la forma antigua de la enseñanza. La iglesia se hace cargo de las obras de los filósofos griegos y romanos pero los interpreta según sus nuevas concepciones humanistas.
En el siglo VIII la norma de que cada convento abriera una escuela propia, condujo a la fundación de importantes centros de enseñanza que mucho van a influir en el desarrollo de la medicina conventual.2 De tal forma llega a ser esta actividad patrimonio de la iglesia que los concilios de Châlon -sur-Saône (813), Aquisgrán (817) y especialmente el de París (829) exigieron que todo obispo fundara una escuela y de este modo surgieron en la totalidad de las sedes episcopales o diócesis centros de enseñanza capitulares. Ya en el siglo XI se distinguieron sobre todo las escuelas de las sedes episcopales que fueron las precursoras de las universidades.
Los maestros de las diversas disciplinas, en dichos colegios, celebraban asambleas generales, llevaban a cabo exámenes en conjunto, se reunían para admitir en su agrupación o expulsar de ella a miembros, para llegar a constituir los “Consortia magistrorum”. En la primera mitad del siglo XIII se introduce en París la costumbre de calificar de “facultas” a la ciencia enseñada dentro de una disciplina y esta denominación en el año 1250 la adoptan cada uno de los “Consortia magistrorum”.
En la segunda mitad del propio siglo XIII se forman independientemente “facultas” o facultades como corporaciones de maestros de cada una de las disciplinas con sus estatutos, exámenes, etc., principalmente de filosofía (philosophiam), teología (theologiam), jurisprudencia (jurisperitam) y medicina (medicinam).3
La reunión de los maestros de las cuatro “facultas” en una “Universitas” o institución de estudios generales o universales, es el primer paso que condujo a la formación de la universidad, la cual va a recibir orden de creación y estatutos administrativos como prerrogativas de papas y reyes.
A partir de las diversas escuelas existentes en París se origina en 1110 el primer Studium Generale del mundo cristiano, después universidad,4 al que siguieron en 1158 el de Bologna, el de Oxford en 1167 y el de Cambridge en 1209.5 Por fundación real, el primero lo fue el Estudio General de Salamanca creado por Alfonso IX, rey de León, en 1218, confirmado como la cuarta universidad de la cristiandad por el papa Alejandro VI en 1254.6 Le continuaron las universidades de Padua (1222),7 Nápoles (1224), Lisboa (1240), Siena (1246), Coimbra (1288)8 y Montpellier (1289).9 Las primeras universidades de Europa central lo fueron las de Praga (1347), Viena (1365), Erfurt (1379) y Heidelberg (1385).10
Las escuelas propiamente de medicina van a surgir fuera de las universidades o como una de sus facultades o se incorporaran a ellas. Como ejemplo de las primeras está la más antigua, la Escuela de Salerno, con la cual la medicina medieval comenzó a tener carácter laico y una formación anatómica y clínica más científica.
El hecho que desde el año 500 fuera Salerno sede episcopal y que desde el 820 contara con un importante monasterio benedictino con hospital, a lo que se agregaba su reputación de lugar saludable y puerto abierto al comercio de navegantes mediterráneos de cualquier procedencia, contribuyó todo ello a la creación de una “Civitas Hippocrática” en la ciudad italiana, con influencia de las cuatro grandes culturas médicas de la antigüedad, representadas en los orígenes de la escuela, por otros tantos maestros fundadores como: Helenius, judio; Ponto, griego; Adela, árabe y Salernus, latino, aunque todo parece indicar, según modernas investigaciones históricas, que la Escuela de Salerno no fue fundada, en el sentido recto de la palabra, sino que se formó poco a poco y se desarrolló orgánicamente en el siglo XI.11
Con el descubrimiento y conquista de América a finales del siglo XV y principios del XVI comienzan tempranamente las fundaciones de universidades, con escuelas de medicina o sin ellas, por órdenes religiosas, principalmente, la de Predicadores o Dominicos. La primera será la de Santo Domingo en 1538, pero ya desde 1532 incorporó médicos el convento de la Orden fundadora sin haber recibido, aún, el privilegio pontificio12 y las de México y Lima creadas en 1551, tuvieron cátedras de medicina en 1578 y 1634 respectivamente.13, 14
Las demás universidades de América contaron con cátedras o facultades de medicina en los siguientes años: Guatemala en 1681; Quito 1693; Caracas 1727; La Habana 1728, pero ya se enseñaba medicina desde 1726 en el convento de la Orden que la creó por tener desde 1721 el Breve Pontificio que aprobaba su erección; Bogotá 1733; Santiago de Chile 1756; Guadalajara de México 1791; Buenos Aires 1798; León de Nicaragua 1807; Bahía y Río de Janeiro 1808 y San Juan de Puerto Rico 1816.15
La primera escuela de medicina en lo que hoy es Estados Unidos de Norteamérica se fundó en 1765 en el Pennsylvania Hospital de Philadelphia y se adscribió como un Medical Departament al College of Philadelphia, que era una institución de enseñanza secundaria. La segunda se creó en 1767 en New York, en el King’s College, que después de la independencia se convirtió en la Columbia University y la tercera en Cambridge, cerca de Boston, en el Harvard College, en 1782, hoy Harvard University.
La primera escuela de medicina canadiense se inauguró en 1822 en el Montreal Medical Hospital, con profesorado inglés protestante, hoy Medical Faculty de la Mc Gill University y la segunda se creó en Quebec en el Marine and Emigrant Hospital, en 1830, con profesorado francés católico, incorporada desde 1847 a la Université Laval de Quebec.15

La enseñanza superior de la medicina en Cuba en el Período Colonial
Los Dominicos que habían fundado las primeras universidades de América llegaron a nuestra Isla desde el inicio de la conquista y el Obispado de Cuba, aunque se creó oficialmente en 1518 en la ciudad de Baracoa, no vino a tener obispo residente en la diócesis, ya con sede en Santiago de Cuba, hasta el quinto designado, fray Miguel Ramírez de Salamanca, de la Orden de Predicadores.16
De esta manera se daban tempranamente en nuestro país dos de las condiciones para fundarse una institución de estudios generales o universidad, la que faltaba era la tercera, a la que el profesor Francisco Guerra, de la Universidad de Alcalá de Henares, ha llamado factor demográfico o sea el aumento de la población española que justificara tal escuela, pues los únicos que tenían acceso a ella eran los peninsulares y sus descendientes blancos.17
Y esta condición estaba ya presente cuando los Hermanos de la Orden de Predicadores comenzaron sus gestiones en 1670 para crear en Cuba una universidad como la de Santo Domingo con las prerrogativas de la de Salamanca, las que culminarían medio siglo después cuando el papa Inocencio XIII, después de obtener informe favorable del obispo de Cuba, fray Gerónimo de Nosti y de Valdés, emitiera el Breve Apostólico de 12 de diciembre de 1721 por el cual se autorizaba la fundación de nuestra primera universidad en el convento de San Juan de Letrán en La Habana.18
Discrepancias entre el obispo y la Orden demorarán siete años la fundación de la Universidad, pero quizás esto influyó para que en 1722 el prelado Valdés creara en Santiago de Cuba el Real Seminario Conciliar de San Basilio el Magno, primer centro de estudios generales o de enseñanza superior en la Isla.
Por tener ya la Orden de Predicadores en su poder el Breve Apostólico, autorizado por el rey desde el 27 de abril de 1722, es que en 1726 comienzan a dictarse lecciones de medicina en su convento, como primero de los estudios generales a que ya tenía derecho a impartir.
Es cierto que desde años antes, en una fecha que hemos calculado que pudo ser cercana al año 1711, en que se funda por segunda vez el Real Tribunal del Protomedicato de La Habana, los Hermanos de la Orden de San Juan de Dios (Juaninos) comenzaron a preparar, en su convento y hospital, a aspirantes al título de Cirujano Romancista, pero estas lecciones en modo alguno pueden ser consideradas de enseñanza médica superior.19
Por lo tanto las primeras, sin lugar a dudas, fueron las dictadas por el bachiller en medicina de la Real y Pontificia Universidad de San Hipólito de México, Francisco González del Álamo y Martínez de Figueroa, en el Convento de San Juan de Letrán a partir del 12 de enero de 1726, las cuales al ser fundada la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor San Jerónimo de La Habana el 5 de enero de 1728 se incorporaron a su Facultad Mayor de Medicina y sus tres únicos alumnos, los primeros graduados de bachiller en medicina con estudios realizados enteramente en La Habana.
En 1734 se pusieron en vigor los estatutos de la Universidad y con ellos el primer plan de estudios de medicina, del cual se ha dicho que carecía de enseñanza práctica, pero esto no es enteramente cierto. Al igual que los de las principales universidades de América (México y Lima) constaba de cuatro años de estudios teóricos, pero para realizar los grados de bachiller en medicina tenían que cursar dos años de práctica junto a un médico examinado en el Real Tribunal del Protomedicato y para los de licenciado y doctor cuatro años, los que hacían en total ocho, cuatro teóricos y cuatro de prácticas, pero estos últimos podían ser junto a un médico, profesor o no de la Facultad Mayor de Medicina.
Con muy ligeros cambios se mantuvo el plan de estudios durante ciento catorce años, pero en 1842 se lleva a cabo, lo que considero el hecho más importante de la historia de la enseñanza médica superior en Cuba, la secularización de la Real y Pontificia Universidad de La Habana y con ella la reforma de estudios más profunda realizada en nuestro país.
Las cinco cátedras del viejo plan dieron paso al doble de asignaturas, se crearon diez nuevas y se le dio un ordenamiento mucho más científico y didáctico. Se incorporó la disección anatómica que se hacía fuera de la Universidad, se inició la enseñanza clínica al lado del enfermo durante los tres últimos años de la carrera, se comenzó el estudio de la obstetricia y de las enfermedades del sexo, de los niños y sifilítica, se le dio una proyección social y humanista al plan de estudios con la inclusión de asignaturas como las de Higiene Pública y Privada, Medicina Legal, Jurisprudencia Médica, Policía Médica e Historia de la Medicina, se creó el antecedente más lejano del año del internado al exigirse a los graduados de medicina un año de prácticas, sin cursar ninguna asignatura, antes de realizar los ejercicios para el grado de doctor y se actualizaron los contenidos de todas las materias a impartir. En conclusión se pasó de la Edad Media al siglo XIX en la enseñanza médica.
En 1863 se crean los institutos de segunda enseñanza con lo que se saca el bachillerato en artes o filosofía de la Universidad. Se pone en vigor un nuevo plan de estudios de medicina que incluye un curso de ampliación para reforzar los conocimientos adquiridos en el bachillerato en artes, se mantienen los tres períodos de bachillerato en facultad, licenciatura y doctorado con ocho años de duración en total y se suprime el año de práctica o intersticio.
Como consecuencia de la guerra independentista de 1868, el mismo día que se cumplían tres años de su inicio, se suprimió el doctorado en todas las carreras de la Universidad, lo que trajo como consecuencia las protestas estudiantiles que llevaron a la represión dentro del recinto universitario y al fusilamiento de ocho estudiantes de medicina el 27 de noviembre de 1871. Con el final de la guerra en 1878 se restituyó el período del doctorado y tres años más tarde se puso en vigor un nuevo plan de estudios que suprimió el bachillerato en facultad y el curso preliminar, extendió la licenciatura a seis años y dejó en uno el doctorado.20
En 1887 se establece el último plan del período colonial español en el cual se restituye el año preparatorio, se mantienen con igual tiempo la licenciatura y el doctorado, se independiza como asignatura el Curso Especial de Enfermedades de la Infancia, se refuerzan las enseñanzas clínicas y se crea una asignatura en el período del doctorado de enorme importancia para la formación salubrista del futuro médico, que es la de Ampliación de la Higiene Pública con el estudio histórico y geográfico de las enfermedades endémicas y epidémicas.
No obstante todas estas mejoras la enseñanza de la medicina presentaba serias deficiencias, principalmente en la actualización de sus materias, lo que trató de ser remediado fuera de la Universidad por un grupo de jóvenes médicos cubanos, graduados casi todos en universidades europeas, con la fundación de una Escuela Práctica de Medicina en La Habana en 1893, pero este noble empeño se vería frustrado con la nueva guerra independentista de 1895-1898, en la que casi todos los profesores de la nueva institución docente abandonaron sus tareas académicas para cumplir con el llamado de la Patria, así como algunos de la Facultad de Medicina, estos últimos sustituidos por médicos militares españoles sin preparación ni vocación para la enseñanza.21

La enseñanza superior de la medicina en Cuba en el Período Republicano Burgués
Con el país completamente arrasado por la última de nuestras guerras independentistas contra España, a lo que tanto contribuyeron la criminal reconcentración de población rural en pueblos y ciudades decretada por el poder colonial hispano y el bloqueo naval de los Estados Unidos de Norteamérica, llegaba el pueblo cubano a su triste etapa de primera ocupación militar por “nuestros vecinos del norte”, como preámbulo al período de república burguesa.
Nombrado en 1899 el ilustre jurisconsulto y profesor universitario, doctor José A. González Lanuza, Secretario de Instrucción Pública del gobierno de ocupación, puso en vigor nuevos planes de estudios en las carreras de la universidad habanera que tuvieron como característica la profusión de cátedras, el aumento del número de profesores y la falta de visión sobre la realidad económica del país. El plan de estudios de medicina se aumentó a ocho años de duración, pues el período preparatorio se extendió a dos, con asignaturas de utilidad tan discutible como: Anatomía y Fisiología Animales, Anatomía y Fisiología Vegetales y Fitología, se suprimieron las de Ampliación de la Higiene Pública e Historia Crítica de la Medicina y no se incluyó la de Antropología, creada en otras carreras como las de derecho civil y ciencias naturales.
Un año después el doctor González Lanuza era sustituido como Secretario de Instrucción Pública por el eminente pedagogo y filósofo, doctor Enrique José Varona Pera, quien va a llevar a cabo una verdadera y profunda reforma de la enseñanza general en Cuba que abarcará los estudios primarios, secundarios y universitarios.
Inspirado en las más modernas concepciones del pensamiento positivista aplicadas a la enseñanza superior, tomando en cuenta las más urgentes necesidades del pueblo cubano para salir de la crisis económica de la posguerra independentista y asesorado por pedagogos eminentes, como entre otros: Alfredo M. Aguayo Sánchez, Carlos de la Torre Huerta, Esteban Borrero Echeverría, Claudio Mimó Cava, José Varela Zequeira y José M. Valdés Rodríguez, su reforma suprimió cátedras obsoletas, dejó para más adelante la inclusión de otras, dio paso en todas sus formas a la enseñanza práctica para que predominara sobre la teórica, creó carreras tan necesarias al país como las de ingenierías, arquitectura, pedagogía y estomatología y la de medicina, de ocho años de duración la redujo a cinco, con evidente superioridad en la enseñanza práctica de la física y química aplicadas a las ciencias médicas, la disección anatómica y las clínicas, pero su gran error fue limitar el enfoque salubrista a una sola asignatura, la de Higiene, pensando más en el médico en su ejercicio individual, que en su labor social.22
El Plan Varona en medicina hecho para cubrir un momento coyuntural de nuestra historia va a durar, sin embargo, más tiempo de lo necesario. Un hecho que estremeció la enseñanza médica de Occidente influirá sobre él y lo cambiará.
El estado anárquico de la enseñanza de la medicina en Estados Unidos, en la primera década del siglo XX, llevó a la Asociación Médica Estadounidense a pedir a la Fundación Carnegie para el Progreso de la Enseñanza que realizara un estudio de la educación médica del país, que se extendió también a Canadá y nombró para esa tarea al entonces joven y brillante educador doctor Abraham Flexner.
El doctor Flexner publicó su hallazgo en 1910 después de visitar personalmente 155 escuelas médicas en el curso de dieciocho meses y el impacto de su honesto y profundo estudio fue responsable directo de la clausura de 29 de dichas escuelas y sentó las bases que se seguirían en el resto, para la formación de un médico en el ejercicio privado de la profesión, pero sin grandes preocupaciones sociales.23
La influencia flexneriana va a llegar a Cuba con el plan de estudios médicos de 1919 con el que se extiende a seis años la carrera, dejándose establecido en él las tres agrupaciones que se harán clásicas en todo el mundo, las de ciencias básicas, preclínicas y clínicas. Pero un año antes en la universidad argentina de Córdoba se lleva a cabo una profunda reforma de la enseñanza con gran proyección social, mucho más acorde a los grandes problemas de Latinoamérica, que se hará sentir en todas nuestras universidades.
Con motivo del I Congreso Nacional Estudiantil en 1923, inspirado en las prédicas y el pensamiento revolucionario de Julio Antonio Mella, se lleva a cabo una verdadera revolución estudiantil universitaria que exigirá una reforma inspirada en la de la Universidad de Córdoba. En estos hechos va a jugar un papel muy importante el joven doctor Gustavo Aldereguía Lima, entonces ayudante graduado de una de las cátedras de clínica médica, quien conocedor profundo de la reforma de Córdoba invitó al rector de la Universidad de Buenos Aires, doctor José Arce, de visita en La Habana, para que dictara una conferencia en la que explicara dicha reforma, lo cual se llevó a cabo en el Aula Magna de la Universidad el 4 de diciembre de 1922 y el mismo doctor Aldereguía participará en el congreso estudiantil, a pesar de ser graduado, como delegado de la Asociación de Estudiantes de Manzanillo.24
Presionado por estos hechos el claustro de la Facultad de Medicina redactó y aprobó el ejecutivo de la nación en 1924 un nuevo plan de estudios que aunque agregó nuevas asignaturas de la importancia de las de Radiología y Fisioterapia, Parasitología y Enfermedades Tropicales, Patología Clínica e Higiene Terapéutica de las Enfermedades Tuberculosas, Enfermedades de las Vías Urinarias y Ortopedia, dejó igual la proyección social de la medicina, como el Plan Varona, inspirado más en la reforma flexneriana que en la de Córdoba.
En 1928 se agregó un séptimo año a la carrera de medicina al incluirse un curso de premédica, pero dos años después el gobierno dictatorial del general Gerardo Machado Morales, clausuraba la Universidad de La Habana, la que se mantuvo inactiva hasta la caída de la dictadura el 12 de agosto de 1933.
Empieza entonces una etapa de crisis en los estudios universitarios en general y en particular de los de medicina. Se ponen en práctica dos planes de estudios (1934 y 1937) de cinco años de duración, más que de transición de compromiso con las exigencias del estudiantado, perjudicado por un nuevo cierre de la Universidad entre 1935 y 1937 y violentos atropellos contra la Facultad de Medicina por parte de la nueva dictadura del entonces coronel Fulgencio Batista Zaldívar.
Esta situación caótica se resolverá en parte con la puesta en vigor, en 1942, del llamado Plan Vieta, por ser en esos momentos decano de la Facultad de Medicina el doctor Angel Vieta Barahona, inspirado en las concepciones flexnerianas para formar a un médico en el ejercicio privado de la profesión, pero innegablemente de superior calidad al resto de los establecidos en el período republicano burgués.
Este plan de estudios, que también consolidó los primeros pasos de la carrera docente con sus etapas de adscriptos, instructores y asociados y creó la carrera hospitalaria con las de alumnos internos y médicos internos y residentes, se mantuvo en vigor hasta noviembre de 1956 en que el Consejo Universitario acordó la suspensión de las actividades de la Universidad de La Habana, ante las violentas agresiones de la segunda dictadura del ya general Fulgencio Batista.

La enseñanza superior de la medicina en Cuba en el Período Revolucionario Socialista
La alborada revolucionaria del 1 de enero de 1959 desató en el alma mater habanera todas las ansias reprimidas de reformas radicales de enseñanza en parte del profesorado y del estudiantado. La impaciencia por realizarla llevó a momentos de extrema tensión como el llamado “colinazo universitario” de febrero del propio año, en que un grupo de profesores y alumnos tomaron el alto centro docente y destituyeron al resto del profesorado y a la dirección universitaria.
Vuelta la normalidad se lleva a cabo una depuración del profesorado, entorpecida por lo más reaccionario del claustro, lo que provoca un cambio de estructura en la dirección del centro, por la que se sustituyen el Consejo Universitario por una Junta Superior de Gobierno y los Decanatos por Juntas de Gobierno en las Facultades.
Convocadas reuniones de todos los claustros para discutir estas medidas, la de la Facultad de Medicina se celebró el 29 de julio de 1960, convirtiéndose en una borrascosa sesión en que más de la mitad de los profesores presentes votaron en contra de la aprobación de las medidas, en una franca actitud contrarrevolucionaria, a la que por cartas se solidarizaron después otros profesores ausentes de la misma, por lo que unos días más tarde todos fueron suspendidos de empleo y sueldo y sometidos a consejos disciplinarios, a lo que se unirían numerosas renuncias para acogerse a jubilación y una inoportuna resolución de la Junta Superior de Gobierno decretando la jubilación forzosa por edad, todo lo cual dejó al claustro de la Facultad con sólo 23 profesores de los 161 existentes cuando se suspendieron las actividades docentes en noviembre de 1956.
Estas ausencias, sin embargo, van a ser cubiertas rápidamente por concursos de méritos, principalmente, entre adscriptos, instructores y asociados de las diferentes cátedras, por lo que apenas se afecta el proceso docente y los servicios hospitalarios de las cátedras. El plan de estudios de 1942 vigente en enero de 1959 sufre algunos cambios en las asignaturas, las que se agrupan en planes de liquidación de seis años de duración para los alumnos de cada curso, que habían sufrido el cese de las actividades de la universidad desde 1956.
Con el nuevo profesorado ya fue más fácil emprender la reforma universitaria que pedía el momento histórico que vivía el país y ella reflejará el cambio de la medicina capitalista a la medicina socialista, con un gran enfoque humanista y social, como se pedía en la revolución universitaria de 1923, lo que permitió proclamar la nueva reforma en la histórica colina universitaria el 10 de enero de 1962, aniversario 33 del asesinato en México de Julio Antonio Mella, a manos de criminales a sueldo de la dictadura machadista.25
El plan de estudios médicos de la reforma estará vigente solamente en el curso de 1961-1962 pues ya en 1963, a consecuencia de la diáspora contrarrevolucionaria que sacó del país en los cuatro primeros años del período revolucionario 1 554 médicos, se pone en vigor un plan de estudios, emergente, de cinco cursos de duración, incluyendo el año de práctica o internado, obligatorio para todos los alumnos, una de las grandes conquistas de la reforma y se permite el ingreso por examen, sin el título de bachiller en ciencias.26
Este plan conocido como Plan Baeza, por ser entonces director de la Escuela de Medicina el inolvidable Maestro doctor Pedro M. Baeza Vega, sólo alcanzará tres cursos, pues limitadas las salidas médicas y estudiado mejor el fenómeno, se vio que en los mismos primeros cuatro años se graduaron 1 497 nuevos galenos por lo que la diferencia era sólo de 57 profesionales y es preciso aclarar que el año que menos médicos hubo en Cuba fue en 1961 con 5 996 y nunca quedaron tres mil, pues esa cifra errónea es producto de restar las salidas a los 6 405 existentes en 1958 y no sumarle los nuevos graduados por años.27
Por lo tanto en 1966 se pone nuevamente en vigor el plan de estudios de la reforma con ligeros cambios y en 1969 se establece el más novedoso de todos estos ensayos médico-pedagógicos, el plan integrado, producto de la vocación, el talento y la dedicación a estos estudios del doctor Fidel Ilizástigui Dupuy, quien como el doctor Flexner en su tiempo, estudió todas las formas de enseñanza de la medicina existente en los países de una larga tradición en el mundo, adaptando esas ideas a las características y necesidades concretas de nuestro país.28
No es posible en el espacio de tiempo de que dispongo para esta conferencia extenderme más en consideraciones sobre este magnífico plan de estudios, demasiado complejo para ser aplicado con éxito en las múltiples facultades de medicina que se iban creando a lo largo del país, con profesorados jóvenes, sin gran experiencia pedagógica, aunque con sólida preparación científica en sus especialidades.
A partir de 1978 se vuelve al plan por asignaturas, lo que se mantiene en los de 1986 y 1994, todos de seis años de duración y bajo la orientación del profesor Ilizástigui se pone especial énfasis en la formación del médico que en cada momento necesita nuestro Sistema Nacional de Salud Único para cumplir cabalmente los principios de la salud pública socialista cubana que son: marcado acento preventivo, de promoción y rehabilitación en las acciones de salud; accesibilidad y gratuidad de dichas acciones; participación del pueblo organizado en el cumplimiento de las mismas y la solidaridad internacional de nuestra medicina.29
Para el cumplimiento de esos objetivos Cuba, que al inicio del período revolucionario socialista tenía una sola Facultad de Medicina, cuenta hoy ante el asombro del mundo con 4 Institutos Superiores de Ciencias Médicas, 22 Facultades de Medicina y 20 filiales que abarcan todas las provincias del país, el Instituto de Ciencias Básicas y Preclínicas “Victoria de Girón”, una Escuela Nacional de Salud Pública de postgrado, la Escuela de Medicina Latinoamericana y la Escuela de Medicina Caribeña y un plan de estudios enfocado a la atención médica primaria, que ha hecho posible la dispensarización de acciones de salud a casi la totalidad de la población del país con el modelo de atención médica primaria del médico y la enfermera de la familia.30

Referencias Bibliográficas:
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24.- Aldereguía Lima G. Relato histórico y Curriculum Vitae. Edición mimeografiada. La Habana. 1960.
25.- Consejo Superior de Universidades. La reforma de la enseñanza superior en Cuba. Colección Documentos. La Habana, 1962.
26.- La reforma universitaria y la enseñanza de las ciencias médicas. Ed. Universidad de La Habana. 1963.
27.- (**)Araujo Bernal L. y Rodríguez Gavaldá R. Migración de profesionales. Tribuna Médica de Cuba. 1966; 25(493-500): 13-27.
28. Ilizástigui Dupuy F. Salud, Medicina y Educación Médica. Ed. Cien. Med. La Habana, 1985.
29.- Ilizástigui F. La Educación Médica Superior y las necesidades de salud de la población. En: Ilizástigui Dupuy F. La Educación Médica Superior y las necesidades de salud de la población. Ed. Inst. Cien. Med. Habana, La Habana [sin fecha de edición]: 11-22.
30. Ilizástigui Dupuy F. Experiencia cubana en la formación del Médico General Básico como Médico de la Familia. En: Ilizástigui Dupuy F. La Educación Médica Superior y las necesidades de salud de la población. Ed. Inst. Sup. Cien. Med. Habana, La Habana [sin fecha de edición]: 73-90.
 

 

Cuatro reliquias bibliográficas de la medicina cubana

Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

Uno de los mayores deleites que proporciona el estudio de los hechos y manifestaciones de la actividad humana pasada, es poder advertir la reaparición de acontecimientos, asuntos o personas en ocasiones olvidados, poco o nada conocidos y hasta menospreciados en su justo valor. Al pasar la mirada por la historia, conforta el ánimo saber la asiduidad con que han aparecido individuos de poderoso y elevado intelecto, capaces de sondear los problemas del universo y de encontrarles solución con un invento, con un descubrimiento o con una acción que luego queda para la posteridad. Por ello esas personas, además de cumplidos exponentes del medio y de la época en que existieron y se formaron, permanecen en el tiempo y en la eternidad.
Por ejemplo, el invento de la imprenta por el alemán Johannes Gutenberg ha sido uno de los más fecundos de los realizados por el hombre, pues gracias a él se pudo difundir con más rapidez la cultura y pasar, a partir de finales de la primera mitad del siglo XV, de la etapa del manuscrito reservado a unos pocos afortunados, a la de la edición de miles de ejemplares de documentos al alcance de todos. Este invento fue pues de tal trascendencia, que junto con el descubrimiento de América estableció una nueva era en la historia de la humanidad: la Edad Moderna.
Una de las ciencias más beneficiadas en principio con la aparición de la imprenta fue la medicina, pues como ciencia eminentemente práctica y basada en la observación, necesitaba un medio para divulgar los últimos conocimientos a quienes la ejercían. Fue precisamente la existencia de la imprenta lo que posibilitó a los médicos aplicar un tratamiento por primera vez en cualquier parte del entonces mundo civilizado poco tiempo después de haber sido descubierto.(1)
Otro aspecto importante en cuanto a la significación de la imprenta, aparte de su función inicial de unir a los médicos de todos los confines del planeta a través de la comunicación científica, es haber sido el vehículo fundamental para evaluar la evolución de la medicina en particular y la de las ciencias de la salud en general desde los tiempos de Hipócrates hasta la época actual.
Los inicios del movimiento científico cubano se remontan al siglo XVII y el primer libro de este tipo producido en la isla se escribió por el médico de origen español Lázaro de Flores y Navarro.(2) Este libro, titulado Arte de Navegar, se imprimió en Madrid, España, en 1673, por cuanto la técnica de la impresión de Gutenberg no había llegado todavía a la mayor de las Antillas.(3)

LA PRIMERA OBRA IMPRESA EN CUBA

Según resultados de estudios de la bibliografía médica nacional, realizados por el doctor Manuel Pérez Beato, la imprenta se introdujo en Cuba aproximadamente en 1720, es decir, casi tres siglos después de haberse inventado.(4) En 1910, este erudito historiador médico de origen español descubrió el primer documento impreso en el país, a saber, un folleto que con el título de Tarifa general de precios de medicinas fue mandado a reproducir en el taller del impresor Carlos Habré en La Habana por el protomédico doctor Francisco de Teneza, y en el cual aparecen relacionados en orden alfabético los nombres de los medicamentos con sus respectivos precios puestos en vigor durante 1723.(5,6)
Este folleto, además de constituir una verdadera e indiscutible reliquia de la bibliografía cubana en general, tiene la importancia particular de ser una obra médica, en la cual se consignan muchos datos curiosos de las medicinas empleadas por los galenos de aquella época. En la relación de las drogas, se observa un gran número de medicamentos, además de un singular vocabulario de sus nombres, algunos de los cuales no se han encontrado ni en las antiguas farmacopeas. Entre las páginas V y VII del folleto y con el título de ELUCIDARIO, se exponen los argumentos que justificaban su publicación y el auto del doctor Teneza, donde ordenaba la formación del arancel. A éste le siguen 26 páginas, en las cuales aparecen los 187 medicamentos que se debían vender y sus precios. Esta información tiene hoy día un gran valor, por cuanto permite conocer la terapéutica aplicada en aquella época, así como las posibilidades de beneficiarse con ella por parte de las capas más pobres de la población de entonces.(7)
El único ejemplar de este viejo documento, que aún se conserva en la Biblioteca Nacional “José Martí”, tiene algunas de sus partes remendadas, además de escritos a mano con tinta varios renglones ya desaparecidos por la rotura del papel original. No está foliado ni tiene signaturas y está impreso en hojas sueltas. En la parte superior de su portada se ve el escudo real español y debajo se lee con la ortografía de la época:
“Tarifa general de precios de medicinas. En la Havana, con licencia de los superiores, en la imprenta de Carlos Habré, 1723”.

LA PRIMERA PUBLICACIÓN PERIÓDICA CUBANA

Antes de la ocupación de La Habana por los ingleses en 1762, constituían una rareza los documentos que se publicaban, aún después de la introducción de la imprenta en 1720 y del comienzo de la vida intelectual en Cuba con la fundación de la Universidad en 1728. Hay que llegar pues al gobierno de Luis de las Casas, para comenzar a hablar de los factores que condicionaron las acciones sistemáticas en tal sentido. Al tomar posesión del mando de la isla en julio de 1790, este gobernante notó que no había en ella nada donde divulgar siquiera las noticias oficiales. Por ello pensó establecer un periódico y, de acuerdo con su amigo, el célebre médico cubano Tomás Romay Chacón, y con Diego de la Barrera -quien ya en 1782 había dado a la publicidad una hoja de anuncios denominada La Gazeta-, decidió fundar la que había de ser la primera publicación periódica de Cuba.
El 24 de octubre de 1790 comenzó a circular con el título de Papel Periódico de la Havana esta publicación, en cuyas páginas se conserva mucha información valiosa para la historia de Cuba. En ellas aparecen, entre otras cosas, artículos sobre agricultura, comercio, hidráulica, moral, religión, legislación, arquitectura, pirotécnica, química, física, higiene y medicina. Los artículos médicos abordaban sobre todo las afecciones prevalecientes en cada mes y su relación con los cambios climatológicos. Se reproducían también trabajos antes publicados en revistas europeas y se emitían criterios acerca de algunas enfermedades como la tisis, el tétanos del recién nacido y la fiebre amarilla, entre otras.(8)
Tras la fundación de la Sociedad Patriótica de Amigos del País de la Havana por el propio las Casas el 9 de enero de 1793, éste propuso al cuerpo directivo de la nueva corporación se ocupara del manejo del periódico. Así, con la acertada dirección de su fundador y con el valioso apoyo que éste recibió de varios intelectuales, la publicación adquirió mucho más auge. El 10 de noviembre del mismo año, el doctor Romay publicó, con el seudónimo de Tomás Moro, su primer artículo de carácter médico en el Papel Periódico de la Havana, en el cual se opuso a las pretendidas virtudes de una receta general contra la elefancia, la alferecía, la hidropesía y otras enfermedades.(9)
En su primer año de circulación (1790), vieron la luz sólo diez números que se publicaron los domingos. A partir de 1791 comenzó a salir los jueves y domingos y así se mantuvo hasta 1805.(10)

EL PRIMER DOCUMENTO CIENTÍFICO DE LA BIBLIOGRAFÍA MÉDICA CUBANA

La fundación de la Sociedad Patriótica de Amigos del País de la Havana en 1793, trajo consigo la publicación de sus Memorias a partir del año siguiente y, con ello, la aparición de una fuente de inestimable valor para todo aquel que quiera conocer en detalle la historia de Cuba. Tanto en el Papel Periódico de la Havana, como en las Memorias de la Sociedad Patriótica de Amigos del País, aparecía en primera línea el nombre de Tomás Romay, quien dio a conocer desde sus páginas muchas particularidades sobre las vacunas, los cementerios y la fiebre amarilla, entre otros aspectos.
En Junta Ordinaria de la Sociedad Patriótica de Amigos del País, celebrada 5 de abril de 1797, el doctor Romay leyó su Disertación sobre la fiebre maligna llamada vulgarmente vómito negro, enfermedad epidémica de las Indias Occidentales. Esta conferencia produjo tal entusiasmo y fervor científico, que los médicos asistentes a dicha reunión la consideraron la memoria con la que mejor tino y erudición se había tratado una enfermedad sobre la cual tanto se trabajaba. Por ello recomendaron su impresión y reproducción en el más breve plazo y la remisión de varios ejemplares al Tribunal del Protomedicato. Dicho sea de paso, esta Junta del 5 de abril de 1797 fue la primera reunión científica de los médicos cubanos.(11) En la sesión siguiente se leyó la apología de varios médicos a la memoria escrita por Romay y se acordó su impresión. Lamentablemente el acuerdo no se cumplió y ello impidió conocer el juicio crítico de estos médicos a la disertación, impresa el 2 de noviembre de 1797.
El autor de esta monografía hizo atinadas observaciones sobre las épocas propicias para la ocurrencia de la fiebre amarilla; describió en forma brillante sus síntomas y brindó un adecuado fundamento del método preventivo, según el criterio por él sostenido, del carácter no contagioso de la enfermedad.(12) En el documento se pueden apreciar también profundos conocimientos de Romay sobre la historia natural, el clima, los insectos, las maderas, la agricultura y el comercio de la isla, expuestos con bello estilo y elevado poder de síntesis.
La disertación tiene un significado inapreciable, pues a su condición de una de las mejores monografías publicadas en aquella época sobre fiebre amarilla -al punto que le mereció a su autor el premio de Socio Corresponsal de la Real Academia de Madrid-,(13) une la de ser el documento que inauguró la bibliografía cientificomédica en Cuba, a pesar de que desde 1790 el propio Romay y otros médicos de la época tenían la oportunidad de plasmar por escrito sus observaciones en el Papel Periódico de la Havana y en las ya mencionadas Memorias de la Sociedad Patriótica de Amigos del País.
Así quedó para la historia como fecha de despegue de la bibliografía cientificomédica cubana el 5 de abril de 1797, día en que se reunieron por primera vez los médicos cubanos para discutir temas de carácter científico.

LA PRIMERA REVISTA MÉDICA CUBANA

Otro ilustre médico cubano, el doctor Nicolás José Gutiérrez Hernández, fue protagonista de innumerables acontecimientos importantes para la historia de la medicina nacional. Entre muchos otros de sus aportes se pueden mencionar que como cirujano se destacó por haber sido el primero en practicar en su país la talla hipogástrica, la tenotomía y la litotricia; extraer un pólipo uterino; tratar las fracturas con el vendaje inmovilizador; curar la hidrocele con inyección de tintura de yodo y emplear el cloroformo para la ablación del cáncer de mama.(14) Como Regidor y Teniente Alcalde del Cabildo habanero contribuyó notablemente al desarrollo cultural de la ciudadanía y a la educación de la niñez.(15) Como docente aplicó métodos que transformaron la teoría en práctica e inauguró el primer curso de clínica quirúrgica impartido en La Habana y como científico se distinguió como fundador de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana -la actual Academia de Ciencias de Cuba- y de la primera revista médica cubana.(8)
El surgimiento de esta revista que comenzó a circular en 1840 con el título de Repertorio Médico Habanero, significó una verdadera hazaña cultural en Cuba, pues antes de ese año los médicos criollos sólo podían divulgar sus observaciones en pocos espacios disponibles en el Papel Periódico de la Havana y en las Memorias de la Sociedad Patriótica de Amigos del País. Por ello esta revista, la pionera de más de 60 títulos dedicados a las ciencias de la salud surgidos durante la segunda mitad del siglo XIX, salió con el objetivo de dar a conocer los avances de la medicina cubana y con el deseo de que los médicos del patio contaran con un lugar donde ofrecer sus aportes para el auge de la profesión.
Bajo la dirección de su fundador, quien contó para la redacción con el apoyo de los doctores Ramón Manuel Zambrana Valdés y Luis Costales Govantes, vio la luz su primera entrega en noviembre de 1840. Cada número, con un formato de 25 por 16 centímetros y 16 páginas, se dividía en cuatro secciones. La primera, CLÍNICA MÉDICO QUIRÚRGICA, brindaba información sobre la constitución médica, las enfermedades prevalecientes en el mes anterior, el estado de los hospitales y las observaciones y reflexiones en relación con los efectos de los medicamentos aplicados a distintas afecciones. La segunda sección divulgaba trabajos originales de medicina y de otras ramas afines de la ciencia. La tercera, con el nombre de BIBLIOGRAFÍA, daba a conocer obras nuevas de las que a veces se hacían reseñas críticas o extractos de su contenido. La cuarta y última sección, VARIEDADES, contenía sobre todo anuncios de medicamentos permitidos y prohibidos en Francia, además de otras noticias que por su naturaleza no cabían en las demás secciones.(16)
El primer tomo, que tuvo 12 entregas mensuales, abarcó de noviembre de 1840 a octubre de 1841. Ahí se interrumpió la publicación por problemas financieros hasta el 16 de julio de 1842, en que inició una segunda serie con frecuencia quincenal y el doctor Cayetano Lanuza como redactor en sustitución de Zambrana. De la segunda serie, que se extendió hasta el 16 de febrero de 1843, se editaron también 12 números que salían los días 1ro. y 16 de cada mes. La tercera serie abarcó del 1ro. de marzo al 16 de agosto de 1843, mientras de la cuarta y última hubo sólo cuatro entregas del 1ro. de septiembre al 16 de octubre del mismo año.
Entre noviembre de 1840 y octubre de 1843 se produjeron 40 números del Repertorio Médico Habanero, en cuyas páginas se atesoran 355 trabajos sobre 294 temas generales. El promedio de trabajos por entrega fue de 6,7 y los aspectos más abordados fueron morbilidad con 51 apariciones, mortalidad con 49, así como admisión y alta del paciente, tratados en 35 ocasiones cada uno.

CONSIDERACIÓN GENERAL

En este artículo se ha tratado de dar a la publicidad una pequeña fracción de la herencia bibliográfica médica nacional, legada por las generaciones anteriores de médicos cubanos, la cual se debe conservar y estudiar para el disfrute y beneficio de las generaciones actuales y futuras de personas consagradas a las ciencias de la salud y demás interesados en el tema.
Asimismo los resultados del estudio realizado a estas cuatro reliquias de la bibliografía médica cubana es parte de un esfuerzo encaminado a evitar que éstas se desconozcan o algún día se lleguen a olvidar.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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5. ----. Una joya bibliográfica: el primer impreso cubano. El Curioso Americano 1910;4(5-6):136-140.
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12. Romay T. Disertación sobre la fiebre maligna llamada vulgarmente vómito negro, enfermedad epidémica de las Indias Occidentales. Havana: Imprenta de la Capitanía General, 1797:1-49.
13. Costales M. Elogio del Dr. Tomás Romay. Cuad Hist Salud Pub 1964;(26):11-21.
14. Gutiérrez NJ. Noticias concernientes a la historia de la medicina en La Habana. An Acad Cien Med Fis Nat Hab 1885;22:461-469.
15. Roig de Leuchsenring E. Homenaje al ilustre habanero doctor Nicolás José Gutiérrez en el cincuentenrio de su muerte. Cuad Hist Hab 1941;(21):12-14.
16. Gutiérrez NJ, Zambrana R, Costales L. Introducción. Rep Med Hab 1840;1(1):1-2.

¿Existió medicina aborigen en el archipiélago cubano?

Dr. Manuel López Martínez Especialista de Primer Grado en Neurología y de Segundo Grado en Administración y Organización de Salud Investigador Agregado y Profesor Auxiliar Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía
TRABAJO PREMIADO CON MENCION EN LA COMISION DE HISTORIAS LOCALES DEL SEGUNDO TALLER CIENTIFICO "POR LOS CAMINOS DE LA HISTORIA " CELEBRADO EL 15 DE FEBRERO DEL 2001 EN EL  MUSEO MUNICIPAL "JOSE  RAFAEL LAUZAN " DE SAN ANTONIO DE LOS BAÑOS
 
RESUMEN:
Se exponen brevemente algunas reflexiones sobre los orígenes de la existencia de una medicina aborigen en el archipiélago cubano. Se identifican sus principales antecedentes a partir, sobre todo, de las etnias aborígenes más próximas por su desarrollo a un “ejercicio de la medicina”, de acuerdo con el aforismo de Plinio, el viejo de la Grecia clásica: “no existe pueblo alguno sin medicina, aun cuando haya alguno sin médicos”. Se trata de precisar, sin la existencia de un estudio especial apoyado en la arqueología, cómo, por quién y sobre cuáles enfermedades se ejercía la medicina” en los distintos grupos indígenas que poblaban el archipiélago cubano. Descriptores DeCS: ASISTENCIA MÉDICA/ historia; RECURSOS HUMANOS EN SALUD; CUBA

DESARROLLO:

La historia médica del archipiélago cubano no comienza durante el período de viajes del Almirante de la Mar Océana Cristóbal Colón al Nuevo Mundo, donde se abrieron nuevos caminos para la humanidad. Sin que exista un estudio especial apoyado en la arqueología que permita conocer cómo curaban a sus enfermos, se puede afirmar en términos generales que entre los miembros de cada uno de los grupos étnicos que integraban la comunidad primitiva cubana precolombina se practicaba la medicina, a juzgar por la lectura de los cronistas de indias y de los trabajos de algunos historiadores médicos, como los doctores Antonio de Gordón y Acosta en el siglo XIX y José A. Martínez Fortún y Foyo en el XX.
Los estudios de las culturas aborígenes de Cuba han llegado a establecer diversos términos para designar a los grupos que habitaron la isla. Estos términos han evolucionado y continúan evolucionando. En este sentido parece más práctico, para abordar las comunidades aborígenes en el momento de la conquista, emplear la terminología utilizada por los estudiosos que vivieron, observaron y escribieron sobre aquella etapa. Así se encuentran referencias acerca de a los pre-agro alfareros (guanahatebeyes y siboneyes) y de los más desarrollados agro alfareros o taínos. Estos últimos, como portadores de la cultura aborigen, dejaron en su herencia cultural huellas a seguir para conformar la historiografía médica cubana.
La medicina aborigen en Cuba sobrevivió a su propio pueblo como un verdadero "préstamo cultural" que recibieron los colonizadores hasta el siglo XVIII. Como acontecimiento histórico documentalmente probado que avala este legado, se puede citar uno ocurrido en 1609, cuando el Ayuntamiento de Santiago de Cuba le concedió a la curandera india Mariana Nava licencia para practicar la medicina, por lo que fue la primera que ejerció legalmente esta profesión en Cuba.
No son contados los que consideran de poco interés el estudio de los conocimientos médicos de los pueblos precolombinos, que se encontraban a decir de Torquemada "en la primera edad del mundo o estado de la inocencia".
¿Cuáles eran los conocimientos "médicos" de nuestros aborígenes?
Según la tradición fue "Buchuu-etihu", viejo eminente o Bohito II, quien les enseñó la medicina, la que entre los taínos se ejercía por los llamados sacerdotes-médicos o behiques o bohiques, poderosos personajes que constituyeron, a juicio del sabio polígrafo cubano doctor Fernando Ortiz, los sujetos más aborrecidos y calumniados por los misioneros y colonizadores, quienes veían en ellos un impedimento para sus propósitos de esclavizar a sus compatriotas y destruir el patrimonio cultural.
Si se aplica el principio de que sin Anatomía y Fisiología no hay medicina posible, ¿cómo llamar entonces al ejercicio de los behiques en aquella etnia más próxima por su desarrollo a esta práctica? De algún modo ellos abordaban el tratamiento y atención de las "dolencias". Razón tuvo Plinio en la Grecia Clásica con su aforismo de que "no existe pueblo alguno sin medicina, aun cuando haya alguno sin médicos".
En el museo Indo Cubano de Banes se conserva un ídolo antropomorfo bicéfalo, elaborado en concha, el cual pudiera tener relación con las figuras dobles de la cultura taina, muy ligada con los dioses del buen tiempo y de la lluvia.
En el sitio conocido como Chorro de Maita, también en Banes, se encontró un ídolo de hueso, fechado entre 800-1500 dne, que hace notar una posición de contorsión, quizás representando una hiperelasticidad articular.
La reliquia taína conocida como "Idolo de Taguabo", que recibe el nombre del lugar donde fue hallada, presenta un tórax afilado que recuerda la deformidad denominada Pectus Gallinatum. Hay antecedentes no precisados de la práctica de la cirugía estética de las mamas en la cultura taína, que se observan en figuras de arcilla procedentes de esta cultura, que se encontraron en Ventas de casanova, Banes.
Este vistazo a objetos precolombinos y del período colonial del archipiélago cubano, brinda un testimonio de su medicina aborigen, reflejada en una incipiente manifestación de arte y medicina. Como se ha visto, no había conocimiento de morfología anatómica; sólo una muy rudimentaria sobre los huesos, de los que se consideraba que las partes blandas no eran más que envolturas de las partes duras. No había identificación de las funciones de los órganos o vísceras, ni tampoco se conocía la fisiología.
Es de señalar que había alguna identificación de los sentidos de la vista, el oído, el olfato, el tacto y el gusto, pues gracias a estas funciones se podía establecer contacto con el medio externo, el peligro y la supervivencia, aunque se desconocía su verdadero mecanismo funcional.
Los aborígenes desarrollaban una vida tranquila, adaptada a su medio, pacífica, laboriosa, con un buen equilibrio biológico y con el disfrute de buenas condiciones de salud. No se han hallado datos como para pensar que padecieron enfermedades que se pudieran registrar como de índole epidémica. Tampoco se han encontrado signos o evidencias que permitan confirmar que fueron portadores de infecciones transferibles a los españoles, con excepción de las llamadas “bubas”. Las condiciones higiénicas eran muy buenas y la práctica del aseo personal individual y colectivo garantizaba una situación epidemiológica ambiental muy estable y no propicia a la enfermedad; toda una filosofía higiénica "cultural".
A pesar de esta situación de paraíso en que vivían, los aborígenes conocieron la enfermedad, a la que en su lengua llamaban “axe”. Les fue de interés la fiebre, la anemia, los dolores, el prurito y la tos, entre otros síntomas.
Los behiques, si se les quiere llamar los "primeros médicos cubanos", conocieron y trataron para aliviar, curar o sanar entre otras enfermedades las producidas por parásitos intestinales y de la piel, las diarreas, la constipación, el asma, las dificultades en la emisión de orina, los dolores, el acné, las heridas y las contusiones. Como medidas preventivas aislaban a los enfermos para evitar el contagio y enterraban a los muertos en áreas lejanas a los vivos.
Los aborígenes cubanos aplicaron también el tratamiento quirúrgico. Practicaron entre otras operaciones la extracción de los ojos, la castración, la reducción de fracturas, la aplicación de sangrías y las prácticas obstétricas. Para estos menesteres quirúrgicos empleaban los cáusticos, la espina del maguey y los cuchillos de piedra. No hay información disponible en cuanto a si usaban algún procedimiento para quitar o disminuir el dolor a los enfermos que con tanto valor asumían la cruenta, noble y bien intencionada intervención.
Entre sus principales métodos terapéuticos se encuentra el hidroterápico, que usaban en varias enfermedades, pues el agua era esencial en la salud y la enfermedad. Otro método muy común era el sugestivo, ya que medicina y religión estaban muy relacionados y la enfermedad se atribuía a un castigo divino. La historia de la medicina y las religiones están ligadas con la evolución de la civilización de los pueblos y no es posible separar una de la otra para su estudio. Otro de sus métodos terapéuticos era el evacuante, para el que empleaban plantas medicinales como la yerba santa, el manzanillo, las guayabas maduras y verdes, la piña, el bejuco, el tabaco, el sasafrás, la verbena, el betumen, el guaguasi, el goaconax, la jagua, la guacima, el guayacan y la palma cristi.
Procede señalar que muchas plantas de las citadas no eran sólo evacuantes en el sentido de "purgantes", pues se empleaban en otras afecciones como el sasafrás (canela) para el tratamiento de la fiebre y el betumen para las afecciones del útero. La leche se utilizaba también como medio terapéutico.
Con la enriquecedora oferta que les brindaba la flora nativa, se puede aseverar que los taínos cumplían intuitivamente el aforismo hipocrático, según el cual “el medio debe proporcionar siempre al enfermo los medicamentos que estén más a su alcance".
Los taínos practicaron también la disección de los cadáveres, hasta dejarlos como momias. Es significativo que esta cultura no practicaba en sus ritos la antropofagia, la consanguinidad ni los cruentos sacrificios humanos. Tenían establecido un rígido sistema para exigir la responsabilidad del ejercicio de la medicina y la castración se podía emplear como sanción. Cuando moría el jefe de la tribu, al "médico" que lo atendía, es decir al behique, lo enterraban junto a él y a su esposa.
En cuanto a la pregunta que alude el título de este trabajo de si existió medicina aborigen en el archipiélago cubano y especialmente en los taínos, todo indica que sí y muy rica, aun cuando no se han investigado y desentrañado todavía sus enigmas con la vehemencia y el rigor que requiere uno de los pilares de la construcción de la historiografía médica cubana. A modo de conclusión, vale sostener la idea del médico e historiador doctor Antonio de Gordón y Acosta:
"Ó la Medicina de Cuba primitiva, como toda o casi toda la del nuevo mundo, vale por lo menos, tanto como la de las naciones descritas del viejo en sus antiguos tiempos (Asiria, Egipto, Grecia, India, China, etc.), o ninguna tiene el interés necesario, para ser la base de la ciencia, cuyos representantes; (también los behiques); según el «Filósofo de Cos» sólo son comparables a los dioses y afirmando que también en la medicina existen, huellas vivas de lo Indo cubano".

 

BIBLIOGRAFÍA

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Tomás Romay y el primer libro sobre Medicina publicado en Cuba

Dr. Enrique Beldarraín Chaple Especialista de II grado en Epidemiología, Profesor del Departamento de Salud Pública. Facultad de Medicina “General Calixto García”. Investigador Agregado. Sección de Humanidades Médicas, Universidad Virtual de la Salud, INFOMED.
 
RESUMEN:
Este trabajo constituye la reseña del libro escrito por Tomás Romay en el año 1797 sobre la fiebre amarilla y que es considerado el primer libro médico publicado en Cuba. Descriptores DeCS: FIEBRE AMARILLA/historia; BROTES DE ENFERMEDADES; CUBA
El documento, (Formato PDF) que ponemos a la disposición de nuestros usuarios es la obra científica que inauguró la literatura médica nacional, obra del insigne médico Tomás Romay y Chacón, al que el desarrollo de nuestras ciencias médicas tanto le debe y en particular las esferas de la Higiene y la Epidemiología, sólo basta recordar el hecho de que fue el introductor en nuestro país de la vacunación, con la inmunización contra la viruela a principios del siglo XIX, en 1804, justo antes de que arribara a Cuba la famosa Expedición de la Vacuna, comandada por Francisco Xavier de Valmis, que enviada por el Rey de España, le dio la vuelta al mundo para llevar el pus vacunal y las técnicas de inmunización a las colonias españolas. Pero ya desde mucho antes de la publicación de la obra que nos ocupa Romay escribía en el Papel Periódico de La Habana artículos científicos y de divulgación de la medicina.

DESARROLLO

En el año 1797 es que vio la luz la famosa obra “DISERTACION SOBRE LA FIEBRE MALIGNA VULGARMENTE LLAMADA VOMITO NEGRO, ENFERMEDAD EPIDEMICA DE LAS INDIAS OCCIDENTALES.” , este año fue de capital importancia para la cultura científica de nuestro país, al mismo lo llamó el profesor José López Sánchez el “Año de la Eclosión Científica”, por la cantidad de obras que se publicaron a la vez en Cuba, como fenómeno inusitado, iniciando el despertar con fuerza del movimiento científico nacional, nucleado alrededor de la Sociedad Económica de Amigos del País, fundada en 1793 por el Capitán General Don Luis de las Casas y Aragorri (que gobernó de 1790 a 1796, quién fundó además la Junta de Agricultura y Comercio, El Real Consulado, la Casa de Beneficencia, el Jardín Botánico, una Cátedra de Matemática y varias escuelas de primeras letras) y bajo el influjo de hombres de mentalidad tan preclara como el Obispo de La Habana Don Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa (presidió la Sociedad Económica, fue además reformador del Seminario de San Carlos dotándolo de una Cátedra de Física Experimental, luchador contra la Filosofía Escolástica, junto a Tomas Romay llevó a cabo una de las medidas sanitarias más importantes de su época: sacar los enterramientos de las iglesias, y se construyo nuestro primer cementerio, en la capital, que llevó su nombre, impulsor de la vacunación en el país), el padre José Agustín Caballero, Francisco de Arango y Parreño, Francisco de Frías y Jacott, conde de Pozos Dulces, el joven presbítero Felix Varela y Morales, que ya daba sus primeros pasos en la escena pública cubana. En este “Ano de la Eclosión Científica” se publicaron obras de medicina, agricultura, botánica, agronomía, ellas fueron:
• “Disertación sobre la fiebre maligna llamada vulgarmente vómito negro”, de Tomás Romay y Chacón.
• “Oración inaugural en elogio de la cirugía”, de Francisco Xavier de Córdova.
• “Ensayo sobre la utilidad de la química”, de José Estevez Cantal.
• “Discurso sobre las buenas propiedades de la tierra bermeja para el cultivo de la caña de azúcar y sobre su excelencia respecto a la tierra negra en determinadas circunstancias”, de Morejón y Gato.
• “Mejor modo de fabricar azúcar”, de Martínez y Campos.
• “Disertación sobre algunas plantas cubanas”, de Baltasar María Moldó.
• “Memoria sobre la cría de abejas”, de Eugenio de la Plaza.
Romay, en el texto citado lo inició con un breve panorama histórico de la enfermedad, los primeros sitios en que se presentó en el Caribe, principalmente en sus islas y relaciona el inicio de algunas de nuestras epidemias con el arribo de barcos procedentes de zonas con brotes de la enfermedad.
Hizo un análisis exhaustivo de las condiciones climáticas y entre las causas del vomito negro, mencionaba al clima como causa externa productora del mismo, “Algunas regiones hay tan cálidas como la América, otras más húmedas, en las primeras el exceso del calórico produce enfermedades inflamatorias, en las segundas reina la inercia y la atonía, con ellas la putrefacción y los demás. Reuniéndose en la América el calor y la humedad en un grado muy intenso..... un morbo producido por ambas cualidades, sea inflamatorio y pútrido, tal es el vomito negro”.
“Nuestros pueblos están casi todos rodeados de bosques y aguas estancadas. De esta se eleva continuamente una densa nube de vapores húmedos, en aquellos detenido el aire, se impregna de los hábitos que exhalan las plantas y maderas corrompidas, hasta que arrojándole los vientos impetuosos se introduce en la atmósfera que respiramos. El ardiente calor de estío podría disipar estas humedades, pero como las lluvias no son menos copiosas en esta ocasión que en el otoño, anegada la tierra se levantan sobre ella más átomos húmedos que los que pueden resolver el calor del sol. De aquí nuevas lluvias sobre estos vapores. Entre tanto el hombre colocado en medio de este recíproco contraste de los astros y elementos, experimenta los efectos de su acción y reacción”.
Estaba muy lejos aun en el tiempo la solución del problema etiológico de la fiebre amarilla y el papel vectorial en la transmisión de la misma, pero por supuesto, en verano y época de lluvias proliferaban los mosquitos y eran mas frecuentes la presencia de la enfermedad en la población. Hubo que esperar casi un siglo hasta que el doctor Carlos J. Finlay Barrés, en 1881 presentara su famoso trabajo “El mosquito hipotéticamente considerado como agente transmisor de la fiebre amarilla” para que empezara a incidir la luz sobre la etiología de la fiebre amarilla, hecho que comprobó más tarde los trabajos de la IV Comisión Militar Americana para el Estudio de la Fiebre Amarilla, que laboró en nuestro país en 1900, y que refrendó la práctica al ejecutarse la campaña sanitarias con la Doctrina Finlaísta en 1902 que se logró erradicar la fiebre amarilla de nuestro territorio.

Félix Varela y la epidemiología hospitalaria

Dr. Enrique Beldarraín Chaple Especialista de II grado en Epidemiología, Profesor del Departamento de Salud Pública. Facultad de Medicina “General Calixto García”. Investigador Agregado. Sección de Humanidades Médicas, Universidad Virtual de la Salud, INFOMED.
 
RESUMEN:
Se comenta un artículo de padre Félix Varela Morales, aparecido en el Repertorio Médico Habanero en 1841,donde se explica el diseño de un sistema para mejorar el aire en los hospitales y que el mismo circule. Este trabajo es un antecedente importante para la epidemilogía hospitalaria, además de curioso por haber sido diseñado por el eminente filósofo y sacerdote, quien aun lejos del ejercicio de la medicina, se preocupaba por el bienestar de sus semejantes que necesitaban un período de hospitalización Descriptores DECS: EPIDEMIOLOGÍA; HISTORIA MEDICINA; CUBA
 
DESARROLLO:

Mucho se ha hablado, y con justeza, en los últimos tiempos sobre el Siervo de Dios, el Presbítero Félix Varela y Morales, habanero y cubano hasta la médula, a pesar de transitar por caminos lejanos a la patria la mayor parte de su vida.

La influencia del Padre Varela en el pensamiento cubano de su época es inmensa y fundamental. Influyó en la formación de una generación muy importante de cubanos desde su Cátedra en el Seminario de San Carlos, a la que aclaró conceptos fundamentales como el de la patria, y los derechos individuales y colectivos; además de contribuir a que se ampliara el diapasón intelectual de los jóvenes cubanos, con la introducción de nuevas ideas en metodología docente, inició la enseñanza de la Física Experimental y la sustitución de la docencia escolástica por una donde la práctica sería parte fundamental del proceso educativo.

Su magisterio desde esos momentos iniciales del siglo XIX se ha dejado sentir generación tras generación; su época ha trascendido hasta la actualidad, al igual que la de tantos otros quienes junto con él son los padres fundadores de nuestra nacionalidad.

Su obra está impregnada de un inmenso amor a sus semejantes y al suelo que lo viera nacer. Esta cualidad se traduce en Servicio, que es lo mismo que ayudarlos a resolver los problemas que los aquejan, para hacerles la vida más llevadera. Tal vocación de servicio lo motivó a incursionar en un terreno alejado habitualmente al de su quehacer cotidiano y que es el motivo de este trabajo: su diseño de un sistema de purificación de aire para las salas de los hospitales.

El ambiente hospitalario ha sido siempre fuente de preocupación de los médicos y hoy día es parte importante del contenido de trabajo de cualquier rama de las ciencias médicas comprendida dentro de la higiene y la epidemiología. Esta última tiene una sección que trata solamente de los problemas hospitalarios y, entre ellos, tiene una importancia capital el ambiente, integrado por las corrientes de aire que circulan por sus salas, quirófanos y demás dependencias, que por supuesto sirven de vehículo de propagación de gran cantidad de microorganismos como bacterias, virus, riquektsias, hongos, etc., y que por su carácter microscópico pueden ser transportados por el aire y están en el ambiente. El hospital y sus salas de ingreso, por tener una gran concentración de enfermos, muchos de los cuales padecen enfermedades infecciosas, o tienen heridas infectadas, pueden transmitir al ambiente gran cantidad de microorganismos capaces de contaminar a otros enfermos o a los visitantes en el mismo hospital. Por esto, el control ambiental es una parte muy importante de la epidemiología hospitalaria desde que surgió esta especialidad.

Nuestra sorpresa fue grande, cuando al revisar el ejemplar del Repertorio Médico Habanero de marzo de 1841, Tomo 1, No. 5, y encontramos un artículo del eminente filósofo: ”Indicaciones sobre la Mejora de los Hospitales en Climas Cálidos”, en las páginas 68 a la 71. Esto constituye un aporte muy importante para los antecedentes de la epidemiología hospitalaria cubana y para nuestra historia de la medicina, ya que el Repertorio Médico Habanero es nuestra primera publicación científica periódica, que vio la luz en 1840.

Esta revista reproduce el artículo que escribiera y publicara en Washington el Padre Varela y así lo aclara al final del mismo.

El autor diseña un aparato para purificar el aire de las salas y pasillos de los hospitales. En su introducción nos dice: "Bajar la temperatura del aire, purificarlo y renovarlo son los puntos más interesantes para la mejora de los hospitales y así nos ocuparemos primeramente de los medios para bajar la temperatura, que se reduce a impedir la entrada de los rayos directos del sol y hacer pasar sobre las superficies frías el aire contenido en las salas. Para conseguir el primero de estos objetos póngase en las ventanas una serie de bastidores, que es un marco de madera, al cual están clavas dos bayetas verdes, una por cada cara y el espacio entre ellas relleno con paja para pasar la luz."(1)

Estas estructuras y la paja son removibles, lavables e intercambiables.

Para Varela fue importante el hecho de controlar la temperatura ambiental y mantenerla baja, por las observaciones de que a más temperatura, sobre todo en los climas cálidos, las infecciones proliferan, es importante este supuesto en una época en que la teoría de la sepsis y su relación con las bacterias no estaba probada. Por ello es que planteamos que estos trabajos son precursores del campo de la epidemiología hospitalaria y la lucha contra la sepsis nosocomial.

Después describe el aparato, hace referencias a ilustraciones del mismo que no se reproducen en este artículo. Dice que el aparato lo componen un recipiente que contiene otro recipiente cónico terminado en un tubo en su parte superior y otro en su parte inferior, todo esto sumergido en agua. Se forma una corriente continua de aire, que se enfría y purifica con este aparato.

Agrega además, que si se quiere el aire con más purificación se añada una caja con dos tubos y se pone un poco de cloruro de cal o desinfectante, también pueden usarse sustancias olorosas. Por lo que está planteando un proceso de desinfección del aire, su posible aromatización y una recirculación del mismo.

Varela recomienda que se emplee un equipo de estos por cada seis camas de hospitales y mejor si se adiciona en todos los pasillos de las salas de los hospitales.

Para renovar el aire, cosa que es sumamente importante, diseñó otro aparato que tiene en el fondo varios agujeros para que entre el aire que se enrarece por el calor de una lámpara, pasa por un tubo y sale por la caja que contiene cloruro de cal.

Debe colocarse una caja más grande en el patio conectada con tubos conductores del aire de las salas y después de purificarlos dejarlos pasar al medio ambiente sin dañar a los pobladores de las regiones cercanas al hospital. Razonamiento este último importantísimo que señala una de las primera medidas ecológicas de su tiempo, destinada principalmente a preservar el ambiente, en este caso liberando al aire procedente del hospital de una carga posiblemente patógena y que va destinada a brindar un útil servicio a la comunidad que rodea al mismo, por lo que además está haciendo una medida de prevención o profilaxis de enfermedades, dirigida directamente sobre la salud de sus amados hermanos y hermanas.

Una vez terminada la descripción de los aparatos, desarrolla algunas de sus ideas acerca del funcionamiento de los hospitales:

"Mas todos los medios hasta ahora indicados serán inútiles si no se quiere hacer algún gasto en favor de la humanidad y tener los hospitales bien provistos de ropa de cama que se remude con frecuencia, mucho más en países en que la transpiración es abundante”(1).

"El aseo de un hospital es el mayor auxilio para la cura de los enfermos, convendría que los pisos de las salas estuvieran enlosados para conservarlos limpios y secos.

"Si se dice que esto costaría mucho, respondo que bien hay dinero en abundancia para casos de menor utilidad"(1).

Con esta frase demuestra una vez más su elevada estatura moral y su lucha incansable por la mejoría de los que sufren.

Además agrega: "Conviene igualmente no almacenar los hombres, esto es no poner las camas muy unidas. El deseo de recibir muchos pacientes y de curar a muchos, es a veces la causa de que mueran un tercio de ellos, siendo a mi ver una caridad muy mal entendida”(1).

"Debe procurarse por todos los medios evitar la tristeza de los enfermos y colocar cortinas que los separen de otros enfermos para dejar franca la circulación de la sala, formando un pequeño cuarto, de modo que los enfermos no se viesen entre sí, ni fueran vistos por los que visitan los hospitales"(1).

Dice que este plan se haya perfectamente realizado en el hospital del Carmen, de Cádiz, y en Hotel Dieu de Mont Real.

Y finalmente, a manera de justificación escribe: "El deseo de hacer bien a mis semejantes me ha movido a aventurar estas indicaciones, que si no se creen realizables servirán por lo menos para animar a otros que pensando sobre la materia, que por desgracia veo muy desatendida, presenten proyectos más felices"(1).

La lectura del artículo me impactó profundamente, primero, porque refleja un conocimiento bastante profundo de la dinámica hospitalaria y de algunos de sus problemas, sobre todo los relacionados con la higiene y la forma de disposición de los pacientes en las salas, segundo, que refleja un gran interés por el tema, movido por los largos años de visitas a sus feligreses cuando eran aquejados por enfermedades temporales o terminales y que muestran a un observador profundo, capaz de detectar problemas que se le escaparían a otro observador no profesional de la medicina y lo más importante, que después de identificar estas situaciones propone soluciones concretas para las mismas. Todo motivado como les decía al inicio de este artículo y él mismo reconoce, por el deseo de servir cada vez mejor a sus semejantes.

Desconozco exactamente la inversión que hubiera sido necesaria en su época para aplicar este proceso en los hospitales y si hubiera sido posible llevarlo a la práctica, sobre todo por lo difícil que es conducir el aire por un circuito específico si no tiene una fuerza que lo impulse y esté lo más hermético posible. Tampoco tengo datos si en los Estados Unidos se intentó poner en práctica alguna vez estas ideas. Será interesante averiguarlo al igual que consultar los esquemas de los diseños de los aparatos. Sí estoy seguro que en nuestro país, en aquel momento no se hizo nada al respecto.

La importancia del mismo es que el Padre Félix Varela con esta obra, que estamos seguros pudo diseñar por sus conocimientos de física, recordemos que fue el primero en enseñar la Física Experimental en el Colegio Seminario de San Carlos, además de introducir clases práctica en el gabinete de física que se instaló en el mismo. Con este trabajo se incluye también entre los pioneros de la epidemiología hospitalaria en nuestro país y muy ralacionado con términos tan de moda en la actualidad como la profilaxis de enfermedades y la ecología.

Mientras más conocemos del Padre Varela, más se nos devela como precursor de tantas actividades, además es indudable su papel como impulsor en el desarrollo del movimiento científico cubano de su época.

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS :

1- Varela Félix. Indicaciones sobre la mejora de los hospitales en climas cálidos. Repertorio Médico Habanero, 1841. 1(5):68 –71.
2- Torres Cuevas, Eduardo. Félix Varela, los orígenes de la ciencia y la conciencia cubanos. Ciencias Sociales, La Habana 1997.

 

Noticias sobre tuberculosis en documentosy publicaciones periódicas y no médicas

Dr. Enrique Beldarraín Chaple Especialista de II grado en Epidemiología, Profesor del Departamento de Salud Pública. Facultad de Medicina “General Calixto García”. Investigador Agregado. Sección de Humanidades Médicas, Universidad Virtual de la Salud, INFOMED. RESUMEN: Se revisan las fuentes documentales anteriores a la aparición de la prensa médica especializada en Cuba (1840), en relación con lo publicado acerca de medicina, entre ello se localiza todo lo referente a la enfermedad tuberculosa. Las fuentes documentales comprenden las Actas Capitulares del Ayuntamiento de La Habana, entre 1550 y 1799 y la prensa periódica general del país entre 1790 y 1840. Se localizan tres noticias en las Actas Capitulares y diez en la prensa periódica general. Descriptores DECS: Historia de la Medicina, Tuberculosis, Cuba

 

INTRODUCCION :

Es imposible abordar ningún aspecto en la historia de la medicina, de algunas de sus ramas o de una enfermedad específica, si no se hace una revisión profunda de todo lo que se ha publicado sobre el tema que nos ocupa.

Antes que surgiera la prensa médica o científica especializada en nuestro país, que se remonta al año 1840, con la publicación del Repertorio Médico Habanero y se mantiene ininterrumpidamente hasta la actualidad, había que buscar las noticias relacionadas con la medicina o las enfermedades, en las publicaciones de carácter general y periódicas, en otros tipos de fuentes primarias de datos, como son las actas de asociaciones privadas o instituciones públicas como son las del Ayuntamiento de La Habana, las de la Real Sociedad Económica de Amigos del País u otras. En el presente trabajo como parte de una investigación mayor sobre la tuberculosis en nuestro país, revisamos fuentes de datos anteriores a la existencia de la prensa médica especializada.

Empezamos por las Actas Capitulares del Ayuntamiento de La Habana a partir de 1550 y hasta 1799 y de ahí en adelante con la prensa periódica general hasta 1840. Se revisó entre las noticias médicas en busca de información acerca de la enfermedad tuberculosa.

DESARROLLO :

Las primeras noticias acerca de temas relacionados con la medicina las encontramos en las Actas Capitulares del Ayuntamiento de La Habana (1,2), la primera que se conserva corresponde a la fecha del 31 de julio de 1550 y se revisan las mismas hasta el mes de junio de 1799.

No poseemos en nuestro país fuentes primarias de información con anterioridad al año 1550 ya que las Actas Capitulares anteriores a la fecha señalada no se conservan y sólo disponemos de las del Ayuntamiento de La Habana, que han sido procesadas en relación al tema de la medicina por el Profesor Dr. José López Sánchez en su libro "La Medicina en La Habana" (2), publicado en dos tomos en los Cuadernos de Historia de la Salud Pública, tras revisar las actas capitulares del Ayuntamiento de La Habana que publicó parcialmente en 1937 el historiador Emilio Roig de Leuchsering, dando a conocer parte de la colección de protocolos originales y los trasuntados por un equipo de paleógrafos para la Oficina del Historiador de la Ciudad (3).

Las actas capitulares de los otros ayuntamientos del país no han sido completamente procesadas hasta el momento ni publicadas; sólo en algunos casos han sido parcialmente trabajadas, como las de San Juan de los Remedios por el Dr. José A. Martínez-Fortún y Foyo y las de Santiago de Cuba por Emilio Bacardí Moreau, con el propósito básico de ilustrar fundamentalmente crónicas y escenas costumbristas, y no realmente con el espíritu de trabajar las actas.

Las actas habaneras constituyen los fondos documentales más valiosos que se conservan en el país en relación a la primera etapa de la colonia. El problema sanitario que más ocupó la atención del Cabildo fue el de la lepra. Otras enfermedades que dejan sus huellas en dichas Actas por sus brotes epidémicos fueron la fiebre amarilla y la viruela.

En relación a la tisis o hectiquez (sinónimos de tuberculosis), aparecen tres citas o noticias, según la numeración que le da el Dr. José López Sánchez, son las siguientes:

* La 48 del 20 de julio de 1630: "Sobre que se investigue la causa del aumento de las enfermedades de lamparones, héticos y tísicos" (4).

* La 51 del 21 de marzo de 1631: "Sobre los enfermos héticos y lamparones" (5).

* La 93 del 23 de enero de 1632: "Petición del procurador general sobre enfermedades contagiosas" (6).

Donde se mandaba a los médicos que dichos males se notificaran al Gobernador (la 48), igualmente a los que fallecían por estos males, para que se proveyese de remedios a los que conviven con ellos (la 51) y en la 93 que se informaran los enfermos que murieran de estas causas, para que hagan poner cobre en las ropas que dejaren por su fallecimiento y que no se vendieran las mismas. Las tres citas referentes a la tuberculosis contenidas en estas actas se refieren a procedimientos administrativos y no propiamente a la enfermedad. Pero a su vez tienen una gran importancia sanitaria, ya que son referentes a la notificación de casos por los médicos, del fallecimiento de los mismos, para tomar medidas tendientes a limitar la propagación del mal. Esa es su importancia en los antecedentes epidemiológicos y del control de la enfermedad en nuestro país.

En las Actas Capitulares del Ayuntamiento de La Habana, el Dr. López Sánchez da un total de 530 citas que se refieren a la medicina, de ellas como ya dijimos hay sólo tres que tratan sobre la tuberculosis.

La prensa periódica comienza en nuestro país alrededor del año 1782 con el periódico "La Gazeta de La Habana", del que sólo se conserva un ejemplar en la Biblioteca Nacional, correspondiente al 15 de noviembre de 1782 (1).

Con el "Papel Periódico de La Havana" es que comienza la colección de periódicos en nuestras bibliotecas, el cual circuló entre 1790 y 1805. El primer número apareció el 24 de octubre de 1790. La publicación mantuvo una periodicidad bisemanal. Entre sus redactores se encontraba el Dr. Tomás Romay Chacón (1, 7, 8), donde aparecían artículos científicos con noticias de tema variado, publicaba las enfermedades del mes y las relacionaba con los cambios climatológicos ocurridos en ese mismo período de tiempo, también incluía reproducciones de artículos científicos de revistas europeas.

En este periódico durante el tiempo que se publicó aparecieron numerosos artículos o noticias científicas, de ellos, tres eran relacionados con la tuberculosis, en los números:

* No. 72: Pag. 286-287, Septiembre 8, 1791 (9).
* No. 73: Pag. 290-291, Septiembre 11, 1791 (10).
* No. 74: Pag. 295-296, Septiembre 15, 1791 (11).

Relacionados con la contagiosidad y la cura de la misma con el uso del chocolate.

La siguiente publicación periódica en orden de aparición fue "El Aviso" (1805-1808), aquí no encontramos ninguna información relacionada con la tuberculosis.

Posteriormente en "El Aviso de La Habana" (1809-1810), hay un artículo sobre tuberculosis, que al parecer es un suplemento del mismo, que es una disertación sobre la tisis y otras enfermedades transmisibles, publicado en 1810 (12).

Continúan cronológicamente el "Diario de La Habana" (1810-1812), que no publica nada acerca de esta enfermedad, tampoco lo hace el "Diario del Gobierno de La Habana" (1812-1820).

Le sigue en orden de publicación el "Diario del Gobierno Constitucional de La Habana" (1820-1823), en el cual aparece un solo artículo en relación con la enfermedad que nos ocupa, que habla acerca del éxito del tratamiento con ácido prúsico en la tisis pulmonar, publicado el 6 de diciembre de 1823, en el número 340 (13).

Posteriormente se edita el "Diario del Gobierno de La Habana" (1823-1825), donde no hay citas referidas a la tuberculosis.

Y por último el "Diario de La Habana" (1825-1848), que inicia su publicación el 11 de febrero de 1825 y se mantiene hasta el 2 de febrero de 1848. En esta publicación encontramos cinco artículos relacionados con la enfermedad, en los números:

* No. 3:2, enero 3, 1838 (14).
* No. 12:2, enero 12, 1838 (15).
* No. 193:2, julio 11, 1840 (16).
* No. 59:1, febrero 28, 1844 (17).
* No. 273:1, octubre 1, 1845 (18).

Debemos aclarar que aunque el estudio de la prensa periódica general se realiza hasta 1840 por la aparición en este año de la prensa médica, hemos incluido en este trabajo los dos últimos correspondientes a los años 1844 y 1845, porque son los dos únicos posteriores a esa fecha en que aparecen noticias sobre tuberculosis, antes de expirar esta publicación en 1848.

El primero es un comunicado de los editores del diario sobre la tisis pulmonar por los "Amigos de la Humanidad Doliente", que suponemos sea un pseudónimo, una respuesta a dicho artículo, una traducción de un periódico norteamericano sobre los métodos de curación del Dr. M. Pascal, el uso del aceite de hígado de bacalao en la tisis pulmonar y el último trata sobre el antagonismo de la tisis con la fiebre y las fiebres intermitentes (4).

Del total de noticias científicas publicadas en la prensa periódica, localizadas por los doctores José López Sánchez y Zoe de la Torriente Brau, que fueron 2 080, estaban relacionadas con la medicina 1 687 y de ellas se refieren a la tuberculosis 10 artículos o noticias. Relacionándolos con la cantidad referida a las ciencias médicas, consideramos que el tema era muy poco tratado en la prensa general de la época.

A partir de 1840 aparece en Cuba la prensa médica especializada con la publicación del "Repertorio Médico Habanero", desde ese momento para estudiar el desarrollo de la medicina en nuestro país, estas revistas serán una de las fuentes imprescindibles de consulta, ininterrumpidas hasta nuestros días.

CONSIDERACIONES FINALES :

1) Por las indagaciones hechas se comprueba que el tema era muy poco tratado en la prensa general de la época.

2) Las primeras noticias de hechos relacionados con la medicina aparecen en las Actas Capitulares del Ayuntamiento de La Habana (1550-1799).

3) Con posterioridad a esta fecha las noticias se buscan en la prensa periódica general, que comprende la etapa de 1790 a 1840.

4) En las Actas Capitulares del Ayuntamiento de La Habana de 530 citas referentes a la medicina, 3 se corresponden con la tuberculosis.

5) De la prensa periódica en nuestro país, entre los años 1790-1840, se revisaron 8 publicaciones, en 3 de ellas aparecen artículos relacionados con la enfermedad tuberculosa y en 5 de ellas no hay noticia alguna del tema que nos ocupa. En total aparecen 2 080 noticias científicas, 1 687 corresponden a temas médicos y de ellas, 10 a tuberculosis.

BIBLIOGRAFIA:

(1) López Serrano, Elena: Fuentes para la historia de la medicina en Cuba con anterioridad al año 1840. Rev. Cub. Adm. Salud 12(1): 89-95, enero-marzo, 1986.

(2) López Sánchez, José: La medicina en La Habana (cronología de hechos médicos consignados en las Actas Capitulares del Ayuntamiento de La Habana). Dos tomos, Cuadernos de Historia de la Salud Pública No. 47 y No. 48, MINSAP, La Habana, 1979.

(3) Roig de Leuchsering, Emilio: Colección de documentos para la historia de Cuba. Actas Capitulares del Ayuntamiento de La Habana, tomo 3, 1575-1578. Municipio de La Habana, 1937.

(4) Acta del Cabildo del 20 de julio de 1630. Libro 9, Pag. 4, de los Libros de Actas Capitulares trasuntadas del Ayuntamiento de La Habana. En José López Sánchez: La Medicina en La Habana, Cuaderno de Historia de la Salud Pública. No. 47:59, La Habana, 1970.

(5) Acta del Cabildo del 21 de marzo de 1631. Libro 9, Pag. 56, de los Libros de Actas Capitulares trasuntadas del Ayuntamiento de La Habana. En José López Sánchez: La Medicina en La Habana, Cuaderno de Historia de la Salud Pública. No. 47:60, La Habana, 1970.

(6) Acta del Cabildo del 23 de enero de 1632. Libro 13, Pag. 288, de los Libros de Actas Capitulares trasuntadas del Ayuntamiento de La Habana. En José López Sánchez: La Medicina en La Habana, Cuaderno de Historia de la Salud Pública. No. 47:87, La Habana, 1970.

(7) López Serrano, Elena: Prensa médica en Cuba, publicaciones del siglo XIX. Rev. Cub. Adm. Salud 10:364-371, octubre-diciembre, 1984.

(8) López Sánchez, José; Zoe de la Torriente Brau: Bibliografía científica cubana (1790-1840). Academia de Ciencias de Cuba, La Habana, 1979.

(9) Abercomby, Juan. Carta dirigida desde Veracruz al director de la Gazeta de Literatura de México/Sobre la Contagiosidad de la Tisis/No. 72:286-87, septiembre 8, 1791. En López Sánchez, José; Zoe de la Torriente Brau: Bibliografía científica cubana (1790-1840). Academia de Ciencias de Cuba, La Habana, 1979, Pag. 9.

(10) Gaterau, M. de Montauban. Disposición a la Phtisis (sic) Nerviosa Curada con el Uso del Chocolate, por M. Gaterau, doctor en medicina de Montpellier e individuo del Colegio de Montauban. No. 73:290-91, septiembre 11, 1791. En López Sánchez, José; Zoe de la Torriente Brau: Bibliografía científica cubana (1790-1840). Academia de Ciencias de Cuba, La Habana, 1979, Pag. 10.

(11) Señor editor/Carta de una viuda pidiéndole confirme la opinión de un médico mexicano acerca de que la tisis no es contagiosa/por la pobre viuda/pseud./No. 74:295-96. Septiembre 15, 1791. En López Sánchez, José; Zoe de la Torriente Brau: Bibliografía científica cubana (1790-1840). Academia de Ciencias de Cuba, La Habana, 1979, Pag. 11.

(12) Suscinta disertación sobre la tisis/trata además de otras enfermedades trasmisibles: Hidrofobia, mal venéreo, lepra, etc./3 h. s. p. i./encuadernado con El Aviso de La Habana de 1810, en la Biblioteca Nacional, hace pensar que se trata de un suplemento de este periódico. En López Sánchez, José; Zoe de la Torriente Brau: Bibliografía científica cubana (1790-1840). Academia de Ciencias de Cuba, La Habana, 1979, Pag. 37.

(13) Mr. Mayundie ha continuado con buen éxito sus experiencias sobre el uso del ácido prúsico en la tisis pulmonar/No. 340:1, diciembre 6, 1823. En López Sánchez, José; Zoe de la Torriente Brau: Bibliografía científica cubana (1790-1840). Academia de Ciencias de Cuba, La Habana, 1979, Pag. 72.

(14) Comunicado a los editores del Diario sobre la tisis pulmonar, por Los Amigos de la Humanidad Doliente/pseud./No. 3:2, enero 3, 1838. En López Sánchez, José; Zoe de la Torriente Brau: Bibliografía científica cubana (1790-1840). Academia de Ciencias de Cuba, La Habana, 1979, Pag. 116.

(15) González Morillas, José María. Respuesta al trabajo sobre tisis pulmonar, publicado el 3 de enero actual, No. 12:2, enero 12, 1838. En López Sánchez, José; Zoe de la Torriente Brau: Bibliografía científica cubana (1790-1840). Academia de Ciencias de Cuba, La Habana, 1979, Pag. 119.

(16) Comunicado de N. R. y P./pseud./Curación de la tisis pulmonar por M. Pascal/tr. del correo científico del Courier des Estats Unis. No. 193:2, julio 11, 1840. En López Sánchez, José; Zoe de la Torriente Brau: Bibliografía científica cubana (1790-1840). Academia de Ciencias de Cuba, La Habana, 1979, Pag. 123.

(17) Valdés Miranda, Manuel. Tisis pulmonar. Aceite de hígado de bacalao/del tratado de tisis pulmonar por Mr. Pereira. Por M. V. M./pseud./De. B. C. de therapeutique/No. 59:1, febrero 28, 1844. En López Sánchez, José; Zoe de la Torriente Brau: Bibliografía científica cubana (1790-1840). Academia de Ciencias de Cuba, La Habana, 1979, Pag. 133.

(18) Antagonismo de la tisis pulmonar con la fiebre tifoidea y las fiebres intermitentes. Tr. de La Presse, No. 273:1, octubre 1, 1845. En López Sánchez, José; Zoe de la Torriente Brau: Bibliografía científica cubana (1790-1840). Academia de Ciencias de Cuba, La Habana, 1979, Pag. 133.

(19) López Serrano, Elena: Índice de la revista El Observador Habanero. Ejemplar mecanografiado, biblioteca de la autora.
 

Una lucha infructuosa por la higiene y salubridad citadina: Santiago de Cuba en el siglo XIX

Dr. Carlos Rafael Fleitas Salazar. Especialista de Segundo Grado en Anestesiología Hospital "Saturnino Lora" Santiago de Cuba

La historia atestigua que cada vez que la gente se ha reunido, y se han formado comunidades, tanto las cualidades positivas como las negativas de la naturaleza humana han encontrado sustento allí.
Eliel Saarinen.

La humanidad en constante expansión demográfica se ha caracterizado desde los tiempos modernos por un creciente proceso de urbanización. La condensación de población en núcleos o ciudades trajo aparejada la acción y efectos de construir, ensanchar y renovar, cambiando con ello no solo la impronta del marco habitacional sino también la forma de pensar y manifestarse los individuos 2. A la primera fase de este proceso de modernización Rolando Mellafe denominó “desruralización”, y para Santiago de Cuba opina María E. Orozco que se inicia en 1788 basándose en las transformaciones que principia el gobierno de Juan Bautista Vaillant en busca de “un desarrollo económico diferenciado como vía para su autotransformación, acción que llevaba implícita la transformación de la ciudad en un centro político que la prestigiara” 3.
Mas la urbanización en tanto proceso cultural y civilizatorio obliga a los gobiernos y ciudadanos a tomar medidas de autoprotección que sin duda alguna significan un gravamen para los fondos y la economía en general pero indispensables para garantizar un factor primordial, la higiene de la ciudad, amenazada por la virtual contaminación de las fuentes de agua, las vías de eliminación de basuras y aguas albañales, la contaminación por los hedores desprendidos de residuos industriales, el movimiento de cadáveres hasta su definitiva sepultura en sitios adecuados, el trazado y nivelación de las calles y por último la lucha antiepidémica, pues las epidemias son constante amenaza en ciudades que por su relevancia política y económica reciben gran cantidad de población fluctuante o que por la demanda de mano de obra propician las migraciones del campo a la ciudad4. La situación epidemiológica de Santiago de Cuba se complica por la presencia del puerto y bahía de la ciudad, que según Marrero “se clasificaba en 1844 como puerto de primera clase y su volumen de exportación era el tercero de la isla después de La Habana y Matanzas”5
Para finales del siglo XVIII España hubo de abrir algún espacio ante los retos de la modernidad, permeó el pensamiento ilustrado y particular influencia ejerció en Cuba la oleada de inmigrantes provenientes de la vecina Haití. Era evidente la necesidad de salirle al paso a las continuas epidemias ahora quizás más temibles dada la mala higiene de las urbes en aumento, el abigarrado crecimiento demográfico y la continua universalización del comercio marítimo-portuario.
Del Santiago de fines del siglo XVIII tenemos el testimonio contradictorio de Don Agustín de la Texera, quien principia alabando las virtudes de la ciudad y más adelante dice “la plaza del mercado: negras arrellanadas en el suelo, tan asquerosas como las escorias en que se amontonaban, teniendo entre las piernas o a su lado una batea con carne ahumada o fresca de puerco...” 6 . Al relacionar las enfermedades por él vistas culpa de ellas a los franceses o a los españoles de Santo Domingo y de Costa Firme, o en definitiva al clima y situación geográfica ; es obvio ya que por aquel entonces tenía preponderancia la teoría miasmatica de la transmisión de las enfermedades.
María E. Orozco, en su tesis doctoral, caracteriza muy brevemente a la ciudad cuando principia el gobierno de Vaillant: “La situación de Santiago de Cuba en cuanto a la higiene urbana era lamentable” 7; así era realmente, cualquier otro adjetivo sobra, y continuó siendo lamentable durante todo el decursar del siglo XIX pese a las inversiones que algunos gobernadores realizaron, como Kindelán, Escudero y Carlos de Vargas Machuca.
Un ejemplo es el estado mismo de las calles, para 1788 Orozco abunda:
... las calles polvorientas, [..], eran vehículo proclive de enfermedades, además de ser muy sinuosas e irregulares y de estar llenas de huecos que se convertían en furnias cuando llovía. La falta de caudales, que por diferentes razones sufría la ciudad, había impedido llevar a cabo el necesario trabajo de recomposición y mantenimiento de las principales vías8
Veamos el informe de un regidor medio siglo después, en 1856:
... el pésimo estado de las calles, no solo en las orillas, sino hasta bien adentro de la población: habiendo algunas donde es imposible el transito de gente a caballo y aun el de a pie es harto peligroso; y espanta y da miedo el aspecto de muchas9.
Un punto álgido en la higiene de la ciudad durante todo el período colonial fue el destino de la basura o desperdicios sólidos. Bacardí refiere que el 31 de mayo de 1824 se establecieron cuatro carretas con cajón para extraer las basuras de las casas y calles, reitera que en 1839 se establece el servicio, empero nada indica que esto pasara del impulso volitivo 10.
El primer testimonio documental al respecto data de 1839, cuando Cesáreo Chacón propone establecer carros con destino a la limpieza de las basuras de la ciudad dado que su acumulación causa incendios y otros males. El gobernador Joaquín Escario se avino con el proyecto mas surgieron enfados ya que algunos protestaron de que Chacón monopolizase la empresa. En 1842 no se había aún dirimido el conflicto y la basura seguía campeando por la ciudad, convirtiendo algunas calles en verdaderos estercoleros.
Para el depósito de las basuras generadas por los vecinos y la actividad cotidiana, se designaban periódicamente puntos a las afueras de la ciudad, las reglas sanitarias preveían que las distancias entre las ultimas casas y dichas puntos debían ser no menor de dos mil varas. El continuo crecimiento de la urbe provocaba en ocasiones verdaderas crisis, hacia 1857 el Sindico del Cabildo propone cuatro puntos:
 Al sur desde los alrededores del Punta Blanca por detrás de lo que llaman el Recreo.
 Todo el bajo o placer entre la altura del Tivolí y la de del Calvario.
 Al este los bajos que se extienden desde Santa Ursula al demolido ingenio de Sueño.
Al norte desde las llanuras de Santa Inés hasta la playa.
Alertando que se respetasen los caminos de entrada y salida de la ciudad11.
Para 1860 el gobernador Antonio López de Letona sugirió al Cabildo la posibilidad de que la limpieza de las calles y la extracción de la basura se convirtiesen en servicio municipal, desempeñado por contrato o por la Administración y por cuenta de los fondos municipales, pero salió a colación el mismo obstáculo de siempre: la carencia de fondos. Por ende los vecinos conducían la basura por sus propios medios, enviaban a sus esclavos quienes las expelían donde primero les resultara conveniente, dada la inexistencia de un centro único, afectándose la salubridad citadina.
Una disposición del Gobernador instituyó la recogida de la basura por los presos, debiendo los vecinos sacarla a sus puertas un día si y otro no, a las 5 a.m., abonando una suscripción según su poder adquisitivo. Esto duró desde octubre de 1860 hasta octubre de 1864, en que el gobernador civil eximió al presidio de esa función. Algunos vecinos, conscientes y convencidos de las bondades del sistema de recogida de basuras, abogaron por su mantenimiento, no obstante el gobierno municipal solo se aquejaba de las penurias económicas, gravadas por las deudas del acueducto 12.
Precisamente en 1864 fueron reubicados nuevamente los puntos donde se arrojaban las basura, se marcaron con horcones de maderas de calidad en cuya parte superior se colocaron carteles con la letra B. Estas frecuentes mudanzas nos da una idea más que ilustrativa del ritmo sostenido de crecimiento de la ciudad, esta vez los puntos se ubican en lugares bien distantes del centro urbano:
 Puente del diablo, a la entrada del Morro.
 Punta Blanca a inmediaciones del polvorín del Fuerte de saludo de la plaza.
 Entrada de las lagunas.
 Playa Caimanes 13.
A pesar de que las ordenanzas municipales eran estrictas en la vigilancia de este asunto, previendo multas de tres pesos para los que arrojasen basuras fuera de los puntos señalados, en 1865, los regidores de la Comisión de Ornato denuncian la existencia de nueve vertederos clandestinos 14.
Así llegó el año 1866, luego el estado de beligerancia fue pretexto suficiente para evadir el deber administrativo, y la Muy Noble y Muy Leal Ciudad continuó siendo una muy asquerosa ciudad hasta el 23 de julio de 1898, en que fue inaugurado de una vez para siempre el servicio de recogida de basuras a domicilio 15.
A principios del siglo XIX en Cuba se dio la coyuntura que propició la aplicación por vez primera en la Isla de una campaña con fines preventivos y antiepidémicos. Se trató de la vacuna antivariólica, y fue Santiago de Cuba la primera plaza donde esto se aplicó. Tomás Romay en su “Memoria sobre la introducción y progreso de la vacuna en la Isla de Cuba”, leída en las Juntas Generales de la Sociedad Económica de La Habana el 12 de diciembre de 1804, expresó refiriéndose al beneficio de la vacuna:
La ciudad de Cuba (entiéndase Santiago) disfrutaba de él un mes antes que la Habana. Mr. Vignard, cirujano francés procedente de Santomás, vacunó el 12 de Enero una niña con el pus que traxo entre cristales de aquella Isla. Lográndose en ella la erupción de unos granos verdaderos, se encargó de propagarla el Doctor D. Miguel Rolland, y el 26 de Febrero la había comunicado a ciento quince personas, lamentándose de que la desconfianza y algunas preocupaciones vulgares, obstruían sus progresos en un pueblo numeroso que tanto necesitaba de aquel auxilio 16
Coincidió este intento con la expedición de Francisco Javier de Balmy, médico honorario de S.M., a quien Carlos IV envió a todas sus posesiones de Ultramar entre 1803 y 1806, universalizando el descubrimiento jenneriano, fue esta “la principal hazaña sanitaria del mundo ilustrado” 17. El primer país visitado fue Venezuela, dirigiéndose en mayo de 1804 a Santiago de Cuba, donde fue recibido por la vecindad con grandes muestras de hospitalidad y acudió el Cabildo a darle la bienvenida 18.
A su paso por los distintos territorios se iban creando las Juntas de Vacuna, así en la Sala Capitular santiaguera y el 18 de junio del mismo año se constituyó una junta médica para la propagación de la vacuna, empeño al cual ofrecieron sus servicios gratuitos el médico francés Miguel Rolland y el santiaguero José Joaquín Navarro, entre otros 19. En definitiva, el Dr. Balmy halló tanto en Santiago como en La Habana un colectivo de profesionales entendidos en la vacunación y competentes para emprender su aplicación, hecho el cual desgraciadamente no apoyó la población.
S20abidos son los inmensos esfuerzos propagandísticos realizados por el Obispo Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa, que le impelieron a redactar una “Exhortación al uso general de la vacuna” el 27 de enero de 1806, llamando a despertar del “sueño de la indolencia” y acudir al “saludable preservativo de una peste mortífera como la viruela” 20. Sin duda alguna vientos adversos soplaron también en Santiago de Cuba pese al filantrópico deseo de algunos médicos, porque si bien Bacardí refiere que Rolland vacunó a 2 621 individuos, al menos el 13 de marzo de 1806 no quedaban vestigios de la campaña cuando el Capitán General de la Isla hubo de librar diligencias para que se establezca en esta ciudad una Junta de Vacuna y se arbitren medios para compensar el trabajo de sus miembros de propagar el virus vacuno, según recomendaba la Junta Central de Vacunación.
El gobernador Sebastián Kindelán respondió estableciendo una Junta el 1ro. De abril de 1806 con el Dr. Rolland como vocal, y a los efectos se creó un arbitrio de dos reales por cada negro bozal introducido a la población para remuneración a los vocales, pues debíase vacunar al menos una vez a la semana, sin exigir de los vecinos estipendio alguno.
Pero aquí comenzaron las penurias económicas, que junto a la mala fe de la población provocó que la campaña no gozase de masividad. El 22 de abril de ese año el Síndico Procurador del Común de esta ciudad informó que no era suficiente el fondo dada la poca cantidad de negros que entraban, sugiriendo se tomaran del fondo de propios. Esta afirmación nos pone sobre la evidencia de una realidad, la actitud reacia de los hacendados criollos a colaborar con el útil propósito, empeñados en obtener las máximas ganancias que su incorporación al mercado azucarero prometía, falseaban la realidad ocultando un dato como la entrada de esclavos, cuando para todos era público que en estos años entraron importante cargazones, si bien muchos de forma fraudulenta.
Gracias a los esfuerzos de los médicos, fueron tratados con el antídoto antivarioloso 1 507 habitantes entre los años de 1814 y 1815. En 1816 cundió la viruela por la ciudad, esta vez a causa del descuido e irresponsabilidad del oficial de sanidad del puerto, quien pese a las continuas recomendaciones que le hiciera la Junta Subalterna de Vacunación no ejerció la vigilancia debida, y desembarcaron en Santiago dos personas de un buque mercante quienes contrajeron las viruelas entre Portobelo y Chagre.
Los mencionados viajeros contaminaron a los ciudadanos y cundió la enfermedad. Ante esta situación se procedió a realizar vacunaciones públicas diarias e incluso fue posible realizar ciertos ensayos clínicos con las inoculaciones 21.
La afluencia de la población al acto de la vacunación dependía del pavor que creaba la proximidad o no de una epidemia. Por otro lado, los amos vacunaban a sus esclavos con mayor complacencia que a sus familiares; veamos algunas cifras:

Años Blancos Pardos Negros Total
1832 131 150 498 779
1833 130 123 421 674
1835 220 194 526 940
1836 119 152 189 460
1837 262 257 334 853
1838 162 141 381 684
1839 198 257 757 1212
1860 238 247 102 587

Fuente: ANC. Junta Superior de Sanidad. 35: 3. Sumas realizadas por el autor.

Hasta 1839 sólo habían sido vacunados aproximadamente el 20 % de la población de la ciudad, tres décadas después la situación se mantenía igual.
Las disquisiciones sobre los fondos para los gastos de sanidad jamás tuvieron fin. La Junta de Vacunación fue incorporada oficialmente a la de Sanidad en 1849, mas en Santiago de Cuba había desaparecido antes, en octubre de 1843 fue incorporado el ramo de vacuna a la Junta de Sanidad 22, y en 1846 el Dr. Enrique Díaz Páez – “ secretario de la extinguida Junta de Vacunación” 23 – ostentaba la responsabilidad de conservar y propagar la vacuna en esta población, solicitó un aumento de sueldo, que reiteró dos años después en calidad de facultativo vacunador de la plaza.
El 6 de febrero de 1856 y con el fin de ahorrar sueldos, el Gobierno Superior Civil de la Isla aprobó que un mismo facultativo atendiera las necesidades médicas de la cárcel de la ciudad, a los miembros del cuerpo de policía y además ejerciese de vacunador, restándole más aún a esta última tarea. Debido a la amenaza de la epidemia de viruelas se reactiva la función de vacunador, tal es así que el Reglamento de Vacuna para la Isla de Cuba emanado de la Junta Superior contemplaba dos plazas de vacunadores titulares para Santiago de Cuba, que fueron adjudicadas por acuerdo del Cabildo del 17 de julio de 1858.
En 1865 los regidores se “lamentaban” del abandono en que había caído el uso de la vacuna, las cepas acabaron por morir y el Ayuntamiento se descargó de una vez por todas del gravamen económico que para sus fondos significaba tan justo empeño.
Las juntas de sanidad fueron expresión de la voluntad real por institucionalizar la administración de la salubridad e higiene pública. Cuándo fue creada en Santiago de Cuba la Junta de Sanidad es un dato que aun no hemos podido establecer con certeza. Ya el 1 de julio de 1814 había Junta de Sanidad en Santiago de Cuba, ocasión en que sus miembros trasladan al Ayuntamiento su inquietud por el aseo y buena propiedad de las calles, solicitando un arbitrio para contribuir al costo del aseo 24.
En 1833 se constituyó la Junta Superior de Sanidad de la Isla de Cuba, que agrupó las juntas locales que estaban creadas en los departamentos, la Junta Provincial de Santiago de Cuba se subordinó a aquella, y al mismo tiempo que ejercía sus funciones en esta municipalidad supervisaba las juntas subalternas que se fueron creando sucesivamente en Bayamo, Manzanillo, Baracoa, Jibara, Holguín y por último en Guantánamo,
Aunque la actividad de esta corporación era muy irregular, mostró su utilidad en situaciones de emergencia epidémica. Por ejemplo, en marzo de 1833 y ante el avance del cólera morbo en la Isla, el gobernador Juan de Moya y Morejón convocó a una junta extraordinaria de sanidad, donde se tomaron importantes medidas para evitar la entrada del cólera a la ciudad.
Se decretó la cuarentena de buques, aislar fuera de la población a quienes llegasen enfermos, agilizar la conducción de cadáveres hacia el cementerio, desecar los pantanos de las calles, para proteger a la población de menos ingresos se prohibió el aumento del precio de los medicamentos. Fueron designados los locales para asistir a los enfermos para limitar la acción del contagio, tarea que asumiría la Junta de Caridad; a la población se le orientó el aseo de casas y calles y como era habitual hacer las rogativas en todas las iglesias de la ciudad. A los facultativos se les encomendó la inspección de cárceles, cuarteles, hospitales y demás sitios de hacinamiento25. Esta vez y pese a sus escasos medios, la Junta de Sanidad consiguió impedir la entrada del cólera morbo a Santiago de Cuba, lo cual no pudo evitarse en octubre de 1852, debido al estado de semidestrucción en que quedó la ciudad luego del terremoto de agosto de ese año y las lluvias que le siguieron.
El tráfico marítimo había aumentado considerablemente desde inicios del siglo XIX, para en la segunda mitad reafirmar la importancia del puerto como vía principal de comunicación exterior e interior de la jurisdicción. De ahí los proyectos impulsados por hacendados y comerciantes para modernizar y hacer más operativo el Barrio de la Marina con su calzada.
La sanidad marítima fue un aspecto de trascendental importancia en la labor de la Junta de Sanidad; el sistema de vigilancia incluía la visita a los buques apenas entraban en el puerto, y la expedición de certificados, trámite este necesario para que pasajeros, tripulantes y mercancía pudieran desembarcar.
La Junta se mantenía informada del estado epidemiológico de las ciudades portuarias con las que se mantenía constante intercambio a través de los cónsules españoles destinados en el área caribeña, centroamericana, en Norteamérica y algunos centros europeos.
Para que se tenga una idea de la actividad de la Junta en este sentido, podemos señalar que entre 1841 y 1842 fueron visitados 196 buques en su mayoría españoles, y otros de Norteamérica, Francia, Alemania, Dinamarca, Venezuela y Colombia, cuyo destino abarcaba toda la geografía caribeña: Saint Tomas, Puerto Rico, Curazao, Jamaica, México, Granadina, y los puertos venezolanos de Maracaibo y la Guaira 26 semejante actividad se mantuvo a todo lo largo de la centuria.
El celo de los funcionarios de sanidad chocó frecuentemente con los intereses de los comerciantes de la región, los cuales pretendieron burlar las medidas de control sanitario ignorando el peligro constante y real de contaminación a que estaba expuesta la ciudad por medio de mercancías y pasajeros contagiados. Entre las tantas solicitudes vetadas por la Junta podemos citar el caso del alegato de un grupo de comerciantes que se oponían a la cuarentena impuesta a un buque norteamericano que traía en sus bodegas “salazones y jamones” aduciendo que estos artículos al estar tratados no eran peligrosos al consumo humano, mas los funcionarios de sanidad mantuvieron su decisión de imponer la cuarentena, dado que los bocoyes que contenían las mercancías eran de madera 27. En julio de 1849 otro grupo de comerciantes, esta vez de Manzanillo, se quejan de “los graves perjuicios que se originarían con las cuarentenas rigurosas que debían sufrir los buques de la Unión Americana”, por lo que solicitan que se les tuviera en observación solo por ocho días, a tal pretensión se negaron los miembros de la Junta28.
Desde enero de 1844 funcionaba en Cayo Duan, en el interior de la bahía, una estación de cuarentena para los buques surtos en puerto, provenientes de ciudades en estado epidémico. Las condiciones de las instalaciones dedicadas a albergar a los cuarentenados dejaba mucho que desear, reiterándose las quejas sobre derrumbes, goteras, y poca capacidad que obligaba a los veladores a dormir bajo el mismo techo que los aislados, convirtiéndose en nulo tanto esfuerzo.
Durante toda la centuria, los funcionarios de la Junta Provincial de Sanidad se enfrentaron a la torpeza de la administración colonial, a las incomprensiones de la población y a las dificultades económicas que convertían su trabajo en una labor muchas veces estéril. A su favor se puede decir que no cejaron en la vigilancia de cuanto buque arribara al puerto conscientes del peligro a que se exponían los habitantes de una ciudad donde no habían prendido los hábitos higiénicos más elementales. Aplicaron las medidas que para entonces se concebían como el rociar con vinagre las mercaderías ante la amenaza frecuente de cólera, revisar minuciosamente las patentes sanitarias para detectar fraudes, llegando a impedir el arribo de estos en los casos en que la sospecha tuviera base.
No obstante la falta de cooperación de los habitantes de la ciudad, se revisaba semestralmente el estado de la vacunación, sobre todo en las escuelas y comercios; por otra parte se nombraron comisiones para velar por la higiene en los campos, para “que se corrijan todas las causas capaces de viciar la atmósfera, y de mejorar la higiene de los esclavos que son por su condición harto propensos al desaseo” 29.
Los periodos bélicos condenaron a esta institución sanitaria a una vida eminentemente burocrática, su capacidad de acción se vio cada año más limitada y la situación higiénica de la población fue en constante deterioro,
Al culminar la Guerra Hispano Cubana Norteamericana en 1898, ante los ojos de las tropas norteamericanas de ocupación y de los patriotas cubanos que llegaron a Santiago apareció una ciudad totalmente apestosa, que carecía de un sistema de recogida de basura y de barrido de calles, estas eran furnias y lodazales y la miseria y las enfermedades azotaban a la población civil, era la misma urbe de la cual expresaría Pablo de la Torriente Brau en 1935: “Santiago de Cuba es bella y sucia como una gitana de feria”. Muchos años harían falta para edificar la nueva ciudad que hoy se asoma al Caribe-

Citas y Notas.

1. Eliel Saarinen. La ciudad, su crecimiento, su declinación y su futuro. México, Editorial Limusa Wiley, S.A., 1967: 19.
2. El estudio de las formaciones espaciales en sus categorías tiempo, espacio y sociedad, es vital para comprender los procesos sanitarios que a ese nivel se confrontan. Por un lado están las características físicas y sociológicas de la ciudad que intervienen en la salud de la comunidad, por otro, la segregación social en el espacio urbano engendra barrios marginales por lo regular insalubres. V. Eliel Saarinen. Op. cit. y La ciudad como bien cultural. Memorias del Seminario. Santafé de Bogotá, 1990: 69-101.
3. Vid. María E. Orozco. La desruralización en Santiago de Cuba, génesis de una ciudad moderna 1788-1868. Tesis Doctoral. Santiago de Cuba, Universidad de Oriente, 1994: T.I, pág. VIII.
4. No en balde entre las medidas legislativas identificadas por el gobierno inglés en 1847 se mencionan como áreas de intervención pública los sistemas de cloacas, la organización de la limpieza urbana, ubicación de los mataderos, abastecimiento de agua y sepultura de los muertos entre otras. Vid. Roberto Segre. Arquitectura y urbanismo moderno. La Habana, Editorial Arte y Literatura, 1988: 41-42.
5. Leví Marrero. Cuba: economía y sociedad. Madrid, Editorial Playor, 1986, t.XII: 198.
6. Agustín de la Texera. Santiago de Cuba a principios del siglo XIX. Del Caribe. Santiago de Cuba, 1989; año V, núm. 13: 90-105.
7. ME Orozco. Op. Cit. : 19.
8. Ibídem.
9. Archivo Histórico de la Oficina del Conservador de la Ciudad de Santiago de Cuba (AHOCCSC). Ayuntamiento Colonia (Sanidad). 148: 2285.
10. Emilio Bacardí. Crónicas de Santiago de Cuba. Barcelona, Tipografía de Carbonell y Esteva, 1909; T.II: 193, 274.
11. AHOCCSC. 125 s/n, 1857.
12. Ibídem. 124: 1783.
13. Ibídem. s/n, 1864-65.
14. Los puntos clandestinos eran: el que formó el público en la calle alta de Cristina frente a la tenería de Antonio de Mesa, en Pozo del Rey, Calles Dolores, San Félix, San Agustín, San Basilio, San Antonio alta y baja, San Ricardo baja y Calzada de la Reina. Loc. Cit. (13).
15. E. Bacardí. Op. Cit. T.X: 138.
16. Tomás Romay. Obras Completas. La Habana, Academia de Ciencias de Cuba, 1965; t. I: 206.
17. Elvira Arquiola. La expedición de Balmis y la difusión de la vacuna. En: AR Diez Torres (coord.). La Ciencia Espa ñola en Ultramar. Madrid, Ediciones Doce Calles, 1991: 249-254.
18. AHOCCSC. Ayuntamiento Colonia. Libro de Acta Capitular 1804.
19. E. Bacardí. Op. Cit. T.II: 49.
20. Eduardo Torres-Cuevas. Obispo Espada, Reforma, Ilustración y Antiesclavismo. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1990: 60-66, 212-217.
21. Archivo Nacional de Cuba (ANC). Junta Superior de Sanidad. 35:3.
22. AHOCCSC. Ayuntamiento Colonia. Libro de Actas de la Junta de Sanidad. Folio 16.
23. Ibídem (Sanidad). 124: 1785.
24. La Agenda ’95 publicada por la Editorial Oriente con razón del 480 aniversario de esta ciudad contiene un lamentable error, pues en el artículo “La salud en Santiago de Cuba” sitúa la creación de la Junta de Sanidad el 12 de junio de 1820; el primer documento que menciona a esta Junta como un hecho consumado data de 1814. Vid. AHOCCSC. (Sanidad) 124: 1770.
25. Archivo Histórico Provincial de Santiago de Cuba. Gobierno Provincial. 549: 1.
26. AHOCCSC. Ibídem. Libro de Registro de Patentes Sanitarias 1841-1853.
27. Loc. Cit. (19). Folio 133.
28. Ibídem. Folio 155.
29. Ibídem. Folio 121.

 

Contribución a la historia de la bibliografía farmacéutica cubana

Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

RESUMEN

El gran volumen de información sobre Farmacia que se publica hoy día en Cuba, es una demostración palpable del desarrollo alcanzado por esa especialidad. Tanto en la Revista Cubana de Farmacia, como en otras publicaciones de la época actual, se atesoran muchos trabajos vinculados a la disciplina, que tienen el privilegio de poder estar registrados en índices, en bases de datos y en otros dispositivos bibliográficos y referativos computadorizados, gracias a los cuales se garantiza su conservación y su amplia difusión.

Sin embargo, durante la segunda mitad del siglo XIX circularon en la isla varias revistas, cuyo paso por la arena periodística no es bien conocido por no existir entonces las mencionadas ventajas y por no haberse recuperado sistemáticamente la información contenida en ellas, lo cual ha conllevado que la comunidad científica actual no pueda consultarlas.

Con el presente trabajo se trata de brindar una modesta contribución a la historia de la bibliografía cubana sobre Farmacia, a cuyo efecto, se reseñan aspectos formales y de contenido de las primeras revistas de la especialidad producidas en el país. Con ello se aspira además a salvar de la ignorancia, a rescatar del olvido y a estimular la consulta de los trabajos redactados por los cubanos que antaño dedicaron gran parte de sus vidas a la ciencia farmacéutica.

ANTECEDENTES DE LA BIBLIOGRAFIA FARMACEUTICA CUBANA

La Farmacia dio sus primeros pasos como disciplina independiente en Cuba a partir del primer tercio de la pasada centuria, período en el que su ejercicio dependía de la aprobación por el Real Tribunal del Protomedicato de La Habana de un examen teórico-práctico, el cual se realizaba después de la práctica de una pasantía con una duración de cinco años.

La figura más destacada de aquella época fue José Estévez y Cantal, quien subvencionado por la Junta de Fomento, viajó a Europa para estudiar Botánica, aunque al sentir más vocación por la Química, se dedicó a ella con un entusiasmo tal, que se convirtió en el primer cubano que sobresalió en su estudio. Varios de los productos farmacéuticos generados por Estévez Cantal llevaron su nombre, entre los cuales descollaron la tintura de hierro y el láudano, cuya fórmula tuvo un mayor grado de concentración que la del médico inglés Thomas Sydenham. Pero el hecho que más elevó su reputación fue el análísis que hizo y publicó del turbit mineral o subnitrato de mercurio. Este cuerpo era la base de lo que se llamaba la píldora de Ugarte, medicamento de gran crédito, cuya composición se desconocía y que se explotaba por alguien con ese apellido. El éxito de Estévez radicó en haber descubierto la verdadera composición de un cuerpo que se empleaba con buenos resultados en numerosas enfermedades y que salvó a muchos individuos de la muerte.

En las Memorias de la Sociedad Económica y en los Anales de la Junta de Fomento aparecieron los primeros trabajos sobre Botánica aplicada, Física y Química, hechos por personalidades como Tranquilino Sandalio de Noda, un autodidacta de gran erudición; José Luis Casaseca y Silván, quien sin ser farmacéutico fue profesor de Farmacia, además de fundador, primer maestro de Química en Cuba y autor de interesantes trabajos sobre varios cuerpos de uso en Farmacia; Pedro Alejandro Auber Sánchez, maestro de farmacéuticos sin serlo él y a los que enseñaba Historia natural; Ramón de La Sagra y Peris, José María Dau García y otros.

Con posterioridad al surgimiento del Repertorio Médico Habanero, la primera revista médica cubana y en cuya colección, que abarca de 1840 a 1843, se publicaron cinco trabajos sobre Botánica aplicada a la Medicina, se fundaron otros títulos hasta que en febrero de 1848 se dio a conocer el Repertorio Económico de Medicina, Farmacia y Ciencias Naturales, creado entre otros por un catedrático de Farmacia nombrado Juan Pinet, quien desde el 18 de junio de 1836 había obtenido el grado de licenciado en la Real Junta Gubernativa de Farmacia. En esta revista, que se mantuvo en circulación hasta agosto de 1851, vieron la luz varios artículos sobre Farmacia práctica, Análisis químico e Hidrología médica.

En el Eco de París, que se dio a la estampa en la capital francesa durante el bienio 1858-1859 por un grupo de médicos cubanos allí residentes, aparecen trabajos del farmacéutico Manuel de Vargas Machuca y González del Valle; y en El Estímulo, revista que duró de 1861 a 1863, había una sección dedicada a Medicina y Farmacia, en la que redactó varios artículos el laborioso publicista Juan Pinet.

NACIMIENTO DE LA PRENSA CUBANA ESPECIALIZADA EN FARMACIA
La Emulación

Bajo la dirección de Joaquín Fabián de Aenlle y Mongueoti, un químico de sólida reputación, que desempeñó varias cátedras en la Universidad de La Habana hasta llegar al cargo de Decano de Farmacia; Marcos de J. Melero Rodríguez, autodidacta sin título profesional con claro talento y gran amor al estudio, y con quien se podía hablar y discutir lo mismo sobre Astronomía, Química o Farmacia; y Fernando Valdés Aguirre, quien brilló desde los bancos universitarios y llegó a ser profesor de Análisis químico y de Historia de la Farmacia, surgió, en febrero de 1863, La Emulación, la primera revista genuinamente farmacéutica producida en Cuba.

Este título puso de relieve a la profesión con la publicación de artículos originales y de otros traducidos, que daban cuenta de los avances de la Farmacia y la Química en otros países. La información contenida en sus páginas servía de medio de enseñanza a los farmacéuticos que ejercían en Cuba, de estímulo a los estudiantes universitarios y de recurso en defensa de los intereses morales y materiales de todos los vinculados a la disciplina.

Se trata realmente de una revista que merece ser consultada por quienes necesiten conocer el movimiento científico de su tiempo, pues en ella aparecen colaboraciones de los principales hombres de ciencia de entonces, además de biografías de químicos
y farmacéuticos célebres y fórmulas nuevas o adaptadas a los intereses nacionales.
El primer volumen de La Emulación abarcó desde febrero de 1863 hasta enero de 1864 con 388 páginas; el segundo comprendió los meses restantes de 1864 con 312 páginas; el tercero se extendió de enero a diciembre de 1865 y llegó a 349 páginas; el cuarto apareció durante todo 1866 con 330 páginas y el quinto y último en 1867 y un acumulado de 264 páginas.

El Genio Científico

Los años que siguieron al Grito de Yara, trajeron consigo un temporal silencio de las
ciencias y de la actividad de publicación de trabajos científicos, la cual no dio nuevas señales de vida hasta después de transcurridos casi dos años y medio del Pacto del Zanjón, con la aparición de El Genio Científico, título dirigido por Marcos de J. Melero, el autodidacta sobre el cual se hizo antes referencia, quien fue, además de talentoso, un adalid incansable del periodismo científico.

Concebida para difundir los adelantos de las ciencias físico-químicas y naturales, así como sus aplicaciones a las demás ciencias, a la industria y a las artes, el contenido básico de esta revista, que salía el primer día de cada mes, se concentró en trabajos sobre Farmacia, Química, Física, Medicina, Higiene pública, Biología, Antropología y Psicología fundamentalmente; aunque también se pueden encontrar en ella algunos artículos sobre Astronomía, Geometría, Arquitectura, Geodesia, Geología, Economía y Meteorología. Asimismo se pueden hallar en sus páginas los informes de las sesiones públicas de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana; las biografías de científicos célebres; bibliografías y otras variedades.

Las 1360 páginas de El Genio Científico, impresas de marzo de 1873 a septiembre de 1875 y distribuidas con 480 en cada uno de sus tres volúmenes, guardan trabajos de inestimable valor por su originalidad y por la autoridad de quienes los escribieron.

Repertorio de Farmacia

En enero de 1880 circuló el primer número de esta revista mensual de Farmacia, Medicina y sus ciencias auxiliares, fundada y redactada por los doctores José de Jesús Rovira Borrero y Manuel de Vargas Machuca y González del Valle. Su surgimiento vino a llenar un vacío, pues entonces se echaba de menos la falta de una publicación periódica dedicada a la Farmacia. En ella se escribieron buenos trabajos por farmacéuticos y médicos de la talla de los doctores Antonio González Curquejo, Joaquín Lastres Juiz, Carlos J. Finlay Barrés, Luis y Rafael Cowley Valdés-Machado, Juan Santos Fernández y Hernández y Francisco Torralbas Manresa. El doctor Rovira publicó allí unos "Apuntes sobre farmacofitología cubana"; el doctor Manuel Fraga y Leyro redactó una serie de apuntes interesantes sobre la historia de la Farmacia en Cuba; y el doctor Ramón Botet y Formullá dio a luz varios escritos, entre ellos sus apuntes sobre la farmacopea hispanocubana.

De esta fuente de información se llegaron a publicar seis volúmenes con 302, 344, 392, 320, 234 y 196 páginas respectivamente. A partir del cuarto volumen, se dio a conocer en su cubierta que la revista era el Organo del Colegio de Farmacéuticos de La Habana. El último número del Repertorio de Farmacia que salió fue el del mes de diciembre de 1885.

Anales del Colegio de Farmacéuticos de La Habana 

Por iniciativa de los propios directores del Repertorio de Farmacia, se creó, también en 1880, el Colegio de Farmacéuticos de La Habana, que ese mismo año empezó a publicar sus "Anales" hasta 1884. El primer presidente del Colegio fue el licenciado José Sarrá y Valdejuli y su secretario el licenciado Eligio Villavicencio y Porcel. Integraron también la organización los doctores Cayetano Aguilera Navarro, Carlos Donoso y Lardier, Francisco Torralbas Manresa, Joaquín Lastres Juiz, José Delgado Carabot, Manuel Johnson Larralde, Francisco Figueroa Alvarez, Eduardo Castro, Ramón María de Hita, Canuto Valdés Martínez, Juan García Zamora y Juan Antonio Gallego, entre otros.

Los Anales del Colegio de Farmacéuticos de La Habana, guardaron en sus páginas fundamentalmente las actas y otros documentos relacionados con la vida interna de la corporación, así como la clasificación y nomenclatura de productos farmacéuticos, casi siempre elaboradas por el doctor Manuel Botet.

Boletín de la Farmacia El Amparo

El 15 de noviembre de 1884 el farmacéutico y médico Anselmo Castells Berri hizo llegar al estadío de la prensa el Boletín de la Farmacia El Amparo, donde insertaba anuncios de los productos farmacéuticos producidos en el establecimiento de ese nombre y del cual era propietario, con la reproducción de artículos de periódicos, revistas y folletos extranjeros, principalmente de tendencia terapéutica que, a pesar de su importancia, eran poco o nada conocidos por su escasa o nula circulación en Cuba.

Con independencia de que los propósitos de esta publicación eran más industriales que científicos, hay que reconocer los beneficios que produjo como propagadora de los trabajos sobre Farmacia y Medicina escritos originalmente en fuentes como British Medical Journal, The Lancet, The Western Druggist y otras por prestigiosos autores de todo el mundo.

Cada número del Boletín, que salía los días 15 de cada mes, se componía de ocho páginas, mientras que cada tomo disponía de 12 números con 96 páginas en total.

Su primera serie se extendió hasta el número 12 del año 10, correspondiente el mes de diciembre de 1894. En agosto de 1899 se inició su segunda época y el tomo 11 con el título de Boletín Mensual de la Farmacia y Droguería El Amparo.7 Este tomo 11 se mantuvo hasta finales de 1900, mientras que el tomo 12 abarcó los años 1901 y 1902. Entre 1903 y 1909 tuvo una prolongada interrupción, hasta que reapareció en 1910, para cesar definitivamente a fines de ese mismo año.

La Enciclopedia

En enero de 1885 se dio a conocer a la comunidad científica una revista mensual de Medicina, Farmacia, Agricultura y ciencias físico-químicas y naturales, la cual se fundó y se mantuvo en circulación durante tres años con el peculio propio de los doctores Carlos de la Torre y Huerta y Antonio González Curquejo.

Dieron prestigio a esta publicación, bautizada con el título de La Enciclopedia, varios
escritos de hombres como Antonio Bachiller y Morales, Francisco Cabrera Saavedra, Carlos J. Finlay Barrés, Carlos Desvernine Galdós, Serapio Arteaga Quesada, Juan Vilaró Díaz, Francisco Jimeno Fuentes, Luis Montané Dardé, José Rafael Montalvo Covarrubias, Gastón Alonso Cuadrado, Pedro Pío Galtés, Joaquín Lastres Juiz y Joaquín Barnet Ruiz, entre otros.

Durante su corta existencia, las páginas de La Enciclopedia se honraron al registrar importantes contribuciones de las referidas personalidades. Entre las que con mucho aprecio se han estimado figuran también los trabajos biográficos, principalmente los que salieron de las plumas de Esteban Borrero Echeverría y de Vidal Morales y Morales.

En general, esta fuente despertó y mantuvo gran interés hasta su desaparición en diciembre de 1887. El primer volumen (1885) alcanzó 648 páginas, el segundo (1886)
llegó a 672 y el tercero (1887) acumuló 636.

Repertorio Médico Farmacéutico y de Ciencias Auxiliares

El primer número de esta publicación mensual, también fundada y sostenida por el doctor Antonio González Curquejo, surgió en enero de 1890. Aunque, como se infiere del título, divulgaba conocimientos sobre Medicina, Farmacia y ciencias auxiliares en general, concentró más bien su atención en los asuntos prácticos de la Farmacología. Su objetivo fundamental era satisfacer las necesidades de información farmacéutica y terapéutica, y contribuir a dilucidar las dificultades del arte de recetar. Con los trabajos que en ella se publicaban, se trataba de actualizar a médicos y farmacéuticos acerca de las reacciones e incompatibilidades de los nuevos medicamentos. A ese efecto, se reproducían en sus páginas artículos sobre el tema registrados originalmente en otras fuentes nacionales o extranjeras, sobre todo, de procedencia inglesa, estadounidense y alemana, con independencia de que, ocasionalmente, se podían encontrar también fórmulas de aplicación acompañadas de comentarios.

González Curquejo contó como colaboradores de la revista con los también doctores Gastón Alonso y Cuadrado, Manuel Valdés-Bango León, Rafael Cowley, Carlos Desvernine, José R. Montalvo, Joaquín Lastres, Luis Montané, Juan Miguel Plá Hernández y Juan Vilaró, así como con Carlos Martínez Boloña como administrador.
El Repertorio salió de modo ininterrumpido los últimos días de cada mes hasta diciembre de 1895. Desde entonces no se supo más de él hasta que reapareció en enero de 1904. En diciembre del año siguiente cesó para siempre. En total acumuló ocho volúmenes con un promedio de 400 páginas cada uno.

Boletín del Colegio de Farmacéuticos de La Habana

Fundada por el doctor Alfredo Angel Bosque Reyes, se puso en circulación, en octubre de 1895, el primer número de esta revista, con lo cual se dio cumplimiento a lo dispuesto en el Artículo 72 del Reglamento del Colegio de Farmacéuticos de La Habana, en lo relacionado con la necesidad de que la corporación contara con un órgano propio de publicidad, donde se insertaran sus actas y los trabajos que sirvieran a la promoción y propagación de los avances de la Farmacia y sus ciencias auxiliares, abogaran por su adecuado ejercicio y contribuyeran a su decoro y prosperidad. De ahí que el objeto de atención preferencial de su contenido fueran todos los materiales orientados al estudio y cultivo de la disciplina; a la defensa de los genuinos derechos de los farmacéuticos y al desarrollo y perfeccionamiento de su noble y humanitario ministerio.

Si bien esta fuente mantenía al corriente acerca de la situación de la Farmacia en la
isla de Cuba y en España principalmente, podía también hallarse en ella información de interés relativa a otras naciones.

Entre los trabajos más relevantes publicados en el Boletín mientras circuló, están el discurso que leyera el doctor Antonio Gordón Acosta el 29 de septiembre de 1895, en el cual relata la evolución de la Farmacia en Cuba desde sus inicios hasta fines del siglo XIX; el texto íntegro del Reglamento del Colegio; la biografía del doctor Alfredo A. Bosque, desaparecido meses después de haber fundado la revista, y cuyo autor fue el doctor Santiago Regueyra y Mesa; así como los artículos "Preparación de algunos extractos fluidos", del licenciado Juan Aluija y Gastón y "Plantas inscriptas en el suplemento al codex" del propio doctor Bosque.

Del Boletín se editaron en total 25 cuadernos, que salieron los días 12 de cada mes. El último fue el número 1 del tomo 3, de enero de 1897. El promedio de páginas por tomo fue de 360.

Revista de la Asociación Médico Farmacéutica de la Isla de Cuba

En 1899 se constituyó en La Habana una agrupación con el nombre de Asociación Médico Farmacéutica de la Isla de Cuba. En virtud de la necesidad de la corporación de tener su propio órgano de prensa, se fundó la revista de su nombre que empezó a publicarse en octubre de 1900, bajo la dirección del doctor Enrique B. Barnet y Roque de Escobar.

La Asociación se creó con el objeto de unir de manera firme y compacta a todos los profesionales de la ciencia de curar y los farmacéuticos respetables de la isla, a fin de que de dicho vínculo naciera la fuerza del derecho de dar a esas profesiones mayor reputación ante el gobierno, la sociedad y ante los propios asociados. Por su parte, la Revista se fundó para que fuera "el eco y reflejo de la Asociación, de sus gestiones y
resultados, de sus esfuerzos y recompensas, de sus propósitos y aspiraciones".

Los farmacéuticos que más se distinguieron como autores de trabajos allí publicados fueron los doctores Miguel Fernández Garrido, Carlos A. Moya Pichardo, José P. Alacán Berriel, Arturo Bosque Reyes, Gerardo Fernández Abreu, Braulio Larrazábal, Francisco Taquechel y Alfredo Martínez Martínez. En lo referente a la Medicina, en la Revista se publicaron muchos trabajos sobre la fiebre amarilla, la tuberculosis, el muermo y varias enfermedades tropicales, firmados por los doctores Finlay, Barnet y José A. López del Valle y Valdés.

En cuanto a su estructura formal, este título contaba, además de la Sección oficial, donde se registraban las actas y otros documentos de la gestión de la organización, con una de Medicina y Cirugía, una de Farmacia, otra de Terapéutica y Formulario y otra de Notas y Noticias de todas partes. La Revista de la Asociación Médico Farmacéutica de la Isla de Cuba duró hasta diciembre de 1905.

 

CONSIDERACIONES GENERALES

La presente reseña histórica demuestra que muchos años atrás hubo una población de farmacéuticos cubanos que se esforzaron por divulgar los avances de la disciplina, y que para ello se ampararon en los nueve títulos antes referidos. Inclusive, se tienen noticias de que, como se apuntó al inicio, antes del surgimiento de éstos, se escribía ya sobre Farmacia en el país. Prueba de ello fue la "Bibliografía médico farmacéutica cubana (1707-1905)", título del trabajo presentado por el académico matancero Carlos Manuel Trelles y Govín, el más eminente bibliógrafo cubano de todos los tiempos, en el Primer Congreso Médico Nacional, celebrado en La Habana en 1905.
En esta ponencia, publicada posteriormente en la Revista de Medicina y Cirugía de La Habana, Trelles dio cuenta de 2000 títulos de libros, folletos y artículos redactados
por 800 autores, de ellos 84 referentes a la Farmacia.10, 11, 12 Según el propio Trelles, en 1919 Cuba contaba con 93 revistas de Medicina y 11 de Farmacia.
La aparición en 1967 de la Revista Cubana de Farmacia, significó un sólido paso de avance en el fortalecimiento de esta especialidad, pues desde entonces todos los profesionales y técnicos cubanos vinculados con ella, disponen de un vehículo estable para dar a conocer los resultados de sus investigaciones y mantener la comunicación científica permanente con sus colegas.
Sirva pues esta contribución para que los títulos en ella descritos se reconozcan y recuerden como precursores de la revista que, patrocinada por la Sociedad Cubana de Farmacia y la Industria Médico Farmacéutica de Cuba, es hoy orgullo de todos los farmacéuticos criollos.

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

1.Garrison FH. An introduction to the history of medicine. Philadelphia: Saunders, 1929:269-71.
2. Asimov I. Asimov's Biographical Encyclopedia of Science and Technology. 2 ed. Garden City: Doubleday, 1982:132.
3. González Curquejo A. La prensa médica en relación con los farmacéuticos. Cron Med Quir Hab 1911;37(6):197-207.
4. López Serrano E. Indice de autores y materias del Repertorio Médico Habanero (1840-1843). La Habana: Academia de Ciencias de Cuba, 1986:17 (Bibliografía Científica; 1).
5. Díaz Argüelles N, González RM, Valero M. Revistas cubanas de contenido científico publicadas durante el siglo XIX: catálogo. La Habana: Editorial Academia, 1988:40.
6. Fernández JS. Bosquejo histórico del periodismo médico en la isla de Cuba. Rev Med Cir Hab 1905;10(17):396-411.
7. Trelles CM. Biblioteca científica cubana. Matanzas: Imprenta de Juan F. Oliver,1919;t2:22-34.
8. Regueyra Mesa S, Alonso Cuadrado G, García Sánchez C. Nuestros propósitos. Bol Col Farm Hab 1895;1(1):6-8.
9. Barnet EB. Dos palabras. Rev Asoc Med Farmac Isla de Cuba 1900;1(1):3-4.
10. Trelles CM. Bibliografía médico farmacéutica cubana (1707-1905). Rev Med Cir Hab 1906; 11(4):60-3.
11. ----. Bibliografía médico farmacéutica cubana (1707-1905). Rev Med Cir Hab 1906;11(5):80-3.
12. ----. Bibliografía médico farmacéutica cubana (1707-1905): Rev Med Cir Hab 1906;11(8):140-6.
13. Camejo Alcalde L. Revista Cubana de Farmacia. En: Publicaciones seriadas cubanas: catálogo 1998. La Habana: Instituto Cubano del Libro, 1998:19.

Le Riverend Longrou J J. Lecciones orales de Fisiología médica. Imp. del Gobierno. La Habana, 1843. 2 volúmenes, 584 pags y 10 tablas.

Dr. Gregorio Delgado García Profesor de Microbiología y de Historia de la Medicina Historiador Oficial del Ministerio de Salud Pública

La enseñanza de la fisiología humana comenzó en Cuba, con la fundación de la Facultad Mayor de Medicina de la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor de la Iglesia San Jerónimo de La Habana, el 5 de enero de 1728 impartida por el médico cubano, graduado en México, Francisco González del Álamo y Martínez de Figueroa (1675-1728) y dicha enseñanza abarcaba entonces el conocimiento de todas las ciencias naturales y se impartía en los cuatro años de la enseñanza teórica de la carrera de Medicina, que comprendía, además, cuatro años de práctica. Poco a poco la materia se fue circunscribiendo al conocimiento de las funciones de los órganos y tejidos del cuerpo humano, lo que se logró en la etapa profesoral (1812-1834), del doctor José A. Viera e Infante (1784-1834) y para facilitar su enseñanza dicho notable profesor cubano tradujo del francés al latín, pues en esta última lengua se hacían todavía las conclusiones o exámenes, dos ediciones del “Compendio de Fisiología” del famoso fisiólogo C. L. Dumas (1775-1813). La primera en 1826, “Physiologiae theoremata ad sensum doctrinae percelebris Dumas accommodata, et in breven epitomen ad usum studiosae inventutis, huic nobilis facultati consacratae, accurate disposita a DDD Antonio Viera huicis Catedrae Medicae Moderatore. Habanae. Typis. Ihosephi Bolona. Anni MDCCCXVI” y la segunda en 1832, “Physiologiae theoremata ad sensum doctrinae percelebris Dumas accommodata. A DDD Anthonius Viera. Anni MDCCCXXXII”.

También en 1826 el doctor Nicólás J. Gutiérrez Hernández (1800-1890) tradujo del francés al español la obra del discutido fisiólogo y profesor de la Universidad de París, Francois J. Broussais (1772-1838), “Catecismo de Medicina Fisiológica”, a sólo dos años de su publicación en París. Este libro de 195 páginas fue utilizado también como texto en la universidad habanera.

Con la reforma de estudios universitarios realizada en 1842, la más profunda llevada a cabo en Cuba, pues en el caso de la medicina la sacó de una enseñanza completamente medieval y la situó en su época, el contenido de la cátedra de Fisiología Humana se circunscribió oficialmente al conocimiento de los funciones de los órganos y aparatos del cuerpo humano y se impartió en el segundo año de la carrera.

Para dictarse se nombró en el propio año de la reforma al doctor Julio Jacinto Le Riverend Longrou (1794-1864), natural de Constance, departamento de la Mancha, Francia, graduado en la Universidad de París como médico (1818) y farmacéutico, así como officer de santé en los ejércitos de Napoleón Bonaparte, quién se había establecido en La Habana en 1824.

Al año siguiente de su nombramiento, el doctor Le Riverend dio a la imprenta el primer libro de fisiología escrito y publicado en Cuba “Lecciones orales de Fisiología médica”, Imprenta del Gobierno, La Habana, 1843, en dos volúmenes, con 206 páginas y 10 tablas el primero y 378 páginas el segundo. Resulta innegable la trascendencia que en la historia médica cubana tiene esta obra, producto del talento y la cultura extraordinaria de una de las grandes personalidades de la medicina cubana en el siglo XIX cuya aparición fue consecuencia de las ventajas logradas por la reforma universitaria de 1842.

Al final de la etapa profesoral en la cátedra de Fisiología Humana (1842-1857) del doctor Le Riverend fue puesta como obra de texto, conjuntamente con su libro, el “Tratado de Fisiología” del eminente profesor francés J. Beclard (1817-1864), traducido por los entonces estudiantes de medicina Joaquín García-Lebredo (1833-1889) y José M. Carrerás, por entregas de seis pliegos, en La Habana (1857), con el título de “Tratado elemental de Fisiología Humana”. Después de 1865 circuló como texto la traducción española de esta obra.

El doctor Le Riverend publicó otros libros para sus diversas cátedras: “Manual de Higiene Privada” (1846), “Tratado de Patología General” (1848) y “Lecciones sobre las enfermedades observadas en la sala de Clínica Médica de la Real Universidad de La Habana en el año escolar de 1858 a1859” (1860). No son menos importantes sus libros, “Diccionario de reactivos químicos, toxicológicos y medicina legal” (1848) y “ Patología especial de la Isla de Cuba o tratado práctico de las enfermedades observadas en la Isla de Cuba durante un período de treinta años” (1858) y sus monografías, “Memoria sobre la fiebre amarilla” (1844), “Memoria sobre las enfermedades del útero y sus anexos” (1844), “Memoria sobre las enfermedades del aparato respiratorio observadas en La Habana” (1847), “Memoria sobre la disentería observada en la Isla de Cuba” (1848), “Memoria sobre la leche. Considerada como parte del régimen alimenticio en todas las edades “ (1849) y la muy interesante sobre enfermedad del Obispo de La Habana, Mons. Juan José Díaz y Fernández de Landa (1756-1832) “Consultation pour Monseigneur l’Evéque de la Havanne.- Memoire á consulter présentée a Mr. le Dr. Broussais pour le Dr. Le Riverend medicin á la Havanne” (1831).
 

 

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