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Dr. José Melquiades Aparicio de la Cruz (1702-1781)

Dr. José López Sánchez y Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

Primer estudiante cubano que obtuvo el título de Bachiller en Medicina en la Universidad de La Habana, de la que más tarde fue también su primer catedrático de Methodus Medendi (Terapéutica), y uno de los médicos que mejor reputación logró en su época en el ejercicio de su profesión, José Melquiades Aparicio de la Cruz, nació en La Habana en 1702. Hijo de Miguel Aparicio, natural de Valencia, España, y de Beatriz de la Cruz, de La Habana, ingresó en 1718 en el Convento de San Juan de Letrán para estudiar la carrera eclesiástica, donde fue en principio alumno de Artes y años más tarde, en 1722, matriculó Teología.
Cuando en enero de 1726 el bachiller Francisco González del Álamo comenzó a impartir sus cursos de Medicina, se decidió a abandonar la carrera sacerdotal y se inscribió en ellos. Graduado de Bachiller en Artes el 22 de junio de 1728, su nombre es el segundo en el libro de asientos de grados menores universitarios. Asimismo consta en ese mismo libro que su título de Bachiller en Medicina, que recibió el 30 de julio de 1729, fue el primero conferido por esa Facultad. Su disertación para ese objeto se tituló Facultatibus medicamentorum. El 3 de noviembre de 1730 fue admitido por el Cabildo al ejercicio de la medicina.
En reunión del claustro, celebrada el 16 de junio de ese año, se había acordado entregarle el título de catedrático interino de Methodus Medendi, que regenteó en esa condición hasta el 30 de julio de 1735, en que tomó posesión de la cátedra en calidad de propietario, luego de haber hecho oposición y habérsele adjudicado ésta por unanimidad. Por su condición de catedrático, se le proporcionó el grado de Licenciado en Medicina el 2 de septiembre de ese año y el día siguiente el de Doctor. Cuando en 1741 terminó su sexenio, hizo una nueva oposición a la misma cátedra y otra vez la obtuvo por unanimidad. En 1748 fue declarado catedrático vitalicio. Se le hizo ese reconocimiento, a pesar de la resistencia opuesta en tal sentido por el claustro, que no lo estimaba digno de ese honor, no por falta de méritos para ello, sino porque, a su entender, él no era fundador de la cátedra, la cual había obtenido en principio por oposición.
En 1751 ocupó la plaza de tercer Protomédico por ascenso de José Arango Barrios y Juan José Álvarez Franco. En ella fue ratificado por real Orden en 1753 y, aunque sin la facultad de ser conjuez, recibió su título el 14 de junio de 1755 con la prerrogativa de suplir en sus funciones a otros Protomédicos. Fue admitido como tal por el Ayuntamiento el 11 de marzo de 1756. En 1765 fue nombrado segundo Protomédico por fallecimiento de Álvarez Franco y, en 1771 ascendió al cargo de primero. Por otra parte, continuó regentando su cátedra de Terapéutica hasta 1775, año en el que renunció a ella para poder darle mejor atención a sus cada vez más numerosas obligaciones como Protomédico.
El doctor Aparicio fue médico del convento hospital para convalecientes Nuestra Señora de Belén. Cuando en 1757 el Prefecto de esa institución solicitó se le autorizara ampliarla, él elevó un dictamen a su favor donde argumentó los beneficios que podía traer consigo la medida para los enfermos, por cuanto su aplicación les daría la posibilidad de recibir el aire puro.
Quizás el acto más importante que enfrentó como Protomédico fue la solicitud hecha por el Cabildo de que se llevara a cabo una revisión de la tarifa de precios de los medicamentos, vigente desde 1723. Tanto esta petición, como la de regular los honorarios de los cirujanos, recibió de su parte una respuesta negativa. No obstante los argumentos que esgrimió en su extenso informe, no tenía justificación alguna para negarse a realizar esa revisión. Si bien, de acuerdo con su razonamiento, la tarifa contaba con el apoyo de los médicos y boticarios, ésta no redundaba en el beneficio público, pues era muy evidente el abuso que unos y otros cometían con los pacientes, por los altos precios que les cobraban por las medicinas.
Con independencia de esa circunstancia un tanto incierta en cuanto a su quehacer como Protomédico, hay que reconocer en primer lugar que Aparicio combinó su clara inteligencia con una sólida instrucción y un gran amor al estudio, que puso a la disposición del logro de nobles aspiraciones. En tal sentido se distinguió por su preferente dedicación a la enseñanza una buena parte de su vida y, gracias a ello, la cátedra de Terapéutica por él estrenada fue ganando cada vez mayor prestigio. A ésta trasladó siempre la experiencia que adquirió en el ejercicio privado de su profesión, donde fue merecedor de envidiable reputación, como en los servicios que prestaba en el convento hospital Nuestra Señora de Belén primero y en la dirección de una de las salas del Hospital Militar después.
Había contraído matrimonio el 27 de abril de 1733 con Ana Teresa de Ayala Escobar y su muerte se produjo en La Habana el 18 de abril de 1781. Su vida larga y laboriosa y su amor a la enseñanza, deben agregarse a su condición de primer catedrático de Methodus Medendi a la hora de justificar por qué su nombre debe aparecer entre los primeros en la relación de precursores de la docencia médica en Cuba.

BIBLIOGRAFÍA

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