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Dr. Tomás Romay Chacón (1764-1849)

Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

Si hay un cubano que vive y debe vivir eternamente en el recuerdo de todos sus compatriotas de una a otra generación, ese es Tomás Romay y Chacón, filántropo laborioso y figura brillantísima de la cultura científica y social de la segunda mitad del siglo XVIII y primera del XIX, de quien se exponen a continuación, en apretada síntesis, algunos de los rasgos más sobresalientes de su fecunda vida, sobre todo de aquellos vinculados a su actividad docente.
El 21 de diciembre de 1764 nació el primogénito del matrimonio de la clase media constituida por Lorenzo Romay y María de los Ángeles Chacón, a quien le pusieron por nombre Tomás José Domingo Rafael del Rosario. De su educación primaria se encargó su tío paterno Fray Pedro de Santa María Romay, quien lo instruyó en las primeras letras y bajo cuya tutela estudió en el Convento de los Reverendos Predicadores. Luego de cursar Latinidad y Filosofía en el Convento de los Predicadores con el lector de Elocuencia Fray Francisco Pérez, el de Artes Fray José María de Rivas y los catedráticos de Texto Aristotélico Don Nicolás Calvo y Don Ignacio O’Farril, se graduó de Bachiller en Artes el 24 de marzo de 1783. Tras obtener este título, comenzó los estudios de Jurisprudencia en el Seminario de San Carlos, los cuales pronto abandonó convencido de que, como le había dicho su tío Fray Pedro “el abogado estaba expuesto a mayor responsabilidad de conciencia”. 
A pesar de que en su época la profesión de médico era considerada propia de la “gente baja” y no era entonces estimada en la colonia, donde la cultura de los médicos se hacía notar por su extraordinaria deficiencia, fue Tomás uno de los pocos jóvenes que se dejó llevar más por los impulsos de su vocación que por los convencionalismos sociales y escogió por su propia cuenta la carrera de Medicina, de la que obtuvo el título de Bachiller en 1789.
Tras su graduación, hizo los dos años de práctica reglamentarios junto al doctor Manuel Sacramento, para luego presentarse a examen ante el Real Tribunal del Protomedicato. En dicho acto, que tuvo lugar el 12 de septiembre de 1791, resultó aprobado para el ejercicio de la profesión. Ese mismo año aspiró a la cátedra de Patología en la Real y Pontificia Universidad de La Habana, la cual logró por oposición el 6 de diciembre. A título de catedrático obtuvo los títulos de Licenciado y de Doctor en Medicina el 24 de diciembre de 1791 y el 24 de junio de 1792, respectivamente. 
En relación con su desempeño como catedrático, su biógrafo, el doctor José López Sánchez, escribió que Romay “se limitó en su cátedra a tratar acerca de las lesiones, a indagar los síntomas y a enseñar a inquirirlos, con lo que le imprimió a su asignatura una importancia extraordinariamente superior a lo que correspondía en el pausado movimiento de aquellas horas”. También en alusión a su actuación en la cátedra de Patología, expresó Villaverde que “comenzó sus lecciones con un gesto de valentía, pues se alejó de Avicena y de Galeno. Romay abrió una época, que con justicia se podría llamar la del inicio de la Medicina cubana”.
Cuando se presentó como aspirante a la cátedra de Patología, venía precedido del prestigio adquirido en el desempeño de la cátedra de Texto Aristotélico, la cual había obtenido por oposición en 1785. Hombre de profunda ilustración, de talento extraordinario y de juicio severo y exacto, dio Romay tal impulso a las lecciones de su asignatura, que era objeto de admiración por los colegas de su época. Aunque ante sus ojos Galeno era una gran figura, para él estaba muy lejos la veneración que aún se le rendía en la Universidad Pontificia y así, en alas de su genio, fijó en los alumnos la verdadera tendencia de la ciencia a su cargo. Por ello su regencia de la cátedra de Patología se puede estimar como una de las causales que dieron lugar a la regeneración médica por él iniciada. 
Lamentablemente no se presentó de nuevo como aspirante al terminar su primer sexenio como catedrático. De haber continuado al frente de la cátedra, hubieran sido indiscutibles sus éxitos posteriores.
Mientras cumplía los dos años de práctica médica con el doctor Sacramento, fundó en 1790 con el Gobernador Don Luis de Las Casas el Papel Periódico de la Havana, primera publicación periódica cubana de la que fue su primer redactor y director y cuya larga vida se extendió hasta 1848. El 17 de enero de 1793 ingresó como socio numerario en la Sociedad Patriótica de La Habana, organización de la que también fue cofundador con Las Casas. Por espacio de 50 años desempeñó su humanitaria profesión en la Real Casa de Beneficencia, que también fundaran ambos por entonces.
El 4 de enero de 1796 contrajo matrimonio con Mariana González, la que le dio sus hijos Pedro María, Juan José, José de Jesús, María de los Ángeles, Micaela y Mariana. 
Con motivo de llegar al puerto habanero la escuadra al mando del General Aristizábal, con una tripulación que venía infectada de fiebre amarilla, e impulsado sólo por su amor a la ciencia y a la humanidad, dedicó todas sus fuerzas a luchar contra la epidemia. Como resultado de sus observaciones al respecto, confeccionó y presentó en la Sociedad Patriótica en abril de 1797 la memoria Disertación sobre la fiebre maligna llamada vulgarmente vómito negro, enfermedad epidémica en las Indias Occidentales, monografía que inauguró la bibliografía científica cubana e hizo a su ilustre autor merecedor de ser nombrado Socio Corresponsal de la Real Academia Matritense.
La hazaña que lo inmortalizó fue la introducción y propagación de la vacuna en Cuba en febrero de 1804, luego de estudiar la información que obtenía acerca del descubrimiento de Edward Jenner en Europa, de abandonar las comodidades del hogar para marchar al interior de la isla en busca de ansiado virus y de arriesgar la vida de sus hijos, a quienes usó como sujetos de prueba para vencer los temores, dudas y vacilaciones respecto a su efectividad. La inspiración de este aporte fue la existencia de una epidemia de viruela, iniciada en diciembre de 1803, que causó serios daños en enero de 1804 y amenazaba extenderse a la llegada del verano; así como el conocimiento de que demoraría en arribar a La Habana la expedición enviada al Nuevo Mundo por el Rey Carlos IV al mando de Francisco Xavier de Balmis, la cual traía consigo el virus salvador. Cuando ésta llegó el 26 de mayo al puerto habanero, ya se había propagado la vacuna por toda la isla gracias a Romay, quien la estaba aplicando con éxito desde el 12 de febrero. Después de esto, se consagró durante más de tres décadas a la vacunación antivariólica.
En 1833 se produjo en Cuba la tan temida aparición del cólera, luego de causar terribles estragos en Asia y Europa. Esa epidemia, que produjo en un solo día 435 defunciones en La Habana y mató a una de sus hijas, fue también objeto de su dedicación. A pesar de sus entonces 69 años de edad, estuvo en primera línea en la lucha contra ella.
Romay, a quien se considera el primer higienista cubano por sus acciones de prevención de enfermedades y de promoción de la salud, fue hombre de carácter firme, estudioso, investigador, audaz, persistente, trabajador, honesto y valiente, cumplidor de su deber y eficiente servidor de la sociedad. Se le ha acreditado una contribución notable al progreso de la cultura cubana, especialmente en Medicina, Química, Botánica, Higiene y educación en general. Introdujo una visión científica de los problemas de la Medicina y combatió al escolasticismo que imperaba en su época. Sostuvo y defendió con creces el criterio filosófico de que las posibilidades cognoscitivas del hombre no nacen limitadas, pues está dotado de las facultades necesarias para desentrañar con éxito los secretos recónditos de la naturaleza. Esta es una tesis muy importante y contrastante con el criterio preconizado por la filosofía predominante en su tiempo, que subestimaba la capacidad cognoscitiva del ser humano.
Falleció víctima de cáncer, a las 2:30 de la madrugada del 30 de marzo de 1849. Al momento de su deceso, ostentaba entre sus muchos títulos y distinciones los de Miembro Corresponsal de la Real Academia de Medicina de Madrid, Médico de la Real Cámara, Catedrático de Clínica de la Real Universidad, Presidente e Individuo de Mérito de la Sociedad Económica de Amigos del País, Miembro de la Comisión de Vacuna de París y de las Sociedades Médicas de Burdeos y Nueva Orleans y Caballero Comendador de Isabel la Católica.
A pesar del tiempo transcurrido, su prestigio es cada vez más esplendoroso. En los anales de su laboriosa vida, podrán encontrar siempre los hombres de hoy y de mañana grandes ejemplos a imitar de virtud, amor, abnegación y patriotismo. Por ello se debe mantener vivo el recuerdo, que debe ser imperecedero, de este esclarecido sabio habanero, que fuera una gloria de la ciencia en general y uno de los más connotados precursores de la docencia médica en particular.
 

BIBLIOGRAFÍA

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