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El Primer Claustro Médico en la Universidad de La Habana

Lic. José Antonio López Espinosa 
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

Antes de la llegada en 1518 a la villa de Santiago de Cuba de Domingo de Alpartill, no existía en Cuba persona alguna que ejerciera la medicina. De ahí que este valenciano que se hacía llamar Protomédico, ostente el crédito de haber sido el primero en ejercer el arte de curar en la isla. Después de él y hasta principios del siglo XVIII llegó apenas a 55 la cifra de individuos que, procedentes de España y de otros países, desempeñaron en territorio cubano funciones de médicos, cirujanos, flebotomianos y curanderos. De ellos merecen recordarse al barbero cirujano Juan Gómez, primero en relacionarse con dicho arte en la villa de San Cristóbal de La Habana; al malagueño Juan de Tejada de Pina, primer Doctor en Medicina que llegó a la isla a ejercer su profesión de médico, pues antes de su arribo en 1610 sólo se registran cirujanos que brindaban sus servicios en Santiago de Cuba y La Habana; a la india Mariana Nava, curandera autorizada oficialmente a cumplir esa función, cuando Santiago de Cuba, entonces con una población aproximada de 4 000 habitantes, se había quedado sin médicos ni cirujanos; al cordobés Francisco Muñoz de Rojas, primer Protomédico oficial que tuvo la villa de La Habana y toda la isla de Cuba y a Lázaro de Flores Navarro, natural de la villa Dos Hermanas, ubicada en las cercanías de Sevilla, quien fuera autor del primer libro científico escrito en La Habana y considerado el más notable de los médicos con que contó la isla durante el siglo XVII.
En esta relación de nombres no puede faltar el de Diego Vázquez de Hinostrosa, primer médico habanero que obtuvo su doctorado en la Universidad de México y quien, luego de presentar su título al Cabildo de La Habana el 16 de abril de 1655, compartió con Lázaro de Flores la atención del vecindario. Después de él, hubo varios cubanos más como Francisco González del Álamo, Marcos Antonio Riaño y Gamboa, José Escobar Morales, Ambrosio Medrano Herrera, Manuel Fernández Castellón y Jacinto Ruiz de Acevedo, entre otros, que se formaron como médicos y cirujanos en la Universidad de México y dieron valor legal a sus correspondientes títulos ante el Real Tribunal del Protomedicato de aquel país.
En el contexto de la historia de la medicina cubana en la época colonial, el Protomedicato jugó un papel fundamental y es un elemento sugerente en relación con los conocimientos de aquel tiempo y de los hechos que precedieron a la instauración de la enseñanza superior y a la fundación de la Real y Pontificia Universidad de La Habana, cuya existencia se logró por gestiones de los religiosos de la Orden de Predicadores que residían en el Convento de San Juan de Letrán.
 

Orígenes del Protomedicato en Cuba
 

El Protomedicato fue un Tribunal establecido por los reyes de España desde el siglo XV en varias ciudades y provincias de sus dominios, a fin de fiscalizar el ejercicio profesional de los médicos, cirujanos, boticarios y parteras. Entre sus funciones básicas se destacaban la de reconocer la suficiencia de los que aspiraban a ejercer estas funciones; garantizar la calidad de los medicamentos y su justo despacho y establecer estrategias para enfrentar las epidemias, los desastres naturales y otras calamidades. Este Tribunal tenía jurisdicción en todos los problemas relacionados con la salud pública y sus acciones en tal sentido tenían carácter didáctico, pues dirigía la enseñanza de la medicina y la farmacia; correctivo, por cuanto administraba justicia ante las faltas y los excesos cometidos por los facultativos y perseguía el curanderismo; y económico, ya que fijaba aranceles en los exámenes y en las visitas a las boticas. Los fondos producto de esos ingresos se distribuían entre los miembros del Tribunal, o bien éste le daba otra aplicación útil.
Aunque no existe aún suficiente claridad acerca de los antecedentes de esta institución de tanto beneficio a la medicina en su tiempo, se puede afirmar que sus raíces se remontan a la Baja Edad Media, época en la que ya se manifestaba preocupación por legalizar el ejercicio de la profesión.
Ejemplo fehaciente de ello es el de Roger, Rey de las dos Sicilias, quien en 1140 decretó que para poder ejercer la medicina en su reino se requería permiso de los oficiales reales. Tiempo después Federico II, Emperador de Alemania, dio la orden de que la enseñanza de la disciplina se impartiera durante seis años; dedicados los cinco primeros a estudiar las doctrinas de Hipócrates, Galeno y Avicena y el sexto y último a las prácticas del estudiante, siempre acompañado en sus visitas por un médico previamente autorizado.
En 1422, Juan II de Castilla creó el Tribunal de Alcaldes Examinadores para que juzgara acerca de la competencia de los aspirantes a ejercer la Medicina y la Cirugía. Se considera que en ese mismo tribunal está el origen del Protomedicato en España, denominación con la que surgió oficialmente en tiempos de los reyes católicos, en las leyes dictadas en Real de la Vega en 1491 y en Alcalá en 1498.
Por la década de los años de 1520, la atención de los problemas médicos en México se confiaba a las personas que gozaban de mayor prestigio en la práctica del arte de curar. Por ello se les designó protomédicos (de protos, que significa primero o principal). De acuerdo con las Reales Cédulas, tiempo después se integró el Real Tribunal del Protomedicato que, hasta 1634, dio valor legal al ejercicio de la profesión de los cubanos que se graduaban de médicos en la Universidad mexicana.
En 1632 Francisco Muñoz de Rojas, un español graduado de Bachiller en Medicina en la Universidad Hispalense de Sevilla y residente en La Habana desde 1626 aproximadamente, solicitó al Cabildo habanero recabara del Rey de España su nombramiento de Protomédico, en mérito a los servicios que había prestado como médico y en virtud de la dependencia del Protomedicato de México de los cubanos que aspiraban a ser médicos, cirujanos, boticarios, etc. Por una carta de Provisión Real, fechada en Madrid el 10 de mayo de 1633, se otorgó a Muñoz de Rojas el título que lo acreditaba como Protomédico examinador de los doctores, cirujanos, barberos, boticarios y parteras de la ciudad de La Habana e isla de Cuba. Cuando el 9 de septiembre del siguiente año presentó ese documento al Cabildo, quedó constituido de manera oficial, si bien con un alcance personal, el Real Tribunal del Protomedicato en Cuba. Tras su muerte, ocurrida en 1637, no hubo otra solicitud para desempeñar este cargo, hasta el 13 de abril de 1711, fecha en que el andaluz Francisco Teneza Rubira presentó al Cabildo su título de Protomédico Real de la ciudad de La Habana y su jurisdicción, oficio que ejerció hasta su fallecimiento en 1742. Procede destacar que a Teneza correspondió el mérito de haber sido el Primer Protomédico Regente de un colectivo integrado en principio por un Protomédico primero, uno segundo y un Fiscal y luego por un Protomédico primero, uno segundo, uno tercero, un Fiscal propietario y otro sustituto. Asimismo cabe señalar que fue él quien preparó y mandó a imprimir en 1723, en la imprenta de Carlos Habré, la Tarifa General de Precios de Medicinas, documento que constituye el primer incunable cubano.
La instauración del Real Tribunal del Protomedicato en Cuba significó un paso de avance considerable en la evolución histórica de la salud pública, por cuanto su existencia conllevó la regulación oficial del ejercicio médico en todas sus manifestaciones, con inclusión de la de conferir autorización legal mediante examen a los jóvenes que entonces terminaban sus estudios en las Universidades de otros países, principalmente la de México. Fue el Supremo Tribunal de la Salud Pública cubana hasta su extinción en 1833.

Los primeros profesores y estudiantes de Medicina en Cuba
 

Todo parece indicar que los primeros en impartir la enseñanza médica en Cuba fueron los hermanos de la Orden de San Juan de Dios, la cual ofrecían en su hospital de San Felipe y Santiago a los jóvenes que aspiraban a hacerse cirujanos romancistas (categoría profesional que incluía a los que habían cursado estudios, en lengua castellana, en lugares que no tenían rango de Facultad médica y cuyo ejercicio se limitaba a la asistencia de las enfermedades puramente externas y de las internas de los casos mixtos en ocasiones muy urgentes; estas últimas con la obligación de solicitar de inmediato los servicios de un médico cirujano, de un médico o de un cirujano latino). Aunque no se ha precisado la posible fecha de inicio de esta enseñanza, se sabe que fue con posterioridad al establecimiento del Real Tribunal del Protomedicato, pues era ante él que los aspirantes se tenían que examinar a fin de lograr la autorización legal para ejercer.
Si bien hasta principios del siglo XVIII, el arte de curar se enseñaba en privado y en muy poco tiempo -sólo bastaba un breve período de práctica junto a un médico o en un hospital, para considerar que el aspirante había adquirido la preparación necesaria y que estaba apto para obtener un título- ya a finales de esa centuria la Medicina se había ennoblecido en la isla, donde más que un arte comenzó a considerarse una ciencia, impartida por un ilustrado claustro de más de 25 integrantes.
Los fundadores de la enseñanza de la Medicina como ciencia en la Mayor de las Antillas fueron Francisco González del Álamo y Martínez de Figueroa, Martín Hernández Catategui y Ambrosio Medrano Herrera, cubanos que se trasladaron a la Universidad de México a fin de obtener los conocimientos que en su época no les era posible adquirir en su país y que, al regreso, se propusieron divulgarlos. A ese efecto los dos primeros comenzaron a impartir cursos de Medicina, a los cuales se les otorgó validez académica por la comunidad religiosa de la Orden de Predicadores, la misma que luego fundara y sostuviera la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor San Jerónimo de La Habana.
Así, el 12 de enero de 1726 el muy R. P. M. Fr. Thomas de Linares, Prior del Convento de San Juan de Letrán de La Habana, con motivo de la concesión otorgada desde el 12 de septiembre de 1721 a la Orden de Predicadores por el breve del Papa Inocencio XIII para fundar una Universidad, autorizó la apertura de cursos de Medicina, que empezó a impartir ese mismo día el doctor González del Álamo y, desde el 20 de octubre siguiente, el doctor Hernández Catategui. Sus primeros discípulos fueron José Arango Barrios, Esteban de los Ángeles Vázquez Rodríguez y José Melquiades Aparicio de la Cruz, tres colegiales de ese Convento que abandonaron la carrera eclesiástica para incorporarse a los estudios médicos.
El hecho de que tres jóvenes cursaran Medicina en un período en el que aún no existía la Universidad en Cuba y en el que todas las aspiraciones se reducían a ingresar en la Milicia o en el Sacerdocio, tuvo un gran significado en la vida intelectual del país, por cuanto ellos, conjuntamente con su profesor González del Álamo, el doctor Ambrosio Medrano, también incorporado a la enseñanza tras su regreso de México, y el médico francés Louis Fontaine Cullembourg, formaron el primer claustro médico de la Real y Pontificia Universidad de La Habana, después que ésta fuera inaugurada mediante el Pase Real del 5 de enero de 1728.
De lo apuntado con anterioridad se desprende que la Medicina fue la rama de la ciencia con la que se dio inicio, el 12 de enero de 1726, a la enseñanza superior en Cuba, la cual se comenzó a impartir por el cubano Francisco González del Álamo y Martínez de Figueroa, quien había logrado el título de Bachiller en Medicina en la Universidad mexicana. Merece subrrayarse que esta enseñanza comenzó aproximadamente dos años antes de la fundación de la Universidad, con la cual quedaron formalmente establecidos los estudios médicos en la isla.
Esta circunstancia, unida al obvio papel que jugaron en beneficio de la cultura en general y el desarrollo de la ciencia en particular los primeros profesores y estudiantes de Medicina en Cuba, con los que se integró más tarde el primer claustro médico de la Universidad de La Habana, ha sido la motivación para poner por este medio sus nombres a la consideración de las actuales generaciones de profesionales de la salud las que, con toda seguridad, sabrán reconocer sus méritos y virtudes, así como la magnitud de su obra como precursores de la docencia médica en el país.

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