Infomed

Eusebio Jiménez, Precursor de las Ciencias Avileñas

Lic. Héctor Izquierdo Acuña Lic. Héctor Izquierdo Acuña. Oficina del Historiador de la Ciudad. Morón, Ciego de Ávila

 

Palabras liminares:
Durante más de una centuria Morón cuenta con una personalidad de la ciencia que ha pasado inadvertida. Es el caso de Eusebio Jiménez. Las primeras noticias, si no las únicas, que sobre él se tenían estaban vinculadas con el asentamiento arqueológico de la finca “La Rosa” en fecha tan lejana como 1850. Nada más.
La localización inesperada de un documento puede conducir a nuevos causes en la investigación histórica, abriendo nuevos temas porque de inmediato reclama una respuesta. Eso precisamente ocurrió con la figura de Eusebio Jiménez.
La localización en el Archivo Nacional de Cuba de un expediente judicial de 1851 donde aparecía como encartado en un delito de carácter político un hombre con un nombre similar llamó de pronto la atención. Era necesario comprobar si se trataba de la misma persona. De ser así, podríamos adentrarnos en su vida y obra.
De pronto, y casi simultáneamente, aparecieron nuevas fuentes de conocimientos y con ellas hemos podido conformar un cuadro, no solamente de la persona estudiada; la documentación aportó, además, elementos para conocer la repercusión en el territorio del movimiento anexionista de Narciso López y abundar en pasajes nunca antes tratados como es la vida cotidiana de los pobladores del por entonces caserío de Morón en la década de 1850.
Fue este hombre el precursor de las ciencias en la provincia de Ciego de Ávila pues llegó a ser miembro corresponsal, electo por unanimidad de los miembros de número en sesión efectuada el 1ero de junio de 1862, de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana”, mérito que solamente ostentaban 22 personalidades en el interior del país. En lo anterior radican los principales aportes, pues para conocer mejor la vida y la obra de Eusebio Jiménez el estudio debió abordar estos elementos en el contexto espacio-tiempo con el fin de propiciar una miraba más realista del momento histórico en que vivió.
Desentrañar y divulgar la verdadera dimensión intelectual del médico empírico y pedagogo Eusebio Jiménez para que las nuevas generaciones conozcan que los antecedentes de las ciencias en la provincia avileña se pueden encontrar precisamente en Morón en la figura de este principeño devenido moronense radica su objetivo supremo. En los elementos de carácter histórico que revela se encuentran los aportes a la historiográfica y su importancia como fuente del conocimiento.
EUSEBIO JIMÉNEZ: MÉDICO, PEDAGOGO Y PRECURSOR DE LOS ESTUDIOS ARQUEOLÓGICOS EN CIEGO DE ÁVILA.
 
DESARROLLO:
Corría el año 1823 cuando Eusebio Jiménez, con una edad de 20 años y serias limitaciones físicas desde la cuna, arriba a Morón, un punto casi perdido en la geografía de la región central de la Isla. Nacido en Puerto Príncipe en 1803, se estableció en Morón al lado de su hermano político Francisco Almansa, que era cirujano romancista y con quien aprendió el arte de curar.
En el pequeño poblado, de acuerdo con el censo realizado cuatro años después de su arribo, no vivían más que 697 habitantes en casas construidas con materiales de efímera resistencia: de tabla y guano unas, de yagua y guano otras, las menos de tabla y tejas. Algunas edificadas con la técnica del embarrado con cubiertas de tejas o de guano. Era una verdadera rareza encontrar alguna de mampostería.
Allí, en ese villorrio, con lo aprendido de Francisco Almansa, Eusebio Jiménez estableció su botiquín, empleando para realizar la cura de los enfermos los remedios que él mismo preparaba, de ahí que sea lógico suponer sus grandes conocimientos sobre ciencias como la química y de la medicina verde y tradicional. Prestó, además, muy buenos servicios por la zona de Chambas, Los Perros y otros puntos aledaños, al igual que Francisco Almansa, quien fuera el primer médicoque ejerció por los campos de Mayajigüa y Yagüajay, donde también accionó Eusebio, sobre todo en los tiempos en que el cólera hacía estragos. Dio clases gratuitas a los pobres, instrucciones a la juventud, consejos morales a todos y fue amante de la patria.
El azar quiso poner a disposición de la historia elementos dispersos que, concatenados y relacionados entre sí permitieron, al menos, un acercamiento a esta personalidad que se va del marco estrecho de la región avileña hasta tener alcance nacional. 
Es sin dudas por su labor relacionada con el campo de la arqueología lo que le permitió trascender durante años –y hasta el día de hoy- en algunos círculos científicos vinculados con este campo del conocimiento. Pero la investigación histórica en su desarrollo dialéctico descubre nuevas facetas que permiten ampliar el conocimiento de esta figura de la ciencia que lo ha convertido en alguien prácticamente desconocido.
La historia por la cual su figura se da a conocer en los círculos científicos tiene que ver con exploraciones por él realizadas en el sitio arqueológico de “La Rosa”, a unos 8 kilómetros al oriente de Morón en el camino hacia Cunagua.
Finalizaba el mes de octubre de 1850 cuando el periódico “El Fanal”, de Puerto Príncipe, divulgaba la noticia del descubrimiento realizado por un señor nombrado Francisco Rodríguez de restos de indios en la finca “La Rosa”, lugar cercano al por entonces caserío de Morón, Tratábase de un residuario con restos de jutías y otros animales, utensilios indios e ídolos. El lugar estaba señalado por un plantío de limones y era algo más elevado que el terreno que lo circundaba, tenía forma ovalada, más alta en las extremidades y que sonaba hueco bajo los pies y se movía cuando se le golpeaba o con las pisadas de animales. Andrés Poey (1) en ese artículo interpreta este descubrimiento como “bóvedas que pueden haber servido a los indios de cementerios o para sus sacrificios humanos o para sus adoraciones”. (2)
Pero este hallazgo no fue investigado. Posteriormente, una excavación efectuada por el vecino de Morón Eusebio Jiménez, cumplimentando una solicitud que le hiciera Don Andrés Poey, -hijo del gran naturalista cubano Felipe Poey Aloy- arrojó el hallazgo de varias reliquias indias de madera dura, arcilla cocida, piedras y varios pequeños ídolos. Lejos estaba Jiménez de conocer que este descubrimiento trascendería por más de un siglo en una polémica vinculada con la existencia del denominado por los colonizadores como “perro mudo”.
En abril de 1851 aparece en La Habana otro artículo de Poey mencionando los más recientes descubrimientos de Eusebio Jiménez, entre los cuales las únicas cosas de interés, entre las mencionadas por Poey, son varios restos de jarras, cazuelas de barro con labores y la mandíbula de un coatí, a la cual se le concedió gran importancia porque hizo creer que el perro mudo que encontraron los primeros “descubridores” hispánicos era en realidad un animal de aquella especie y no un verdadero perro. Esta noticia también nos hace creer que Jiménez visitó y excavó en el sitio de “La Rosa” en más de una ocasión entre finales de 1850 e inicios de 1851.
Ocurrió que el prominente zoólogo Andrés Poey, dio gran importancia al descubrimiento de Jiménez y al estudiar el fragmento de mandíbula encontrada en “La Rosa”, publicó un año después que se trataba de un Oso Lavandero (Porcyon lotor), identificación que más tarde compartió su padre, el mencionado naturalista Felipe Poey. Pero ambos estaban en un error.
Es importante señalar que todos los restos óseos de cánidos hallados en depósitos aborígenes, han indicado siempre hacia una sola especie, que luego de haber sido sometidas a estudio han sido siempre referida como pertenecientes a Canis familiaris. Estudios publicados en octubre de 1981 por Oscar Arredondo en la revista Poeyana, del Instituto de Zoología de la Academia de Ciencias de Cuba, demuestran que los restos difieren del perro doméstico. Por otra parte, en otro artículo demuestra fehacientemente que la mandíbula descrita por Poey como Oso Lavandero no era más que una especie de cánido que publicó Poeyana con el nombre de Paracyon caribensis.
Más tarde el término genérico de Paracyon ha tenido que ser reemplazado por el de Indocyon porque se encontró que ya ese nombre había sido aplicado en 1825 a una especie de mamífero, y aunque nunca estuvo en uso quedó invalidado de acuerdo con las leyes de la nomenclatura zoológica. Es por este motivo que el perro mudo extinguido dado a conocer en la revista Poeyana como especie nueva se llama ahora Indocyon caribensis, de acuerdo con la aclaración publicada en Miscelánea Zoológica, del Instituto de Zoología del 30 de diciembre de 1981 (3).
Según el criterio de Fernando Ortiz en su obra Arqueología Indocubana, el caney de los muertos excavado por Miguel Rodríguez Ferrer (4) en agosto de 1847 fue el primero que se excavó en Cuba, y el residuario de Morón, por la amplia cobertura de prensa que tuvo a través de las publicaciones periódicas y revistas especializadas, es considerado como el primer hallazgo reproducido gráficamente en Cuba. (5) Fue precisamente Andrés Poey el cubano que estimuló las exploraciones en Morón y sus estudios fueron presentados a la American Ethnological Society of New York, sobre el año 1853, con el título de Cuban antiquies, and brief description of some relics found in the island of Cuba. Fue reproducido por la Revista de Cuba. (6)
Casi un siglo después de haberse publicado el descubrimiento, el sitio vuelve a ser objeto de nuevas investigaciones, esta vez por parte del Grupo Caonabo, presidido por el destacado intelectual Guillermo Zanoletti D´Escoubet. Fue explorado en más de una docena de ocasiones entre los años 1945 y 1950, una de las cuales fue realizada por el Dr. Antonio Núñez Jiménez, en aquel entonces funcionario del Ministerio de Educación. El 18 de mayo de 1947 fue descubierta la caratona, emblemática pieza de cerámica que hoy es el símbolo distintivo del Museo Caonabo de la ciudad de Morón. Es importante conocer que toda la colección lograda por Eusebio Jiménez se perdió según refiere Fernando Ortiz.
Si analizamos que Miguel Rodríguez Ferrer realizaba trabajos arqueológicos en 1847 y tenemos a Eusebio Jiménez realizando exploraciones y descubriendo piezas claves para la antropología cubana, podemos pensar en que fue uno de los precursores de la Arqueología cubana. También Andrés Poey, es recordado como uno de los primeros exploradores de la arqueología cubana.
Ahora bien, con estos antecedentes podemos preguntarnos: ¿Quién fue Eusebio Jiménez? ¿Cuál era su profesión y qué nivel ocupaba en el orden intelectual que la había permitido establecer vínculos con personalidades de la ciencia cubana de la dimensión de Andrés Poey? ¿Cuál fue su obra más relevante? Iremos descubriendo en las páginas siguientes la verdadera dimensión intelectual y humana de esa personalidad perdida en los comunes e inexcusables olvidos de la historia. Para ello será necesario darle una mirada a un hecho acaecido en los comienzos de la década de 1850.
El presunto conspirador
Eusebio Jiménez fue, ante todo un distinguido y reconocido maestro y médico que trabajó desinteresadamente, en ambas profesiones, hasta su fallecimiento ocurrido en Morón en 1866, lugar del que hizo su razón de ser, su pequeña patria.
En la época a la que nos remonta esta historia en la comarca moronense se respiraban aires de inquietud política. Aún permanecían latentes las ideas y el movimiento anexionista que pretendía la incorporación de Cuba a los Estados Unidos de América y cuyo máximo exponente en esos momentos era el coronel del ejército español de origen venezolano Narciso López, quien desde años anteriores participaba en la abortada Conspiración de la Mina de la Rosa Cubana, movimiento que sin lugar a dudas debió ejercer su influencia por el prácticamente despoblado territorio. Morón era apenas un insipiente caserío que no sobrepasaba los quinientos habitantes.
Narciso López, en unión de un grupo de anexionistas, organiza la expedición de “El Creole”, que logró desembarcar y ocupar por el espacio de 19 horas la ciudad de Cárdenas el 19 de mayo de 1850. Allí ondeó por vez primera la bandera nacional. Había tenido gran dominio sobre la región central de país por haber ocupado la silla de teniente gobernador de Trinidad, puesto que le posibilitó libertad de movimientos para expandir sus ideas sobre otras localidades como Sancti Spíritus, Cienfuegos, Manicaragua, entre otras. Por la connotación que tuvo a lo largo y ancho de la Isla y con lo que indirectamente aportan las fuentes de archivo consultadas permiten afirmar que el territorio avileño no permaneció al margen de lo ocurrido, manifestándose a favor unos, ya en contra o con temor otros, pero rompiendo la vida monótona y apacible de los pobladores del caserío de Morón. En Yagüajay y Mayajigüa se tomaron algunas medidas por los movimientos de Narciso López. De esto es muestra fehaciente el complot tramado contra cuatro moronenses, Eusebio Jiménez entre ellos, para quienes comienza un verdadero calvario en agosto de 1851.
No era capaz el Sr. Jiménez de prever que mientras se dedicaba a las actividades cotidianas, al magisterio, y a curar como médico los males y el dolor del prójimo y servir a la ciencia en campos como la investigación arqueológica, se cernía sobre él y otros tres moronenses el negro manto de una conjura. 
Una carta fechada el nefasto día 21 de agosto de 1851 dirigida al Comandante General, Gobernador Político y militar del Departamento del Centro y su Jurisdicción de Santa Clara firmada supuestamente por Fulgencio Arambula es, quizás, un testimonio que puede aportar elementos sobre la vida cotidiana del Morón colonial, aunque a todas luces sobredimensionados, motivado por el malsano ánimo de algún “enemigo encubierto”. Lo cierto es que en la misiva el denunciante expone que:
“… en este poblado de Morón aparece desatinado a la osadía, al atrevimiento, la audacia, la sisaña (sic), la vagancia, la seducción, la embriaguez y todo lo que depende aspirar a una guerra intestina y a una revolución masticada por la junta secreta que precisamente se halla colocada en la casa consistorial, cual es la casa de D. Eusebio Jiménez. Cuyo individuo es el que representa ser el presidente de dicha junta secreta. Pues toma la posición sentado en una silla y en su frente, un hermoso bufete guarnecido de un número cuantioso de libros de toda especie, reglamentos, bandos, reales ordenes, ordenes generales y demás enseres relativos a la materia a que me contraigo en esta manifestación: cuando se entra en estas asambleas concurren algunas personas de las principales del poblado y de algunos otros puntos: se sabe de cierto que es con el fin directo de entorpecer a los pacíficos y reducir paulatinamente al tranquilo, al justo, al cristiano, al religioso y al que verdaderamente se halle dispuesto a obedecer a la autoridad primaria.
Exmo Gdor, tiempo es de asegurar a D. Eusebio Jiménez y D. Rafael Díaz Cañizares y a todos… según le tengo manifestado en mi anterior del actual.
Exmo Sr. es ya tiempo que a este poblado venga una circular para esquivar los vagos mal entretenidos que son los primeros enemigos de la nación pues no se ve nada más que las tabernas llenas de personas sin destino, el billar abierto diariamente, lleno de personas entretenidas en la propagación del daño a los vecinos que consiben (sic) algún corto capital y no se halla más en esta plebe infame: que es decir “Ojala venga Narciso López”; estas expresiones se oyen en el tte –teniente nota del autor- del partido D. Jesús Díaz (7), en su compañero D. Agustín Machado y regularmente en todos los lados del partido que están a disposición de D. Eusebio Jiménez y de D. Rafael Díaz Cañizares, que son los prototipos cabecillas de este partido, seduciendo al vulgo a levantar el grito de pronunciamiento para el día prescrito que ellos señalaren, más adelante informaré a V.E quien es Luís Angulo que este se halla preso en Sancti Spíritus y no debe de soltarse porque es aliado de los de Morón y es un espía favorable a López: investigue V.E la correspondencia secreta que tiene desde Sancti Sp del escribano D. José Echemendía y el escribano Pedro del Castillo con Eusebio Jiménez: infórmese V.E qué convite tuvo D. Agustín Machado el día que entró el piquete de lanceros a este poblado: Exmo Sr. mis anuncios no son de ahora a V.E estas manifestaciones son útiles al estado y al Gob actual para que se puedan imaginar sobre esto que hay materia suficiente…
Y continuaba el denunciante, con odio desmedido, realizando acusaciones casi inconcebibles:
Las balas y las palanquetas han sido fabricadas por Rafael López González; sobrino de Fco López Campaña, que es primo hermano de Rafael Díaz Cañizares, conspiradores de primera plana: a este Fco López en días pasados se le ha formado una causa por expresiones subversivas contra el estado a cuya consecuencia lo condu –ilegible- a la real audiencia a que quedará por un largo tiempo a la vista de las autoridades.
A este Fco López en días pasados el pedáneo de este partido le ha registrado su casa y finca en el partido de ranchuelo (sic) y su hacienda Las Grullas porque se dijo tenía Francisco López a D. Narciso López escondido en la dicha hacienda…
Exmo Sr en este momento acaba de llegar de S. S (Sancti Spíritus. N del A) el tte de este partido D. Jesús Díaz y ya ha repartido 72 papeletas de imprenta proclamando a el –ilegible- D. N. López. Serán las 6 de la tarde y en esta misma hora ha comenzado a hacer su reparto por la casa de Comercio de D. Rafael Vasallo (8) y por la Don Juan Manuel Vasallo y por la de D. Policarpo Echemendía, entregando un pliego cerrado a D. Eusebio Jiménez ignorando a esta fecha su contenido.
                                                                Morón 21 de agosto.
                                                                            Fulgencio Arambula. (9)
Obviamente, recibir tan inculpadora correspondencia a la Comandancia General de las Cuatro Villas y Presidencia de la Comisión Militar y Permanente de la Siempre Fiel Isla de Cuba, que era la encargada de tramitar todos los casos vinculados como este con el delito de infidencia, de inmediato se ordenó investigar lo que hubiere de cierto, y como la distancia que separaba a Morón de Villa Clara, al decir de las autoridades “son de la mayor consideración”, se dispuso que el comandante del “Escuadrón de Castilla”, Don Jacinto Dols, pasase a aquella villa e informase de todo lo que estimara conveniente para poder resolver consecuentemente. 
Así lo cumplió el comandante Dols, quien no sólo manifestó que todo lo expresado en la carta era cierto, manifestaba la conveniencia de expulsar de aquel pueblo a los sujetos y consideraba “de absoluta necesidad alejar de aquel país a algunas de las personas más marcadas por su desafección conocida al gobierno de S. M”. (10)
Con esas informaciones se ordenó que fueran presentados en Villa Clara Don Eusebio Jiménez, Don Agustín Machado, Don Rafael Vasallo y Don Jesús Díaz, vecinos de Morón. Se recomendaba demandar que fueran trasladados a Cienfuegos “para relegarlos a la península a fin de evitar las desgracias y disgustos que estas cuatro cabezas llenas de poesía pudieran causar en un punto difícil de cubrir y vigilar como exigían las compras de armas y algunos efectos de guerra que según noticias suelen hacer los ya citados”.
En estos fragmentos puede apreciarse el aislamiento en que se encontraba Morón de los centros urbanos más importantes de la época: Puerto Príncipe, San Juan de los Remedios, Villa Clara, Trinidad y Sancti Spíritus, jurisdicción a la que pertenecía el territorio, debido a la distancia y las dificultades de los caminos, casi todos de los denominados “de herraduras”. Esta fue una de las razones por las cuales a finales de 1868 se crea la Jurisdicción de Morón, se le otorga el título de villa en 1869 y constituye su ayuntamiento el 21 de agosto de 1870.
Así las cosas, se ordenó la detención de los cuatro acusados, quienes fueron conducidos en calidad de prisioneros al Cuartel de Caballería de Sancti Spíritus. Allí, encontrándose tras las rejas, ocurrió algo imprevisto.
El 13 de septiembre de 1851compareció en el Juzgado de esa ciudad Fulgencio Arambula, quien, para más señas, era natural de Puerto Príncipe y vecino de Morón; soltero y de oficio de campo y de 50 años de edad. Prestó juramento y al mostrársele y leérsele el pliego acusatorio supuestamente por él rubricado lo tomó entre sus manos y lo examinó con el mayor detenimiento. Al preguntársele si era suyo expresó que no había escrito tal documento y que su firma había sido suplantada
“con tal grosería que las cuatro que se encuentran en el papel que tiene delante no guardan ni aún semejanza con la de su uso y costumbre, que todo el relato de los papeles es falso, que no le consta ni tiene noticia alguna de los hechos que se refieren ni sabe tampoco que en Morón halla piratas ni agentes adictos a estos bandoleros, estando instruido a fondo respecto de D. Eusebio Jiménez, por vivir en su compañía de que su comportamiento es bueno en todos los sentidos, respecto a los otros contenidos en la denuncia tampoco cosa que le dañe sospechando que el tal papel por más que no pueda descubrir al autor, sea obra de algún enemigo encubierto que halla querido comprometer su responsabilidad abusando de su nombre”. (11)
A pesar de la duda sobre el autor y la veracidad de lo expuesto en la denuncia por ser la firma apócrifa de Fulgencio Arambula -que se suponía el delator-, se les trasladó para la cárcel de la villa de Santa Clara en el propio mes de septiembre. En ese lugar permanecieron unos quince días mientras se resolviera lo que las autoridades consideraran más conveniente. Para el 10 de octubre de 1851 son trasladados a la cárcel de Cienfuegos, donde el Teniente Gobernador comunicó tenerlos a su disposición según una orden recibida el 29 de septiembre.
El traslado se hizo en condiciones denigrantes: conducidos por los caminos públicos como verdaderos delincuentes, sin tener en cuenta el estado en que habían quedado sus familias ni intereses económicos, fueron expuestos a una total ruina.
En Cienfuegos, estando en calidad de confinados, Don José Vasallo y Don Jesús M. Díaz tienen la posibilidad de dirigirse por correspondencia al Capitán General de la Isla, a quien, con fecha 12 de noviembre, le exponen que siempre habían respetado a las autoridades y que eran adictos al gobierno y nunca habían desconocido la legitimidad de los derechos de la reina. El primero expone que es padre de familia con una casa de comercio y negocios de algún valor a su cargo y el segundo que es apoderado y administrador de los bienes de su padre, los que han quedado abandonados a consecuencia de haberlos sacado de su domicilio con gran riesgo y pérdidas irreparables. Ellos suplicaban al Capitán General que atendiendo a su inocencia y siendo costumbre dar gracias el día de la reina (12) se les concediera la devolución de ambos al seno de sus familias. (13)
En diciembre de 1851 el teniente gobernador certificaba que en el tiempo de permanencia en Cienfuegos no existió la menor queja de la conducta de los dos confinados y que según los informes recibidos del pedáneo de Morón era cierto lo que ellos exponían. Por esa razón al pasar por Cienfuegos el Capitán General se sirvió levantarles el confinamiento y que todos regresaran junto a sus familias por orden emitida el 11 de diciembre. De esta forma se ordenaba también que el expediente fuera terminado y quedara archivado.
Cuatro meses aproximadamente duró el calvario para Eusebio Jiménez y sus compañeros de infortunio. Al menos hasta hoy, nunca se conoció la mano que tramó tal villanía. Para él, debió resultar aún más dura la experiencia si se tiene en cuenta que, según se expresa en el expediente de la causa, Jiménez era “inválido y apenas puede caminar y tan pobre que vive de los favores de los amigos a quines sirve con algunos conocimientos que posee”. (14)
Pero Don Eusebio Jiménez es más que eso. Es un hombre íntimamente ligado a la ciencia y al magisterio; alguien que dejó una huella imperecedera que debemos develar. Resulta interesante saber cómo logró, desde el Morón de 1850, acceder a un elevado nivel de conocimientos que le permitieron establecer relaciones con las figuras más prominentes de la época y aún más, colaborar con ellos. Aficionado al estudio, adquirió una gran cultura, el extremo de haber escrito una obra titulada “Del Hombre” y publicar en los Anales de la Academia su trabajo titulado “Nuevo modo de ver, entender y colocar las ciencias”, en enero de 1864, en el que proponía un nuevo ordenamiento de las distintas ramas del conocimiento científico de la época, ambas recientemente localizadas.
Su labor pedagógica lo llevó a crear en 1855 la primera academia de música del territorio de la cual surgieron muchos músicos que tocaron diversos instrumentos, enumerando algunos como los Echemendía, Paseiro, Leiva, Ariosa, Martínez Bringas y otros. José Zamora, Gregorio Almansa y Pedro Echemendía que tocaron el acordeón en fiestas populares.
Algo completamente desconocido es que Eusebio Jiménez llegó a ser miembro de la muy selecta “Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana”, lo que constituye un privilegio con el que podían contar solamente unas pocas personas en la Isla y muchísimas menos las que residían en el interior del país. Fue electo por unanimidad a solicitud del presidente de la Academia en sesión efectuada el 1 de junio de 1862, según consta en su expediente localizado en el Museo “Carlos J. Finlay”, La Habana.
Para poder comprender en toda su magnitud la relevancia de la obra de esta personalidad de la ciencia es menester hacer un bosquejo de la referida institución científica.
En los años comprendidos en las décadas de 1850 y 1860, las redacciones de revistas, algunos colegios, ciertas tertulias literarias, sociedades culturales, además de establecer comunicación epistolar, posibilitaron que los miembros de una poca numerosa y algo dispersa comunidad de personas interesadas en el conocimiento científico y su empleo en las condiciones de Cuba se relacionaran entre sí. Fueron los antecedentes de las sociedades científicas creadas posteriormente, aunque ya existían en La Habana tres instituciones estatales y una privada de investigación científica.
En 1861 se crea la Real Academia de Ciencias de La Habana. En 1863 se constituyó la Facultad de Ciencias de la Universidad de La Habana, que contó en sus orígenes con tres importantes cátedras: Física Experimental; Química General; y Zoología Botánica y Mineralogía. La principal figura de esta institución hasta su fallecimiento en 1891 fue el notable científico Felipe Poey Aloy (1799 – 1891). (15)
Pero será necesario conocer cómo se gestó esta academia y quienes fueron sus iniciadores y miembros. Esto dará la medida de la relevancia de la figura de la personalidad de la cual hablamos.
Un poco de historia: La Academia de Ciencias, génesis y principales miembros:
En la década de los años 30 del siglo XIX, varios destacados representantes de la comunidad médica cubana se propusieron crear una academia o sociedad científica que agrupara a las figuras más importantes del país en diferentes áreas de la ciencia y unificara sus esfuerzos para tratar de solucionar los graves problemas higiénico sanitarios tan comunes en la Isla, y en el estudio de los recursos naturales, que no eran del todo conocidos debido a la falta de estudios sistemáticos dirigidos al conocimiento de las diferentes regiones físico geográficas.
El promotor de esta idea fue el cirujano habanero Nicolás José Gutiérrez Hernández quien junto a sus colaboradores conocía bien el carácter nacionalista y patriótico que tenía el establecimiento de una institución como la que se pretendía constituir para el desarrollo de la cultura nacional. En tal sentido, el propio Gutiérrez afirmó “…siquiera no fuese más que por orgullo nacional, debiera hacérseles entender a los forasteros y extranjeros, principalmente, que no nos ocupamos solo en hacer azúcar y cosechar tabaco, sino que cultivamos también las ciencias”. (16)
A través de esta expresión puede intuirse un claro sentido de nacionalidad cuando no se había fraguado, al calor de la Guerra de los Diez Años, la nacionalidad cubana.
Gracias a las gestiones de Nicolás José Gutiérrez ante el gobierno de la isla, desde 1855 se reactivó el propósito de crear la Academia. En 1860, como resultado de la intervención de algunas figuras políticas españolas que Gutiérrez había atendido como médico, se obtuvo de la reina Isabel II la autorización para fundar, en La Habana, una Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales. Existe el criterio de que fue el célebre pedagogo José de la Luz y Caballero quien propuso ampliar la denominación de la Academia para que incluyese, además de las ciencias médicas, las físicas y la zoología, botánica y geología como ciencias integrantes de la historia natural.
Aunque se conoció como Academia de Ciencias de La Habana, la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana se inauguró el 19 de mayo de 1861. Nicolás José Gutiérrez, su fundador, la presidió –por reelección- durante treinta años consecutivos (1861–1890), durante los cuales se expusieron y debatieron trabajos de prácticamente todos los científicos relevantes de la Cuba de aquella época. También se sostuvieron en esa institución importantes discusiones teóricas y se elaboraron valiosas recomendaciones prácticas. Se gestó una tradición médico-legal y de estudios higiénico-epidemiológicos sobre todo en lo vinculado con el cólera y la fiebre amarilla, verdadero azote de la población cubana cuando aparecía una epidemia. Fue considerada por el filósofo y pedagogo Enrique José Varona –uno de sus miembros- como “la mayor suma de saber” que tuvo Cuba en el siglo XIX.
Las actas de las sesiones y los trabajos científicos presentados ente la institución aparecían en los Anales de esta Real Academia, la revista científica general más importante que existió en Cuba durante la segunda mitad del siglo XIX. Era de tal modo avanzada por sus contenidos que era leída por suscriptores en una decena de países.
Inicialmente la Academia contó 30 miembros que se dividían en: 20 médicos, 5 farmacéuticos, 5 naturalistas e ingenieros. En 1867 el número de plazas para miembros se elevó a 50 distribuidos en 28 médicos, 12 naturalistas e ingenieros, 7 farmacéuticos y 3 veterinarios.
La Academia tuvo, entre 1861 y 1898, un total de 172 miembros numerarios con voz y voto. Al principio se reunían en casas particulares, luego tuvo un lugar provisional. Ya en 1868 se estableció en su definitiva ubicación localizada en la actual calle Cuba 460, en La Habana, donde se creó un importante museo, que llegó a reunir algunas de las principales colecciones zoológicas, botánicas y arqueológicas del país de aquella época.
Entre sus miembros más destacados se encontraban científicos prominentes como Antonio Mestre Domínguez (1834-1887) (Pediatra), Juan Santos Fernández (Notable oftalmólogo (1847-1922), Felipe Poey Aloy (1799-1891) Naturalista, Johan Christoph Gundlanch (1810-1896) Zoólogo, Manuel Fernández de Castro y Suero (1825-1895) Geólogo español, Esteban Pichardo y Tapia (1799-1879) Polígrafo, cartógrafo, Luís Montané Derdé (1849-1936) Antropólogo y arqueólogo, Carlos Juan Finlay (1833-1915) médico.
Pero ocurría que no sólo en La Habana se hacía ciencia. Algunos naturalistas y grupos de naturalistas existían fuera de La Habana en la segunda mitad del siglo XIX, especialmente en Matanzas, Sancti Spíritus, Puerto Príncipe y Santiago de Cuba. De tal manera, por sus relevantes aportes y conocimientos científicos tuvieron el honor de engrosar la lista de los miembros corresponsales, como eran nombrados aquellos que residían fuera de La Habana los que ascendían a un total de 22, entre los cuales ocupa un sitial Eusebio Jiménez quien, en sesión efectuada el 1ero de junio de 1862 (17), fue aprobado de manera unánime como miembro corresponsal de la Academia. 
Eusebio Jiménez murió en Morón en un día impreciso de 1866 a la edad de 63 años. En 1865 había fallecido su hermano político, el médico Francisco Almansa (Puerto Príncipe 1793 - Morón 1865). Amplia conmoción causó su pérdida en la comunidad científica que le dedicó elogiosas y sinceras palabras. La Revista Científica Anales de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, dirigida entonces por los prestigiosos intelectuales habaneros Dr. Juan Antonio Mestre y Marcos de J. Melero, plasmaban en sus páginas el elevado concepto de que Eusebio Jiménez se había hecho acreedor. Con su muerte, al decir de esa publicación, “ha perdido el país un hombre honrado y verdaderamente útil a sus semejantes”.
Fue un médico sin título que restableció la salud de muchos enfermos en el por entonces basto territorio moronense y poblados aledaños más allá de sus fronteras.
Supo Jiménez sin embargo, en medio de la mayor escasez y falta de recursos, enfermo desde la cuna, reunir poco a poco y con mil contrariedades y trabajos un tesoro de instrucción que constantemente distribuía entre los pobres que se le acercaban y que muchas ocasiones se privaba de lo más imprescindible para la vida por comprar los libros que necesitaba. Los primeros rudimentos de la enseñanza, las bellas letras y las bellas artes, las lenguas modernas más necesarias en aquel entonces como el francés y el inglés, las matemáticas prodecimistas, la historia y la geografía, la filosofía, las ciencias naturales, todas las estudió Jiménez y todas las enseñó con generosidad y eficacia, llegando aún a dedicarse a la asistencia de los enfermos cuyos remedios preparaba con sus propias manos. (18)
La Academia, lo distinguió con el título de Socio Corresponsal en reconocimiento a sus grandes méritos y sus numerosos sacrificios. Fue sin dejar dudas, hombre de férrea voluntad y dedicación al estudio de la naturaleza y la sociedad en que vivió.
De él expresaron sus colegas “este hombre sin maestro fue el maestro de muchos hombres”.(19)
Expresaba el redactor del pequeño homenaje que se le hiciera en la Revista Científica antes mencionada que:
Interesante será algún día, y digno de hacerse, el referir en todos sus pormenores la historia de este hombre singular, que tampoco se vio libre de la calumnia ni de la persecución.
Eso es precisamente lo que pretendemos al dar a conocer este trabajo. Rescatar del anonimato a una prominente figura de las ciencias del país en el siglo XIX cubano. Es necesario, entonces, continuar investigando para sacar a la luz nuevos elementos que permitan, con la divulgación de su obra, colocarlo en el pedestal que le corresponde y rendirle el tributo del que es merecedor.
 
REFERENCIAS:
(1).-  Andrés Poey Aguirre (1825 – 1919): Hijo mayor del eminente naturalista cubano Felipe Poey, fue un notable meteorólogo, aunque sus primeros trabajos científicos tuvieron que ver con la fauna de Cuba, la arqueología y la electroterapia.
(2).-   Harrington, M. R. Cuba antes de Colón. Cultural S.A. LA Habana. 1935. Pp: 86-87
(3).-    Arredondo, Oscar. El perro mudo indio. Revista Juventud Técnica. Editora Abril. La Habana. 1982. Pp 28-33
(4).-    Miguel Rodríguez Ferrer, español que por el año 1847 se interesó por los hallazgos de la prehistoria cubana. Su principal obra fue la denominada Naturaleza y civilización de la grandiosa Isla de Cuba.
(5).-    Ortiz, Fernando. Historia de la arqueología indocubana. Cultural S.A. La Habana. 1935. Pág: 87.
(6).-    Ibidem. Pág: 87
(7).-    Jesús Díaz: Participó en la Guerra de los Diez Años al frente de un grupo de insurrectos, operando en la jurisdicción de Morón.
(8).- Rafael Vasallo y Talabera: A inicios de junio de 1869, insurrectos saquea un establecimiento mixto en el cuartón de Ranchuelo. El hecho fue perpetrado, según denunció el propietario del establecimiento ante el notario público de Morón el 8 de junio de 1869, por José y Juan Rafael Vasallo y Guevara, asociados a otros individuos. Declaró que ambos hermanos estaban alucinados por las ideas patrióticas de su padre, Rafael Vasallo y Talabera, a quien definió como traidor a la patria y enemigo acérrimo de todo peninsular. Ello trajo como consecuencia que se tomaran medidas represivas contra Rafael Vasallo, por lo que inició el procedimiento correspondiente en la villa de Morón recayendo sobre él la pena de fusilamiento. Aún no está esclarecido cómo fue ejecutada la sentencia pues el propio acusador expresó al escribano que había sido fusilado, bien porque emprendiera la fuga al tiempo de ser conducido o porque se cumpliera sobre él la sentencia. No obstante, un documento fechado en marzo de 1869 expone que había sido asesinado por el Batallón de voluntarios Barcelona    No: 1, conocidos por Los Catalanes, en la zona de Cunagua a la edad aproximada de 70 años.
(9).-  El texto de la misiva fue extraído del “Expediente de prisión de conspiradores en Morón para la cárcel de Cienfuegos”. Archivo Nacional de Cuba. Fondo: Asuntos Políticos. Legajo: 45                No: 41
(10).- Ibídem
(11).- Ibídem
(12).- En ese momento era Isabel II (1830-1904), la reina de España (1833-1868). Hija de Fernando VII y María Cristinade Borbón. Su nacimiento provocó problemas dinásticos, ya que hasta entonces el heredero era el hermano de Fernando VII, que no aceptó el nombramiento de Isabel como princesa de Asturias y heredera del trono, pese a que el rey hubiera derogado la prohibición de reinar a las mujeres (Ley Sálica).
Durante su minoría de edad fueron regentes su madre María Cristina, reina gobernadora hasta 1840, que se apoyó en los liberales para hacer frente al carlismo (primera Guerra Carlista, 1833-1839, provocada por el mencionado conflicto sucesorio), y el general Baldomero Espartero hasta 1843. A los trece años fue declarada mayor de edad. A los 16, después de numerosas conversaciones con potencias extranjeras, se la casó, contra su deseo, con su primo Francisco de Asís. Tuvo nueve hijos, algunos de los cuales murieron al nacer.
(13).- El texto de la misiva fue extraído del “Expediente de prisión de conspiradores en Morón para la cárcel de Cienfuegos”. Archivo Nacional de Cuba. Fondo: Asuntos Políticos.
Legajo: 45       No: 41
(14).- Ibídem
(15).- Pruna Goodgall, Pedro M. Historia de la ciencia y la tecnología en Cuba. Editorial
Científico Técnica. Instituto Cubano del Libro. La Habana. 2005. Pp: 116-117
(16).- Ibídem. Pág: 125
(17).- Expediente de miembro de la Academia de Ciencias de Eusebio Jiménez. Archivo Museo de la Ciencia “Carlos J. Finlay”. La Habana.
(18).- Anales de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana. Revista Científica. La Habana. Imprenta del Tiempo. Tomo III. 1866. Pág: 284
(19).- Martínez Fortún y Foyo, José. “Apuntes históricos de Yagüajay. La Habana. 1945. Pág: 87
Bibliografía
  • Anales de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana. Revista Científica. Diciembre de 1866. La Habana. Imprenta del Tiempo. Tomo III. 1866.
  • Arredondo, Oscar. El perro mudo indio. Revista Juventud Técnica. Editora Abril. La Habana. 1982.
  • Foner, Philip S. Historia de Cuba y sus relaciones con Estados Unidos. Editora Ciencias Sociales. La Habana. 1973.
  • Harrington, M. R. Cuba antes de Colón. Cultural S.A. LA Habana. 1935.
  • Izquierdo Acuña, Héctor. Breve acercamiento a las culturas aborígenes en Morón. Mecanografiado. Inédito. Morón. 1994.
  • ____________________. La Guerra de los Diez Años en la provincia Ciego de Ávila. Centro “Juan Marinello”. La Habana. 2003.
  • Martínez Fortín y Foyo, José A. “Apuntes históricos de Yagüajay. La Habana. 1945
  • Ortiz, Fernando. Historia de la arqueología indocubana. Cultural S.A. La Habana. 1935.
  • Pruna Goodgall, Pedro M. Historia de la ciencia y la tecnología en Cuba. Editorial Científico Técnica. Instituto Cubano del Libro. La Habana. 2005.
  • Subirats Quesada, Pedro G. Historia de Morón. Cultural S.A. La Habana. 1929.