Infomed

Fiebre Amarilla: La Primera Gran Epidemia 1649

Dr. José López Sánchez Investigador de Mérito Académico de Mérito de la ACC Profesor de Historia de la Medicina
 
RESUMEN:
Se exponen los antecedentes de la fiebre amarilla como enfermedad epidémica en Cuba a partir de 1649, año en que brotó la primera gran epidemia en su territorio. Se analizan los factores que contribuyeron a su aparición en la isla y el alcance de sus efectos desde el punto de vista social y económico. Se describe el cuadro clínico del mal y se dan a conocer las medidas adoptadas para contrarrestarlo. Se ofrecen algunos detalles en relación con su acción mortífera en las regiones del país donde más se sintieron sus estragos. Descriptores DeCS: FIEBRE AMARILLA/historia; BROTES DE ENFERMEDADES; CUBA .

DESARROLLO:
La fiebre amarilla, fue entre todas las endemias que azotaron la isla, la más impresionante y espectacular, la que más temor provocaba entre los colonizadores, con el consabido retardo para el progreso del país. Como muy elegantemente la ha descrito un historiador, en un paralelo que traza con la peste, o plaga del medioevo europeo, dice que si aquélla cabalgaba cual jinete gigantesco, en caballo negro, ésta la hacía sobre bestia amarilla, ocasionando la muerte a aquéllos que osaban trasponer el Océano. (1)
Desde el punto de vista social la fiebre amarilla representó un freno, para el incremento poblacional urbano en las islas antillanas, al atacar preferentemente a inmigrantes entre los que causaba un número creciente de víctimas todos los años, pero nunca tanto como en las pequeñas Antillas, en las costas del Golfo de México o en el territorio sureño norteamericano. Aunque no se ha pretendido minimizar su importancia, sin embargo, es inexplicable que no se hayan fijado los límites que abarcó, ni revelado sus cifras de morbi-mortalidad en comparación con otras endemias tropicales, aceptándose en términos absolutos como la más terrífica y mortal de todas las infecciones, lo que no es una verdad estricta. Es probable que en ello haya sido determinante su corto período de gravedad, y que la muerte sobreviniera en el transcurso de unos días, tras un cuadro pavoroso de vómitos de sangre negra, amarillez facial y delirios violentos. En los primeros tiempos se desconocía que gracias a una condición especial, la fiebre amarilla no era tan temible, porque existían formas benignas que conferían inmunidad de por vida, lo que no excluye que la mortalidad de los enfermos fuera alta, elevándose incluso en algunos brotes hasta el 65 % de los afectados, como sucedió con la epidemia de Río de Janeiro de 1893.
Esta enfermedad apareció en forma endémica, por primera vez, con los signos característicos de su diagnóstico, en América en 1648, sin que se pueda establecer con entera convicción su lugar de origen y tiempo en que se manifestó. Respecto de lo primero, es decir, donde se cobija el agente prístino de esta enfermedad, es un punto controvertible en la historia de las enfermedades infecciosas, y remeda de algún modo la disputa secular sobre la procedencia de la sífilis venérea. Hay quienes sostienen que la fiebre amarilla campeaba en el continente americano antes de la llegada de los españoles y de los esclavos traídos de Africa, y otros, que vino al Nuevo Mundo en los barcos negreros y que las poblaciones aborígenes las desconocían, dando origen así a las dos tendencias que dominan el escenario tradicional de su oriundez: América o Africa. (2)
Existe una especie de consenso entre los historiadores de no desmentir la afirmación de que la primera epidemia con su secuelas de muertes, se presentó entre los tripulantes de la expedición de Francis Drake, o bien porque estalló durante la ocupación de Cartagena de Indias, o porque venía a bordo, desde las islas de Cabo Verde (3), pero lo cierto es, que no existe precedente semejante en otras travesías, no obstante tenerse la creencia de que esta enfermedad era notoria en los barcos que surcaban los mares tropicales, como lo reflejan las leyendas del Buque Fantasma, al que no le fue permitido fondear en puerto alguno, pereciendo toda la tripulación y la rima del marinero antiguo de Coleridge en la que se representa un barco invadido por esta enfermedad. (4)
La fiebre amarilla ha desempeñado un papel de enorme importancia en la historia de las islas caribeñas y las costas de tierra firme, después de la arribada de los conquistadores y los esclavos.
Se cuentan numerosos episodios atribuibles a esta enfermedad en el siglo XVI, como la ocurrida en la captura de Puerto Rico en 1598, por Lord Cumberland. (5) Si hubo o no fiebre amarilla en América en el período precolombino es una cuestión de difícil dilucidación porque esta enfermedad ofrece numerosas complejidades, entre otras, su contagio que no se efectúa del modo reconocido de persona enferma a sana, directamente o a través de objetos comunes, sino que lo hace por intermedio de un insecto, en este caso el mosquito, y además la aparición de su cuadro sintomático específico se presenta en los casos ya extremos.
El camino de la epidemiología histórica debe trazarse a partir del nicho ecológico, y sus eslabones sucesivos hasta llegar al hombre, y aunque se ha avanzado bastante, no es lo suficiente como para probar sitio y época de aparición de los primeros casos de infección por el virus de la fiebre amarilla.
A este se añade en la actualidad la diversidad de especies de mosquitos capaces de inocularla, las múltiples especies de simios que albergan el virus, sus variabilidades como entidad nosológica, la multiformidad de los habitat, el grado espectral de severidad, su corta patogenicidad hacia la curación o la muerte y las modificaciones inmunológica producidas por los diferentes agentes causales.
Las regiones en las que se asentaron los colonizadores blancos, se hicieron rápidamente muy activas en sus intercomunicaciones con un flujo poblacional desarmónico en sus alternativas inmigratorias hispánicas y de despoblación indígena. Grandes bosques y una exuberante fauna de insectos poblaban estas tierras, donde con frecuencia se desataban enfermedades pestilenciales a las que sucumbían un número creciente de pobladores de las diferentes razas.
Se hizo endémica en los trópicos donde los mosquitos podían adaptarse y permanecer en todos los cambios estacionales y llegaban periódicamente, gentes propensas por no haber padecido la enfermedad. No obstante haberse manifestado de inicio preferentemente urbana no puede descartarse que también pudo acaecer en comunidades rurales en las que se desarrollaron condiciones peculiarmente favorables para la diseminación continua del virus amarílico.
Es obvio que debido a mutaciones motivadas por la genética poblacional, se hayan creado especies de mosquitos con hábitos diferentes, que los incitó por necesidad de supervivencia a cambiar su forma de vida y entrar en contacto directamente con el ser humano. La domesticación es un proceso que puede ocurrir en todas las especies orgánicas. De otra parte, la ubicación de las propias comunidades indígenas fronterizas con las selvas bien pudieron promover modificaciones en la forma de la vivienda y de la vestimenta.
Los conquistadores no se podían acomodar a los bohíos indígenas, por lo que se vieron en la necesidad de fabricar casas, con lo que facilitaron cambios en la forma de vida de los Aedes, haciéndose susceptibles a su picadura y por ende a la enfermedad, ante la cual debieron crear sus propios elementos inmunológicos a partir de su propia génesis biológica.
Estas consideraciones y otras que escapan a los requerimientos del tema pueden servir de base para aceptar que la fiebre amarilla pudo existir latente en poblaciones autóctonas con protección para la enfermedad. Los conquistadores por exigencia de sus necesidades impusieron cambios radicales en la conducta y modo de vida de los aborígenes, contribuyendo a favorecer epidemias localizadas de mediana intensidad, que por razones coyunturales de variable naturaleza dieron lugar a brotes cada vez más intensos y numerosos de la enfermedad y que culminaron en el estallido de una gran primera epidemia, como la de 1648, admitida oficialmente como la primera en América, de fiebre amarilla.
La coincidencia de que estallara en Yucatán un área sospechosa de esta enfermedad, ocupada primitivamente por el pueblo Maya, del que existen testimonios de que padecieron epidemias semejantes o parecidas y que éstas, según los códices Chumayel-Tizimin, la sufrían por cuarta vez, desde 1517, es decir, antes de la llegada de los españoles apoya esta suposición. Es evidente que las referencias hablan de vómitos de sangre, no propiamente encarnada, sino como un líquido mezclado con hollín. (6)
El propósito de este capítulo no es discutir la intrincada y problemática cuestión del origen de la fiebre amarilla, que por otra parte ha merecido eruditos y acuciosas investigaciones histórico- literarias, así como, nuevas interpretaciones a la luz de modernos descubrimientos experimentales en la fiebre amarilla selvática, que derrotaron la opinión de que todos los hechos esenciales respecto de la epidemiología de la fiebre amarilla se conocían y comprendían, ya que el virus estaba limitado sólo al hombre y que era transmitido por una sola especie de mosquito, el Aedes Aegypti.
Mucho de los criterios que se mantenían como apodícticos tuvieron que ser revisados ante la presencia de la entidad amarilla de la jungla, pero aún restan muchos otros que deben ser sometidos a nuevas interpretaciones; quizás si las lagunas que aún faltan por llenar sean más amplias y profundas de lo que pudiera presumirse, pero al no constituir en la actualidad la fiebre amarilla un problema epidemiológico sanitario, se ha convertido en un impedimento para que se prosiga su investigación histórico- científica, con el objeto de comprobar las interacciones entre las formas domésticas y selváticas de esta noxa infecciosa.
Para sostener el criterio de que la epidemia de 1648 de Yucatán fue la primera, se tiene que partir de la convicción de que en ese lugar no hubo un foco permanente de la enfermedad, ni fue parte componente de uno regional. Sin embargo, la extensión y crudeza de la epidemia, no se puede reducir a la virtual explicación de que los habitantes españoles e indios estaban desposeídos de inmunidad, por no haberla padecido. Su conocimiento nos ha llegado por las crónicas de los historiadores Du Tetre y López Cogolludo. El pasaje del primero fue traducido y publicado por primera vez por Finlay. En él se afirma que la fiebre era desconocida con anterioridad y que se hizo evidente en St. Kitts (San Cristóbal), traída por unos buques y en sólo 18 meses arrebató cerca de la tercera parte de sus moradores", y posteriormente fue llevada a Guadalupe. Finlay (7) la califica como la más antigua descripción de la fiebre amarilla, y de paso anota que su autor distingue entre peste y fiebre intermitente.
La descripción sintomática clave de esta enfermedad, y la más completa y precisa, es la de López Cogolludo (8), quien la distingue de otras y asegura que era desconocida y los médicos no la identificaban. Los síntomas relatados son los específicos de la fiebre amarilla, tales como dolores articulares, calenturas vehementísima y delirios seguidos de vómitos de sangre como podrida, y de éstos muy pocos quedaban vivos. Los indios fueron atacados después. Duró dos años y se ensañó contra todo aquel que venía por primera vez a América, afirmando que no vio que murieran en recaída, habiendo salido del primer accidente", lo que revela el mecanismo inmunológico que promueve un primer ataque de esta enfermedad.
El análisis del valor de este documento lo ofrece Le Roy. Esta epidemia abarcó todo el Caribe y sus costas desde Veracruz hasta Portobelo, lo que hace que Cuba estuviese dentro de la gran hoguera amarilla, de cuyas ráfagas no podría escapar.
El 7 de octubre de 1648 el Gobernador de la Isla informa al Cabildo que le consta que hay noticia cierta de que en la Villa de San Francisco de Campeche había muerto mucha gente de la que allí residía de la enfermedad contagiosa de peste... y que había pasado a Mérida... y se dio orden para que no entrase dentro de él ni saltase de la gente que en él venía, ninguno a tierra... y se le hizo proseguir su viaje a Puerto Rico".(9)
Las medidas precautorias no libraron a la ciudad de la epidemia, y el contagio se esparció entre los habitantes y tuvo lugar la explosión de la más devastadora epidemia conocida en Cuba hasta ese momento, alcanzando una tasa de 121,72 muertos por mil habitantes.
Quien menciona por primera vez el año de la Peste en La Habana fue el historiador Arrate (10) justificando que hubo tan varios nombramientos" ese año de 1649 por la muerte de varios tenientes gobernadores. El Gobernador Diego de Villalba (11) en carta al Rey califica la epidemia de tabardillo. Se afirma que se condujo ante este episodio con celo, humanidad y desinterés. (12) En opinión de Pezuela (13) en la isla no se habían conocidos más contagio y enfermedades que las inherentes a su clima cálido y las fiebres malignas del verano de 1620. La carta de Villalba no describe los síntomas.
La epidemia se propagó a otras poblaciones costeras como Bayamo y Santiago de Cuba. ¿Por qué esta epidemia apareció en Yucatán en esa fecha, y no en otros lugares como Veracruz, Darién o las Antillas?.
No existe una explicación satisfactoria de ello, pues no puede atribuirse a comunicaciones marítimas más activas, no obstante, las menciones de López Cogolludo y Molina Solís de que este año hubo un incremento en la frecuencia de las operaciones piráticas. (14)
El argumento básico es que las poblaciones de estas localidades aparentemente no gozaban de indemnidad ante la fiebre amarilla, por lo que bastaba una invasión del mosquito infectante para que causara una epidemia grave y de vastas proporciones, con una muy elevada tasa de mortalidad. El clímax más violento se produjo en La Habana en los meses de Agosto y Diciembre donde alcanzó el 78,8 % de todas las defunciones ocurridas en ese año.
¿Cuál es la razón para que estallara una tan violenta explosión epidémica en tan corto espacio de tiempo?. No basta achacarlo sólo a la no inmunidad, quizás si fue un factor de excepción la cuantía de la plaga que actuó con furor, dando lugar a casos de fiebre amarilla graves que mataba en corto tiempo y alcanzaba niveles infectantes no comparables a los de otras enfermedades.
La epidemia de 1649 fue bien estudiada histórica y epidemiológicamente por Le Roy (15) aunque las primicias del estudio sistemático de las defunciones de ese año corresponden a Pérez Beato(16), quien lamentablemente creyó ser de peste bubónica, reinante por entonces en Cádiz... a pesar de que Carlos J. Finlay ya en los años de 1884-1885 la había identificado como fiebre amarilla. El brote duró sólo dos meses, al final de los cuales se restableció el nivel de muertes por año. El trabajo estadístico de Le Roy es valioso, el mejor de su época, en lo que atañe a esta epidemia, probando que en efecto hubo una epidemia de fiebre amarilla que comenzó su gran mortandad a partir del 10 de agosto hasta el 9 de septiembre de 1649.
Es evidente que ellas no cumplen las normas que las bioestadísticas modernas exigen y que en consecuencia presentan datos incompletos, pues la fuente de que se valió, la única posible en aquella época, el registro de defunciones de la Iglesia Parroquial Mayor, que incluía preferentemente blancos, y muy pocos negros. No existe constancia del número de habitantes de la ciudad, aunque se da como cifra presuntiva más de cinco mil pobladores entre residentes y flotantes, tampoco se expresan en los asientos de defunciones las causas de muerte, por lo que no se puede plotear un plano para demarcar las zonas o áreas infectógenas. En términos generales expresan el número global de muertes ocurridas por cualquier causa, cuyo aumento puede interpretarse como la presencia de una epidemia. Debe consignarse que el aumento del número de muertos, según la tabla de Le Roy, comienza en 1647, progresando continuamente en 1648 y alcanzando el acmé en 1649, luego desciende bruscamente en 1650 a una cifra del doble del índice normal, debido a un brote ocurrido en noviembre, a pesar de no ser tiempo propicio para la fiebre amarilla, por lo que se puede aceptar que quizás hubo ingerencia de otra enfermedad. La curva de mortandad prueba la presencia de una expansiva epidemia ocurrida desde 1647 hasta 1650. Se acepta que la fiebre amarilla perduró estacionada en La Habana hasta 1655. En este período parece asociarse a la población inmune una disminución del número de inmigrantes, por lo que la enfermedad se vio autolimitada en su propagación. Si ésta fue en realidad la primera epidemia de fiebre amarilla o no, que ocurriera en América no está probado fehacientemente debido a la escasez de datos válidos. En el caso de La Habana no es posible descartar que se trató de un brote, el más intenso y nefasto para la población.
Un estudio epidemiológico real de cómo se movió la fiebre amarilla en este vasto círculo que abarca el área tropical caribeño es algo que está fuera del contexto histórico, hay menos datos en el siglo XVII que en los anteriores. Las condiciones higiénicas de la ciudad por esos años eran de gran abandono, de forma tal que en tiempo del Gobernador Diego Villalba (17) el Regidor plantea la necesidad de que se le permitiera la imposición de ciertos gravámenes para acometer obras de salubridad, tales como tratar de encañonar la zanja y hacer las conexiones de suministro de los vecinos, resolver el problema del matadero, porque las reses sacrificadas debían quedar a la intemperie, con el creciente aumento de la pestilencia, las moscas y las corrupciones que afectaban la salud de la población.
A juzgar por la denuncia que se hace de encharcamiento de las aguas, se cree que fue una temporada lluviosa, las calles eran de tierra, con el consabido saldo favorable para la procreación de larvas y mosquitos. La atención médica de la población, como ya era de rutina, estaba a cargo de algunos cirujanos y muy escasos médicos. Durante la epidemia fallecieron los cirujanos Pedro Estela, Jacques de Sandoval y Jorge Venjes Gualcar y los médicos Antonio Paz Gutiérrez y Juan de Estrada, que ejercían desde 1638 y 1639 respectivamente. (18) El 8 de mayo del año de la epidemia moría el médico sevillano Francisco de Bella Pericón, por lo que se presume que no fue a causa de la fiebre amarilla, porque según Le Roy en esa fecha aún no había comenzado la epidemia, lo que no es tan exacto por cuanto en abril y mayo del 48 las muertes sobrepasaron las cifras promedios de 11/5 en 1648 a 24/20 en 1649.
La epidemia parece haber permanecido aún con baja intensidad también en Santiago de Cuba y Bayamo, porque en 1635 el Cabildo de La Habana discute y toma medidas para impedir que desde estos lugares le lleguen enfermos, porque la ciudad de Cuba estaba infectada de enfermedades contagiosas y pestilentes y muchos de sus moradores habían muerto de dichas enfermedades, del dicho contagio con que de ser ciertas las nuevas referidas justamente se debía temer que dicho contagio cundiera en esta ciudad. (19)
Esta es la primera vez en la historia sanitaria del país que se dictan normas de control de policía sanitaria, al prohibirse que penetren desde focos epidémicos individuos sospechosos de infecciones. Al año siguiente de 1654 se ciernen nuevas amenazas, pero esta vez provenientes de áreas amarílicas en las Armadas, procedentes de Portobelo y Cartagena. Entre los miembros de la tripulación venían enfermos, pero no se tenía la certeza de que fuera de fiebre amarilla, por lo que los Capitulares se reúnen con padres de la Orden de San Juan de Dios y médicos para dictaminar si podían ser hospitalizados o no.
Era una medida preventiva que se aplicaba por venir la flota de puertos que se tenían como endémicos de fiebre amarilla, resaltando que la enfermedad la padecen los que con anterioridad al año de 1648 y sucesivos no la sufrieron, acordándose que los médicos inspeccionaron las casas en que hubiese algún enfermo, y comprobaran si son de fiebre amarilla o no, y si son positivos darle atención en lugares aislados junto con los que presentan iguales achaques, venidos en la Armada. El criterio de un cordón sanitario era correcto y se correspondía con la idea de que el contagio tenía lugar en forma directa entre personas. Los médicos afirmaron no haber encontrado ningún enfermo del dicho mal del contagio y que si los habría serían cursados en cualquier parte donde estén, dando parte a las autoridades. (20)
El Dr. Juan de Reina Monje, Médico de la Real Armada de la Guarda de las Indias, certificó que ninguno de los enfermos de los buques sufrían el mal que andaba en Cartagena, pero se equivocó porque como consta en Acta del Cabildo, en esta ciudad se padeció de nuevo del dicho achaque emprendiendo en los forasteros y personas que en aquella ocasión (año de 1649) no se hallaron presentes muriendo algunas con la misma aceleración. (21)
La actividad mortífera de esta epidemia se representa gráficamente con las defunciones habidas en el mes de junio, la mayor del año, y la más alta en el lustro que siguió a las del 49-50. Después de este año cesa la actividad victimaria de la fiebre amarilla y no vuelve a hacer su aparición hasta 1693, compartida con viruela, cuyos ataques se habían hecho cada vez más frecuentes en concordancia con la creciente introducción de esclavos negros.
En el área del Caribe, en especial las islas de Barbados, St. Kitts y Martinica mantenían encendido el morbo amarílico desde 1646 en que según Ligon (22) apareció, por primera vez, en ella. Es obvio que en estas zonas se creó una endemicidad que servía para alimentar sucesivos brotes, a través del intercambio marítimo, siempre con su carga humana de tripulantes y esclavos. Cuando en 1655 la fiebre amarilla se hizo imperceptible y aislada en la Isla de Cuba, alcanzó notoriedad en Santo Domingo y Jamaica. Se intuía con visos de certidumbre que esta era una enfermedad propia de las tierras húmedas y calientes del trópico, de lo que se infería que podría mantenerse localizada en esos territorios, de ahí que los episodios febriles coincidentes con el tiempo que aparecieron más hacia el Norte no se identifican como fiebre amarilla, en lo que ayudaba la imprecisión de los rasgos sintomáticos con que se describen tales brotes.
En 1693, simultáneamente con La Habana, apareció en Boston una pestilencia que algunos presumieron que fuera fiebre amarilla, la cual sobrevino tras la llegada a este puerto de la flota británica que venía de Barbados y que arribó en el mes de julio. Esta epidemia fue descrita por Cotton Mather, afirmando que en menos de una semana, por lo regular, mataba a sus vecinos con síntomas horrendos, los que se volvían amarillos, vomitando y echando sangre, diariamente hasta que morían. (23)
Es probable que el contagio comenzara por haber embarcado algunas personas enfermas que infestaron a los soldados y marineros de los barcos durante la travesía, dando oportunidad al virus de disponibilidad constante de víctimas propicias. En realidad sobre la misma hay ciertas dudas, a diferencia de la que apareció en 1699 en Charleston y Filadelfia, las que sí se reconocen como las primeras indiscutidas y específicas de Norte América. Desde este momento la fiebre amarilla se presentó más de una vez en diferentes puntos del territorio de la Unión. Reseñar con exactitud las epidemias que hubo en todo este vasto territorio que se extiende desde la zona ecuatorial hasta cerca de los límites más altos de la templada, no es posible.
Tampoco las ciudades que invadió y el número de enfermos y muertos que dejó tras de sí en su periplo por el territorio, por lo que hipotéticamente es factible aseverar que surgía inesperadamente entre sitios muy alejados. La única explicación valedera y admisible es que la fiebre amarilla viajaba en los buques que recorrían el Atlántico en una u otra dirección, haciéndose ostensible incluso en España y Portugal.
La presunción más generalizada es que el hontanar de la enfermedad estaba en Yucatán y el golfo de Campeche, en Darién, Portobelo y Cartagena, y que desde allí pasó a las islas caribeñas, de las cuales la irradiación más intensa y sostenida era desde Barbados. Cuba sorprendentemente permaneció mucho tiempo inerte, en tanto se recrudecían las eclosiones del mal amarillo en Santo Domingo, Jamaica, Martinica y Guadalupe. En la zona Norte fue Charleston, también Florida y Nueva York.
En 1715 se extendió por estos lugares una epidemia cuya mortalidad se apareja con la peste de Londres de 1665. (24)
A pesar de la fama de tierra malsana que se imputa a Veracruz, de la que se asegura que más de una vez fue transferida a otro sitio por esta causa, no consta de que hubiera fiebre amarilla hasta 1699, importada por un barco inglés que transportaba un cargamento de esclavos, pero quizás corresponda esta referencia a su última ubicación territorial. La importancia epidemiológica de ésta es que sirve de ejemplo de correlación entre las zonas endémicas africanas y americanas. No obstante aceptarse por regla general una cierta refractaribilidad a la fiebre amarilla por los negros, condicionada por la inmunidad adquirida en los países de Africa Occidental de donde procedían, no puede exculparse al comercio negrero como progenitor y vivificador de brotes epidémicos de esta fiebre en el Nuevo Continente, en la medida que sirvieron de vehículos para expandir o enriquecer el enjambre de mosquitos Aedes y el fomento de nuevos criaderos.
En Barbados en 1715 se desencadenó una epidemia de fiebre amarilla cuyos síntomas expuso muy gráficamente Griffith Hughes en la que desaprueba la creencia de Warren de que esta enfermedad es una especie de plaga", que llegó a la Martinica procedente del puerto de Marsella en 1721 con la carga de mercancías. (25) En su lugar él hace una descripción de su cuadro clínico, impresionante, pero correcto, dice:
que comúnmente comienza apoderándose del individuo un acceso de estremecimiento o escalofrío, como el que padecen los atacados de fiebre aguda que dura una o dos horas, más o menos, y que el peligro del curso de la enfermedad se puede conjeturar según continúen con mayor o menos intensidad los paroxismos febriles. Después siguen fuertes dolores de cabeza y otras partes del cuerpo, desasosiego mental, insaciable sed e intranquilidad, a los que se acompañan vómitos o no; la rubicundez inicial desaparece en pocos días y en su lugar se instala una palidez amarillenta; si ésta se presenta de inmediato, poco chance de vida tiene el sujeto, porque mientras más rápido ocurre es peor; la boca se llena de sangre que escupe continuamente, si el cuadro continúa, el cuerpo se enfría y el pulso se abate, luego entra en coma que para él es como si fuera de mármol con la mente ausente", este estado puede durar unas 12 horas y luego expira.
Y añade que es de la opinión que la sangre desde el comienzo es totalmente pútrida debido al contenido de sales alcalinas". (26) Lo sobresaliente de esta imagen es el énfasis con que remarca la significación del color amarillo que adquiere la piel de estos enfermos, sobre todo en la cara y los ojos, de modo tal que la nombró fiebre amarilla, y es así como se le conoce hasta los tiempos modernos. A lo largo de su historia ha adoptado un sinnúmero de sinonimias que han ido unos tras otras desapareciendo. En Cuba predominó fuertemente la de Vómito Negro, debido a que así tituló Tomas Romay su Disertación (27) y también por ser este signo fuertemente específico e impactante de la afección infecciosa, de modo tal que cuando sobrevenía era indicador de la proximidad de la muerte inexorable del paciente. Con ese nombre se conoció también la violenta epidemia que penetró por Cádiz en 1730 que se supuso procedente de Suramérica y que se mantuvo 8 años, propagándose ampliamente por el Continente Europeo. Entre septiembre y octubre causó unas 22,000 muertes; vino en la flotilla de Pintado desde Cartagena, donde ya había dejado una estela de horrores y muertes.
En su recorrido apocalíptico no excluyó a ninguna de las grandes ciudades del viejo continente, enseñoreándose por Francia, Alemania, Bohemia, Dinamarca, Suecia, Rusia y otras. Un hito muy significativo en la historia de la fiebre amarilla lo constituyó la que tuvo lugar en 1762, por marcar el último año en que se produjo un brote de considerable extensión y gravedad en la mayor parte de la zona amarilógena de América, resultado de la presencia de grandes contingentes de marinos ingleses que invadieron el Caribe con el deliberado fin de apoderarse de La Habana. Esta fue la acción más importante política y militar que engendraron las guerras entre Inglaterra y España.
En Charleston hubo también un brote, un año antes, que fue calificado de fiebre infecciosa biliosa sospechosa de ser fiebre amarilla. En esta ciudad reinaban casi todo el año plagas epidémicas de diversa naturaleza, que dificultaban reconocer a la fiebre amarilla. Esta se extendió de modo que coincidió con la de Filadelfia y Nueva York, los tres centros más activos de fiebre amarilla en América del Norte. En Filadelfia fue devastadora con una tasa de mortalidad superior a 20 diariamente. La de Nueva York tuvo la virtud de darle a Rush todos los elementos que le permitieron identificar la enfermedad. Cuando reapareció en 1793, él fue capaz de diagnosticarla, ante la incredulidad de los jóvenes que no la conocían, dada su ausencia de la ciudad por 20 años. (28)
El punto de partida de estos brotes que estallaron simultáneamente con el de La Habana, se originó en las Indias Occidentales, sin poderse precisar en qué isla, pero sin duda en una de las colonias británicas.
Desde 1655 Inglaterra hacía planes de conquista de las grandes Antillas, a tenor de la política expansionista de Cromwell.
Aún estando en paz con España, incursionaba en el Caribe, atacó Jamaica, que resistió por la ayuda recibida de Cuba, y al final fue vencida y sometida. La población optó por emigrar hacia La Habana y Santiago de Cuba con el consiguiente aumento de la población de la Isla que llegó hasta 40,000 habitantes.
Esto marcó el comienzo de un recrudecimiento del espíritu de posesión y colonización por parte de las potencias marítimas europeas, estimulada por la decadencia de España, obligada a aceptar la libertad de los mares y la emancipación de los monopolios. Holanda fue la primera en apoderarse de territorios en el Caribe, desde donde organizaron el contrabando a gran escala, al tiempo mismo que despertó la envidia de Inglaterra, que la incitó a imitarla en sus acciones de conquista, seguida de inmediato por Francia, repartiéndose entre ellas las pequeñas islas, pero el punto de mira, el que los deslumbraba era La Habana. Este fue un período político agitado, en que se creó un estado de incertidumbre y guerra. Cuba continuaba armándose y fortificándose. Los ingleses se mostraban pretenciosos y amenazantes para asegurar y extender el contrabando.
En 1741 Inglaterra, envalentonada con su poderío militar marítimo, concibe la idea de apoderarse de México y Perú, para cuya empresa armó una fuerza expedicionaria considerable compuesta por 12 mil hombres de los cuales perecieron 8,431 en Cartagena.
La epidemia estaba difundida por toda la costa, en Portobelo, Panamá, Veracruz, parte de su expedición fue derrotada y para resarcirse el Almirante Vernon de esta afrentosa derrota, navegó hacia Cuba, penetrando por Guantánamo para tomar Santiago de Cuba, y derrotado dejó abandonado un botín importante de pertrechos y armas.
Los acontecimientos en Europa, las rivalidades entre las naciones, esta vez con la excepción de España, le permitieron reponerse en este período de paz, pero la neutralidad duró poco al establecer en 1761 la alianza con Francia, en el conocido Pacto de Familia. Inglaterra se hizo eco de esta circunstancia que los convertía en enemigos, para declararle la guerra a España, viabilizando así los sueños dorados de Albión de dilatar sus conquistas por América, volviéndose hacia lo que era su máxima ambición, la toma de La Habana. Con eso aseguraba la realización de su proyecto de impedir a España recepcionar libremente sus tesoros, al tiempo mismo que abrir un comercio libre, sustentándose en el punto de apoyo que constituía la Isla de Cuba para dominar las Antillas, cuya privilegiada posición geográfica era atracción permanente para todos los que alimentaban los sueños de dominio de las comunicaciones entre los dos mundos.
Las acciones y peripecias militares de esta guerra no es objeto de este libro, sino el papel que pudo desempeñar la fiebre amarilla en esta coyuntura. La necesidad de mano de obra para construcciones de trincheras, obligó a traer presidiarios de Veracruz, esclavos y soldados de la guarnición, y con ellos incentivaron la epidemia que ya desde el año anterior iba mermando las tropas acantonadas. Los ingleses mostraban gran preocupación e inquietud ante la posibilidad de que cuando desembarcaran y se pusieran en contacto con la población insular se contagiaran con la fiebre amarilla que ya reinaba en la ciudad. No obstante las medidas sanitarias establecidas en la flota, entre la tripulación se presentaban casos de enfermedades llamadas flujo de vientre de seguro disentería, debido a la influencia del clima. En los hospitales de campaña a los lados del camino por donde se habían introducido en la plaza grupos de soldados, se agitaban agónicamente y más adelante se dejaban ver cadáveres semi-insepultos.
Los médicos que acompañaron a la expedición no tenían conocimiento de la fiebre amarilla, la que confundían con el paludismo u otra epidemia, no obstante haber sido víctimas de ella, en sus propias colonias antillanas, pero no se habían ocupado de estudiarla y poca literatura les era accesible si se exceptúan las obras históricas, no específicamente médicas, de Griffith o Williams. (29)
Las investigaciones modernas han obligado a numerosas rectificaciones en la historia de la fiebre amarilla, aún quedando pendientes otras, quizás las más importantes, a partir de la aparición de la fiebre amarilla selvática o de la jungla, avizorada por W. Hoffman (30) quien sostuvo la existencia de una enfermedad americana, similar a la africana, en sus notables y originales investigaciones histo-patológicas calificadas por él como un medio infalible para el diagnóstico de la fiebre amarilla.
Con entera independencia de sí en efecto, en el año de 1648, tuvo lugar la primera epidemia de fiebre amarilla en el Nuevo Mundo, es a partir de ella que se escribe la historia de esta enfermedad y se puede confeccionar su calendario epidemiológico, lo que no contradice que antes pudo haber otros brotes que no fueron registrados por carecerse de tradición oral, de las curvas de morbilidad o narraciones documentales.
La casi desaparición de la forma urbana por la destrucción del vector y la inmunización por la vacuna, han obrado contra la continuación de las investigaciones de su origen y sus interrelaciones con la selvática. El conocimiento de las mismas no arroja aún definiciones concluyentes.