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La actividad farmacéutica en Santiago de Cuba colonial

Dr. Carlos Rafael Fleitas Salazar. Especialista de Segundo Grado en Anestesiología, Hospital "Saturnino Lora", Santiago de Cuba.
 
RESUMEN:
Las boticas eran los establecimientos públicos dedicados preferentemente al expendio de sustancias medicinales, antecesores de las actuales farmacias, y que tuvieron un rol importante en la historia cotidiana de las ciudades hispanoamericanas durante la colonia. Se realizó un estudio histórico cronológico, analítico, bibliográfico y documental sobre el surgimiento de la actividad farmacéutica en la ciudad de Santiago de Cuba, y las características más importantes de este ramo en el período señalado. Encontramos que los primeros médicos que se asentaron en la ciudad fueron quienes introdujeron la ciencia farmacéutica europea, hasta el año 1735 en que el maestro boticario Juan Saco y Quiroga hizo valer su título expedido por el Protomedicato de España, y trajo a Santiago de Cuba la Tarifa General de Precios de Medicina, con ello acabaron los abusos a que se veía sometida la población respecto a los precios de los medicamentos. No fue hasta el siglo XIX que la actividad farmacéutica alcanzó su mayoría de edad, cuando aumentó el número de farmacias, se luchó contra el intrusismo profesional, y las boticas comenzaron a despojarse de otras actividades mercantiles. Esto estuvo influido por la fundación de las Reales Juntas Gubernativas de Farmacia primero, y por la creación de la Facultad de Farmacia en la Universidad de La Habana. El propio Ayuntamiento reguló todo lo concerniente a este ramo, dado el interés que ello deparaba hacia la salud pública. Al culminar la Guerra Hispano Cubano Norteamericana, los farmacéuticos santiagueros se unieron en su Colegio de Farmacéuticos, encabezado por el General de Brigada del Ejército Libertador, Lic. Tomás Padró, iniciando un período superior en la actividad farmacéutica en el territorio.

INTRODUCCION

Se plantea que en la evolución de la Farmacia hay cuatro etapas, una primera de gestación, vinculada directamente a los médicos; hacia los siglos XI y XII se dio una segunda etapa en la cual se separa la labor médica de la práctica farmacéutica, pero siempre bajo la inspección de los médicos; la tercera etapa corresponde con la plena autonomía de los farmacéuticos, se ordenan en facultades, con sus propios tribunales y legislación; una cuarta etapa está vinculada a la evolución científica de la química y su influencia sobre los preparados medicinales, aparecen los laboratorios químico-farmacéuticos. Para López Sánchez el siglo XVI fue glorioso en la historia de la farmacia, pues en él quedó atrás la alquimia y se produjeron cambios que llevaron la actividad farmacéutica a tener un papel diferenciado como coadyuvante del médico.1,2 Cuando en 1220 el emperador de Alemania y rey de las Dos Sicilias Federico II promulgó en Nápoles la ley de separación de la medicina y la farmacia, sentó las bases para que en Europa se comenzaran a emitir reglamentos que convertirían a la farmacia en una profesión independiente.
Fue costumbre en Cuba hasta el siglo pasado utilizar preferentemente el término botica para designar a las farmacias; la raíz griega de la palabra botica significa almacenar, depositar, en nuestra lengua devino adjetivo para denominar al sitio en que se hacen y venden las medicinas o remedios para la curación de las enfermedades3; pero también era tienda de mercader, en que se vendían distintos efectos y drogas en general, de ahí el dicho popular “haber de todo como en botica”. Así fueron nuestras farmacias hasta finales del siglo XIX, en que se fueron despojando dichos establecimientos de otras actividades comerciales no relacionadas con la medicina.
Para los tiempos de la conquista de Cuba, la farmacia europea había entrado en contacto con el saber de los árabes, quienes a partir del siglo VII con la figura de Mussah-Jasaral-Soli (Giber) hasta Ibn al-Baytār en el siglo XIII – el más importante farmacólogo y botánico árabe - habían incorporado la química, e introdujeron términos como alcohol, alcanfor, jarabe, entre otros.4,5,6,7 Es mi criterio que la farmacopea española tomó del legado árabe el papel social de esta actividad, lo cierto es que los boticarios tuvieron un rol importante en la vida cotidiana de Hispanoamérica colonial, pese a estar bajo la tutela de los médicos, cuando los había, dado que es conocido el precario estado de esta profesión en Santiago de Cuba durante los siglos XVI y XVII, que no fue mejor para el ramo de farmacia.8

DESARROLLO

Tanto el maestre Domingo como el licenciado Alcázar – los primeros médicos que ejercieron su profesión en la ciudad de Santiago de Cuba en su primera década de fundación - se vieron obligados a preparar ellos mismos sus récipes8, luego como expresara el obispo Fray Diego Sarmiento no hubo médico, cirujano ni botica, situación que hubo de lamentar la villa todo un siglo; mientras en La Habana se instalaron varios boticarios, y el belga Carlos Habré daba a la luz el 11 de enero de 1723 nuestro primer impreso, la Tarifa General de Precios de Medicina, el cabildo santiaguero se quejaba de “no haver en esta ciudad Botica ni quien lo pueda administrar”9, razón de la cual se valió D. Juan Saco y Quiroga para hacer valer al año siguiente su título de boticario despachado por el Real Protomedicato de España y pasado por el de La Habana.10,11 Fue este señor quien trajo a la ciudad el arancel para el precio de las medicinas elaborado por el protomédico habanero Francisco de Teneza con la ayuda de tres boticarios, y que como dije constituye el más antiguo impreso cubano.12,13
Parece ser que los médicos que para entonces estaban en Santiago preferían seguir preparando sus medicamentos, o que el recién instalado maestro boticario quiso prevenir que ello ocurriese en el futuro, pues hizo llegar al Muy Ilustre Ayuntamiento un escrito, el cual una vez leído motivó el acuerdo de “[…] q en caso q sea necesario componer algunas medisinas solo esta se deven sacar de la Botica por q su composicion pende del ofisio de dho Boticario y asi se les haga saber a los q ejercen la medisina dejando q lo ejecute dho Boticario como q es desu oficio […]”.14 Esto obedece a que ya se había comenzado a delimitar el radio de acción de cada uno, y era el boticario el individuo por cuya cuenta corría la preparación del medicamento según lo formulado por el médico sin cambiar en nada lo prescrito.15
No fue hasta marzo de 1747 que llegó un nuevo maestro boticario, se trató de D. Juan José Henríquez, quien procedía de Portobelo, y el Cabildo encargó se le examinara por dos médicos profesionales, el doctor D. Felipe Segura y el bachiller D. Juan Saco, dado que el solicitante había dejado su título en Cartagena.16,17 Luego, en 1772, Fray Gerónimo de la Concepción solicitó poner botica en el Hospital que regenteaba la Orden Betlemítica y vender el sobrante a los vecinos.18,19
Hasta entonces era el órgano municipal de gobierno quien tenía la atribución de inspeccionar las farmacias, o autorizar el cultivo de plantas medicinales. Empero, justo a partir de 1772 la ciudad contó con su protomédico, y era este el encargado de los exámenes a los boticarios, fiscalizar su labor y velar por los aranceles de los medicamentos.20 En lo que resta del siglo XVIII presentaron sus títulos de maestros farmacéuticos D. Juan Carbonell y D. Rafael Baxén, mas en el año de 1800 cuando D. Antonio María Navarro vino a poner su botica, había solo una en la ciudad.21,22
Con las dos primeras décadas del siglo XIX terminó la angustia que naturalmente generaba la ausencia o poca sistematicidad en la permanencia de boticas y boticarios, y ya en 1827 en Santiago de Cuba había diez boticas. Pero si bien continuaron acudiendo boticarios a presentar sus títulos y sentar reales, en cambio no se resolvieron aun otros problemas que aquejaban al ramo. Uno de ellos fue la constante afluencia de charlatanes e innovadores de toda índole, que con la pretensión de expender milagrosas “novedades” timaban a la población, ante lo cual el gobierno local hubo de reaccionar, prohibiendo el 18 de septiembre de 1820 la venta de dichos medicamentos.
Otro problema acuciante era la carencia de medicamentos – regularmente eran traídos de España -, esto se intentó paliar compulsando la siembra y recolección de plantas medicinales, empeño al cual se sumó la Sociedad Económica de Amigos del País de Santiago de Cuba, que preconizó el uso del guaco, hoja de vaca, bejuco del ajo, el guatamare y la hierba de calentura, entre otros. Contra la profesionalidad de la farmacia santiaguera también conspiraba el intrusismo, hasta en tabernas y pulperías se podía adquirir un medicamento, de ahí que el Ayuntamiento circuló en 1814 que las boticas debían mantener un surtido adecuado de medicamentos, y que ningún otro establecimiento los podía comerciar, según establecía un bando del gobernador provincial D. Pedro Suárez de Urbina respondiendo al reclamo de la Junta de Sanidad en su reunión del 1ro. de abril del referido año.23,24,25,26 Fueron la Ley de Sanidad de 1855 y las Ordenanzas de Farmacia de 1860 las que lograron hasta cierto punto el control de “específicos y remedios por parte de la clase médica”15, pero una cosa era la Península y otra la Colonia. Las Ordenanzas del Término Municipal de Santiago de Cuba del año 1881 dedicaron la sección segunda del capítulo quinto a las sustancias medicinales, en veintidós artículos estipularon todo lo concernientes a la actividad farmacéutica, desde las condiciones que debían reunir las recetas de los facultativos hasta la elaboración y expendio del medicamento, tomando como base que “Las sustancias medicinales pueden convertirse en agentes morbosos por diferentes causas, que debe precaver la Administración Municipal en su interés higiénico por la salud pública”.27 Un mejor control del ramo de farmacia lo constituyó el nombramiento de un 5º oficial real de vista farmacéutico en la Aduana, que era un departamento de la Junta Provincial de Hacienda, y aunque esto fue estipulado desde que se hizo la reforma en la Intendencia de Hacienda tras la Constitución de 1812, el primero de quien tengo noticia que ocupara este cargo fue el farmacéutico D. Francisco Padró en 1884, relevado ese mismo año por D. Ángel Norma de las Cuevas.
Dos hechos vinieron a revolucionar la ciencia farmacéutica en Cuba: la creación de la Real Junta Superior Gubernativa de Farmacia, y de la Facultad de Farmacia en la Real y Literaria Universidad de La Habana. La Junta, aunque de vida efímera, dejó su impronta al limitar el intrusismo profesional y propiciar cursos para instruir a los interesados, que se concretarían en 1842 cuando con la secularización de la enseñanza superior en la isla fueron elevados al rango universitario los estudios de esta especialidad.28,29
En Santiago de Cuba fungieron como subdelegados de farmacia Tomás Padró (1834), José Pérez (1853), Félix Benjamín Carbonell (1862), Jaime Padró (1886), Antonio María Guerrero (1892), y en 1867 habían acreditados nueve profesores de farmacia, entre ellos Tomás, Francisco y Jaime Padró, y Julio Trenard30,31,32 , quienes se corresponderían con las nueve boticas inscriptas como establecimientos mercantiles de 2da. clase.33,34
Luis Carlos Bottino y Duzán presentó su título de Licenciado en Farmacia en noviembre de 1873, y en junio de 1887 abrió el establecimiento que se ha convertido en insignia de las droguerías santiagueras, la Farmacia Bottino, en San Basilio esquina a Santo Tomás, dos céntricas calles de Santiago de Cuba; allí no se limitó a la actividad comercial, sino también fue centro de novedades científicas y tecnológicas como lo fue la instalación de la primera planta eléctrica de la ciudad el 28 de junio de 1887, y fue providencial su actividad filantrópica, al suministrar medicinas gratis a pobres y menesterosos. Falleció L.C. Bottino el 5 de diciembre de 1894.35,36,37,38
No fue privativo del Lic. Bottino la ayuda a los menesterosos, los farmacéuticos santiagueros no vivieron de espaldas a la difícil situación política, económica y social que se vivía, muestra de ello es el arresto, procesamiento y ulterior encarcelamiento del lic. Teobaldo Trenard en 1871 por complicidad con la gesta libertadora y en 1895 fue detenido D. Santiago Esteban, dueño de la farmacia Santiago, acusado de facilitar medicinas a los mambises. El más connotado independentista de los farmacéuticos santiagueros fue el licenciado Tomás Padró Sánchez-Griñán, este obtuvo los grados de General de brigada del Ejército Libertador durante la Guerra del 95.
Durante la centuria, las boticas devinieron también en una especie de enfermería o centro de primeros auxilios a lesionados, la prensa de la época recoge casos como el del Lic. Jaime Padró que salvó la vida a un niño que cayó en un pozo.39,40,41 Esa misma prensa obtenía ganancias nada desdeñables con la publicación de los anuncios de boticas y droguerías como este:
Aviso a los médicos
En la Botica Carbonell calle de las Enramadas n. 7, se encuentra un constante surtido de
Aguas medicinales de todas clases destiladas mensualmente en el mismo establecimiento.
Aparatos de goma. Orinales para enfermos de ambos sexos. Orinales portátiles para los que padecen de incontinencia. Fajas para viajeros.
Pezoneras, tiraleches con tubo y sin él, inyectadores para oídos y vajina, ventosas, pesarios, id. con insuflador, gorras para hielo, tubos de goma, biberones, tetos de varias clases, cojines de viento, jeringas de diversos sistemas, bragueros y aparatos de formas diferentes.42
Empero, si en 1800 se vendía el café en las boticas, en las postrimerías de la centuria las farmacias seguían expendiendo todo tipo de mercaderías:
Botica La Luz
Farmacia Española
Calle de San Tadeo número 57
En esta casa se encuentra constantemente un surtido de Drogas, Especialidades farmacéuticas y productos químicos franceses e ingleses. Efectos de goma y cristal, Idem para la lactancia, bolsas de cirugía, máquinas electro-magnéticas, atomisadores magicos – areómetros, termómetros clínicos, grageas y pastillas de todas clases, aguas minerales españolas y estranjeras, perfumería de Labin y varias clases, perfumadores y cruces de goma.43
Para el año 1882 existían en toda la provincia 22 farmacéuticos, diez en Santiago de Cuba, dos en Gibara, tres en Manzanillo, dos en Guantánamo, dos en Holguín, dos en Baracoa y uno en Puerto Padre44, lo cual era un cuadro nada halagüeño para tan grande territorio.
Para instalar una farmacia el interesado debía abrir un expediente en el Ayuntamiento, el cual constaba de la solicitud con los datos del farmacéutico, el título universitario, un plano de la farmacia, el aval del párroco, y un petitorio o lista de todo el instrumental y sustancias de que se contaría. Cuando el solicitante cumplía los requisitos exigidos de inmediato el alcalde pasaba el expediente al Subdelegado de farmacia, quien procedía a la visita del local en compañía dos o tres testigos que debían ser profesores de medicina y cirugía, el subdelegado de veterinaria y el secretario del ayuntamiento; en ocasiones el propio alcalde participaba de la visita. El solicitante pagaba un arancel al subdelegado de farmacia por concepto de la visita de inspección, que solía ser de 12 pesos con 50 centavos. Posteriormente si el establecimiento reunía las condiciones necesarias de capacidad, aseo y ventilación, se notificaba la aprobación por parte del Secretario del ayuntamiento y se devolvía el título al farmacéutico.
Las farmacias santiagueras eran por lo regular edificaciones de una sola planta, constaban de un salón de venta donde se colocaban uno o dos mostradores y la estantería, otras dependencias eran: un laboratorio, la llamada rebotica que era donde se almacenaban los medicamentos listos para la venta y un almacén o depósito. Una excepción fue la farmacia que abrió D. Antonio de Macias, natural de Madrid y Doctor en Farmacia de la Armada, cuyo establecimiento ubicado en la calle de Sagarra baja No. 1 poseía dos plantas, en la superior estaban el almacén, el laboratorio, una biblioteca y el dormitorio del dueño.
En los petitorios se enuncia una larga lista de sustancias simples y medicamentos oficinales. Por lo regular las farmacias de esta localidad disponían de todo un surtido de sales como acetatos, cloruros, nitratos, oxalatos y sulfatos; ungüentos, aceites (de hígado de bacalao, lino, oliva, ricino, cacao, nuez moscada, alcanforados, etc.), bálsamos (de tolú, belladona, benjuí), extractos (de belladona, cornezuelo de centeno, digital, genciana, opio, quina, ruibarbo, valeriana, zarzaparrilla), flores (de amapola, manzanilla, naranjo, sanguinaria, saúco, tilo, violeta), resinas, hojas (de laurel, beleño, llantén, menta, sen, salvia, etc.), raíces (de altea, árnica, cinoglosa, ipecacuana, jalapa), entre otras sustancias orgánicas, inorgánicas y naturales.
La actividad farmacéutica implica una dualidad de intereses, pues si bien precisa del vínculo constante con los adelantos científico-técnicos de la química, la botánica, la farmacognosia, la farmacología – suma de conocimientos relativos a los medicamentos y su acción sobre el organismo – y la farmacopea – arte de preparar los medicamentos -, no puede desvincularse de su interés económico. Para esto último nuestros boticarios se regían por los aranceles o tarifas de precios vigentes; sin embargo, para la preparación de los récipes debían atenerse a la Farmacopea Española, libro que contenía las reglas y preceptos que debían cumplirse en la preparación de los medicamentos oficinales, los galénicos – o de composición no definida – y los químicos o de composición definida. El primero de estos libros en la península vio la luz en Valencia (1603), siguiéndole los de León (1674) y Barcelona (1688). La primera edición de la Pharmacopoeia matritense data de 1739, respuesta tardía a una pragmática emitida en 1593 por Felipe II; tuvo una segunda edición en 1762 y una tercera en 1803; la cuarta edición (1817) ya se titula Farmacopoea hispana, y continuaron sus ediciones en los años 1865 y 1884, respondiendo a las Ordenanzas vigentes para el ejercicio de la profesión de Farmacia y comercio de drogas y plantas medicinales, dadas por Real Orden del 4 de Enero de 1883.45
Lamentablemente, según palabras del doctor Peset Cervera – pronunciadas ante la Academia de Medicina de Valencia en enero de 1889 – la Farmacopea española era “[…] una amalgama de oro y cieno. Doloroso es confesarlo, pero no está a la altura de este esplendoroso siglo […].”45 Todavía se utilizaban sustancias para entonces desechadas en otros países, drogas inútiles o peligrosas – como el antimonio – y toda una retahíla de seudo remedios. En el amplio camino abierto por la ciencia positivista, regenteado por la química, tuvo su propio derrotero el control de las enfermedades, gracias a la moderna farmacología química, que proporcionó una miríada de nuevos medicamentos. Empero, la farmacia no renunció a los preparados galénicos, elaborados a partir de productos vegetales junto a productos animales o minerales. Las plantas medicinales han tenido un rol vital y perenne en todo el devenir histórico de la medicina, desde los tiempos del chamanismo, le cupo al griego Pedacius Dioscórides asentarlas definitivamente en la terapéutica oficial con su inmensa compilación De materia medica, Galeno preconizó su uso mas le añadió otros ingredientes de naturaleza animal o mineral, ya recomendados por Mitrídates.46 Las farmacias santiagueras del siglo XIX expendían el Pectoral de Anacahuita, como remedio infalible para todas las enfermedades “de la garganta, pecho y pulmones”, cuya “operacion se ve en la inmediata segregacion de la irritacion local en las afecciones bronquiales, pneumonia, toses secas, catarro, dolor de garganta, y otras dolencias de este tipo.” Para lograr el alivio inmediato se recomendaba mezclar dos cucharadas del Pectoral con una de Aceite de Hígado de Bacalao puro y fresco; dicho aceite era muy indicado para los tísicos al igual que para los enfermos de la garganta y los pulmones. Estaba también el aceite ferruginoso de hígado de bacalao – recomendable “[…] en los casos de anemia, clorosis, hidropesías, hinchasones y en general para todas las enfermedades que provienen de empobrecimiento de la sangre” – difundido por la Botica Carbonell cita en la calle Enramadas baja n. 7. También se vendía la Zarzaparrilla de Bristol, descubierta en 1832, “para enfermedades que tienen su origen en la sangre corrompida y humores viciados”.47,48
Desde los tiempos de Galeno se utilizaron ampliamente en la terapéutica las sangrías y producción de hemorragias, de ahí se puso en boga la aplicación de sanguijuelas, a lo cual colaboró mucho la doctrina de Francisco Victorio Broussais (1772-1838), de amplia difusión en Hispanoamérica.49 No faltarían nunca en Santiago de Cuba los suministros de sanguijuelas dragonas, cual lo anunciaban la Botica y droguería de Trenard, calle Marina n. 26, o la Droguería del Comercio, en Marina baja n. 43. También se caracterizaron las farmacias santiagueras por expender medicamentos homeopáticos desde la segunda mitad del siglo XIX, cuando esta modalidad terapéutica cobró adeptos en la ciudad.
Los años de 1895 a 1898 fueron difíciles para la actividad farmacéutica en Santiago de Cuba, ensombrecidos por la sobrecarga de población que causó la reconcentración, y la carencia de recursos que se profundizó con el bloqueo naval norteamericano. Una vez culminada la guerra el cuadro era horroroso en esta ciudad, “[…] las boticas repletas de gente en solicitud de cordiales, costaba trabajo y tiempo el ser despachado en las farmacias”.50
En medio del ímpetu de recuperación y transformación que propició la voluntad política del gobernador norteamericano Leonardo Wood, el 24 de octubre de 1898 se efectuó la primera reunión para constituir el Colegio de Farmacéuticos del Departamento de Santiago de Cuba. La idea fue de los licenciados Francisco Durruty Lee y Luis Mestre Díaz, y fueron once los fundadores, los dos citados junto a Silvestre del Castillo Bravo, Teobaldo Trenard Enfouse, Tomás Padró Griñán, Osvaldo Morales Fulleda, José Camacho Padró, Ángel Norma de las Cuevas, Manuel Planas Tur, Porfirio Carcasés Acosta y Juan Ravelo Asensio. Este colegio tuvo en pocos meses una ingente labor, sobre todo en la vigilancia del buen ejercicio de la profesión, y obtuvo el derecho a revalidar títulos extranjeros así como de examinar y dar títulos de practicantes de farmacia.51 La consecución de sus logros estuvo muy vinculada a la hábil estrategia de nombrar como presidente de la junta organizadora primero, y de la junta de gobierno interina luego, al General de brigada del Ejército Libertador Tomás Padró Griñán, personaje muy vinculado a la política municipal durante los primeros años de la intervención. Cohesionados en su Colegio y prestos a insertarse en las coordenadas de un mundo nuevo que se les avecinaba, muy interesados en el desarrollo científico de su disciplina y atentos a cualquier intromisión en sus facultades, despidieron los farmacéuticos santiagueros casi cuatro siglos de colonialismo español.

CONCLUSIONES

 Los primeros médicos que ejercieron en Santiago de Cuba a partir del siglo XVI fueron quienes iniciaron la actividad farmacéutica, por lo regular con muy mala preparación profesional. No fue hasta el año de 1735 que se estableció en esta ciudad el primer maestro boticario. Empero, durante todo el siglo XVIII estuvo muy inestable este ramo.
 El siglo XIX marcó el auge de las farmacias en la ciudad, cuando arribaron a esta profesionales con mejor calidad y preparación. Las boticas o farmacias devinieron cuerpo de atención a lesionados de primera urgencia, y los farmacéuticos tuvieron un rol importante en la vida médica y pública de Santiago de Cuba.
 Durante toda la época colonial se mantuvo la tónica de las boticas plurales, donde se expendía todo tipo de producto, solo en la última década del siglo XIX es que las farmacias dejan de ser establecimientos mercantiles de amplio surtido no vinculado con la salud de la población. Se mantuvo hasta bien entrado el mencionado siglo el intrusismo profesional, amparado por las prácticas curanderiles, el desconocimiento de los habitantes y la escasa cantidad de farmacias que existía para todo el Departamento Oriental.
 Al culminar la Guerra Hispano Cubano Norteamericana, los farmacéuticos santiagueros aprovecharon la coyuntura política para establecer su Colegio de Farmacéuticos, con lo cual alcanza su mayoría de edad este ramo en la región oriental de Cuba, y específicamente en la ciudad cabecera.

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