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La noche en que los jinetes del apocalipsis cabalgaron sobre Songo

Autor: Dr. Miguel González-Carbajal Pascual Especialista de 2do Grado en Gastroenterología Profesor Auxiliar de Gastroenterología de la Facultad Calixto García, Investigador Auxiliar carbajal@infomed.sld.cu
Una vez, cuando le participaron que una joven, a quien conocía, había escogido como carrera universitaria, Historia del Arte, escuché a un distinguido Profesor de Medicina —cuyos conocimientos académicos son incuestionables—, exclamar:
“¡Qué lástima... una inteligencia perdida!”.
No pude menos que, primero, asombrarme y, después, luego de reflexionar sobre el hecho, más que una profunda decepción, se adueñó de mí un desasosiego difícil de explicar. Recordé toda la importancia que tiene para un hombre la cultura; porque las manifestaciones culturales son consustanciales al género humano y lo acompañan desde la lejana época en que se hospedaba en frías y húmedas oquedades entre las rocas; prueba de ello son las pinturas rupestres. Si ningún otro primate elaboró instrumentos de trabajo, tampoco expresó jamás, inquietudes culturales. Negar la cultura es como negar al hombre. Los valores culturales propiciaron, acompañaron y ampararon las más caras conquistas que a lo largo de la historia de la civilización ha logrado atesorar la humanidad; de ahí emana su trascendencia. Martí nos dejó sobre este tema un valioso legado; escojo esta frase: “...la madre del decoro, la savia de la libertad, el mantenimiento de la República y el remedio de sus vicios, es, sobre todo lo demás, la propagación de la cultura” *. Mientras el Socialismo pone siempre su mirada en el futuro y es, en sí mismo, una colosal obra de promoción cultural; la más grande, diría yo, que registra la historia —la mejor prueba de ello es visible y palpable en nuestro propio país—; el fascismo proyecta su pensamiento al pasado —como lo denotan todos sus símbolos— y profesa un odio visceral a la cultura.
 
La noche aciaga
El peculiar fenómeno que es el fascismo desde el punto de vista ideológico no pudo escapar, al germinar en al ámbito caribeño, a exhibir ridículos ribetes tropicales. Su atuendo platanero no pudo ser más irrisorio... ni más patético. La noticia de la estólida osadía de la que harían gala sus aguerridos discípulos en la mayor de las Antillas, pudo muy bien estremecer en su tumba el egregio esqueleto del fiero señor del sur norteamericano, Nathan Forrest**.
Pues bien, cuenta un viejo amigo de mi familia, que en época no muy remota, durante la pseudorrepública, claro; hubo un grupúsculo de privilegiados oligarcas, en Songo ¾poblado de varios miles de habitantes situado en el levante insular, algo más allá de Santiago de Cuba¾, que en infame acto de execrable hidalguía, no vacilaron en emprender la ominosa empresa de organizar el Ku Klux Klan*** en dicha villa. Debo decir, en honor a la verdad y en aras, si cabe, de atenuar las circunstancias ¾lo que, de paso, pudiera proporcionar credibilidad adicional al relato¾; que por rara obra del destino la precaria burguesía cubana mostró siempre, como rasgo distintivo, una irreductible afición a parodiar todo lo que provenía del vecino país del norte.
¾Botalín ¾que tal es su apellido ¾ le interrumpo sorprendido: Aún hoy, cuando uno pasa por carretera a través de Songo, cuesta algún trabajo identificar blancos allí; casi todos son negros o mestizos. Y lo mismo podría decirte de La Maya. ¿Cuántos eran los miembros del Klan?
¾¡Cinco! —Me dice rotundo, extendiendo la palma de su mano con gesto hierático y sus cinco luengos dedos ¾no tan finos ya, como en su primera juventud, inquieta y revolucionaria¾; que ahora se ocupan de pintar magníficos lienzos que recrean los paisajes de su entrañable Santiago natal, para algunos la más caribeña de nuestras ciudades; hienden el aire para confirmar la cifra increíble.
Demos, por un instante, fueros a la imaginación para atisbar a los cinco trasnochados caballeros que congregados en conciliábulo secreto, engalanados con pulcras y costosas guayaberas de hilo sobre las que se proyecta el abultado abdomen, amparados en las sombras de una noche canicular, perturbados solo por el zumbido del vuelo de algún que otro zancudo y el ruido vigilante de los grillos, sus rostros de tez blanca ¾los únicos con esa tonalidad en el pueblo¾ adustos y sudorosos bajo la tenue luz; mientras urden cómo castigar mediante acciones punitivas de la más baja naturaleza, al resto de los humildes y pacíficos pobladores de la ciudad e imponerles su voluntad y sojuzgarlos más.
Los cinco, jinetes apocalípticos; la guerra, el conflicto civil, el hambre y la muerte; clavando con saña las espuelas en el odio. ¿El quinto? La brutalidad del despropósito envuelta en el disparate; centauro absurdo de esta triste muestra de una versión tropicalizada de la ideología fascista. Cuáles, sino ésos, han sido los legados del fascismo a su paso por la historia.
 
¡Un fascista bueno!
 No está de más, por tanto, ratificar que no hay, ni puede haber, un fascista bueno y mucho menos bondadoso; a no ser, quizás, que se trate de un mal fascista; circunstancia que se me antoja, por lo demás, muy rara ésa, en la que un fascista, aún deficiente, “de pacotilla” —no de pura cepa—, sea al mismo tiempo un hombre bueno, pero a la que, para no ser censurado de rigidez en mis apreciaciones, le otorgo al menos, el beneficio de la duda.
 Por estas razones, y a despecho de que uno de ellos, por cierto muy connotado, ¡qué nos importa su nombre!, se ufanó en proclamar:
¾“¡Cuándo oigo hablar de cultura, saco mi pistola!”
Mientras otros, los contemporáneos, se complacieron en arrojar misiles contra la población civil de Iraq ¾obedeciendo los requerimientos de su sed, no de justicia y libertad, sino de hegemonía política y petróleo—, para así, de paso, amedrentar al resto del mundo; convido a todos a ampliar los horizontes culturales y estudiar el fascismo, profundizar en su historia y conocer de sus hazañas. Es la mejor manera de aprender a repudiarlo.
* (“Tilden”, La República, Honduras, 1886, Obras Completas de José Martí. Tomo 13, pag. 301)
** (N: 13-7-1821. M: 29-10-1877) Autor de la masacre de ciudadanos negros en Fort Pillow. Se le señala como fundador y primer jefe del Ku Klux Klan. The Enciclopedia Americana. Conkey División. Copoyright 1958. Tomo 11. pag: 493-4
*** Ku Klux Klan, organización terrorista secreta creada en los estados sureños de Estados Unidos durante el periodo de la Reconstrucción que siguió a la Guerra Civil estadounidense y que se extendió geográficamente en el siglo XX. Pronto quedó convertida en una entidad ilegal.Los miembros del Klan creían en la inferioridad innata de los negros y por tanto estaban resentidos por ver a antiguos esclavos en condiciones de igualdad social. Biblioteca de Consulta Microsoft® Encarta® 2003. © 1993-2002 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.