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Marzo 30 de 1964. Traslado de los restos mortales del doctor Tomás Romay al mausoleo erigido en su memoria

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

La extensa hoja de servicios prestados por el médico, catedrático, escritor, orador y poeta cubano Tomás Romay Chacón (1764-1849), dentro de la que sobresalen haber demostrado en 1793 por primera vez en Cuba el valor de la experimentación; haber sido en 1797 autor de la monografía que inauguró la bibliografía científica nacional; introductor y propagador en 1804 de la vacuna contra la viruela en La Habana y primer criollo en escribir en 1813 un artículo sobre endocrinología, le ha dado con justicia el merecido lugar como iniciador del movimiento científico cubano.
A los 30 años de su muerte, exactamente el 26 de noviembre de 1879, su hijo Juan José Romay González había trasladado y depositado los restos mortales de su padre, encerrados en una caja de madera forrada de latón y rotulada con su nombre, en la bóveda número uno del panteón de su esposa Clemencia Carreras en el Cementerio de Colón. Asimismo el 7 de febrero de 1950 los doctores Rodolfo Tro y Rodolfo Pérez de los Reyes, para comprobar si aún existían los restos del insigne médico cubano, levantaron la tapa de la citada bóveda y, en virtud del mal estado en que por la acción del tiempo transcurrido se encontraba la caja de madera, los trasladaron a otra caja de mármol, rotulada con su nombre y las respectivas fechas de nacimiento y muerte, que luego depositaron en la misma bóveda.
Con motivo de la colocación de una lápida en la casa de la calle de Empedrado número 71, donde nació el doctor Romay, un orador dijo: “Allí esperan los restos del doctor Tomás Romay el día en que Cuba, volviendo los ojos al pasado, levante el monumento a que tiene derecho este sabio y abnegado trabajador por sus incasables esfuerzos en pro del bienestar de su patria”.
Y ese día llegó.
A principios de 1964, el extinto primer Presidente de la Academia de Ciencias de Cuba, doctor Antonio Núñez Jiménez, elevó un informe al entonces Presidente de la República de Cuba, el también desaparecido doctor Osvaldo Dorticós Torrado, en el cual fundamentó las razones de su solicitud de autorización para organizar la ejecución de varias actividades en conmemoración del bicentenario del natalicio de esta eminente personalidad.
En ese informe, Núñez Jiménez apuntó que, a pesar de su protagonismo en el movimiento cultural y científico del siglo XVIII, no se conocía lo suficiente en la isla la personalidad de Romay. Agregó que, además de científico e higienista excepcional, estimuló los estudios de la Química y la Botánica; contribuyó a la derrota de la escolástica y fue propagador de las ideas filosóficas materialistas.
Luego de que el Presidente de la República manifestara oficialmente su conformidad con la iniciativa, se le encomendó al doctor José López Sánchez, fundador y Director en aquella época del Museo Histórico de las Ciencias Médicas “Carlos J. Finlay”, la tarea de organizar los actos de la conmemoración. A ese efecto se constituyó una comisión con representantes del propio Museo, de los Ministerios de Educación y Salud Pública; de las Universidades de La Habana, Las Villas y Oriente; del Colegio Médico Nacional; del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación y la Ciencia; de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba; de la Biblioteca Nacional “José Martí”; del Instituto de Historia; de la Unión de Periodistas de Cuba; del Movimiento por la Paz y la Soberanía de los Pueblos y del Archivo Nacional, quienes acordaron el programa del evento.
Esta comisión llevó a cabo numerosas tareas que comenzaron el 30 de marzo de 1964, día del aniversario 115 del fallecimiento de Romay, y culminaron el 21 de diciembre siguiente, fecha en que se cumplía el bicentenario de su natalicio.
Los actos conmemorativos se iniciaron justamente con el traslado de los restos del sabio desde el cementerio de Colón hasta el Museo Histórico de las Ciencias Médicas “Carlos J. Finlay”, institución donde se erigió un mausoleo en su memoria. La solemne ceremonia fue presidida por los Ministros de Educación y Salud Pública, doctores Armando Hart Dávalos y José R. Machado Ventura; los Presidentes del Colegio Médico Nacional y la Academia de Ciencias de Cuba, doctores Leopoldo E. Araujo Bernal y Antonio Núñez Jiménez y otras personalidades en representación del Gobierno y de instituciones científicas y culturales.
Después de que el doctor Núñez Jiménez depositara la urna con los restos de Romay en el referido mausoleo, hizo uso de la palabra el doctor José López Sánchez para pronunciar la primera “Oración Romay”, cuyo texto se transcribe a continuación:

Palabras pronunciadas por el doctor José López Sánchez el 30 de marzo de 1964, fecha en la que se depositaron los restos de Tomás Romay Chacón en el mausoleo erigido en su memoria en el Museo Histórico de las Ciencias Médicas “Carlos J. Finlay”.

Con este acto se inicia la conmemoración del bicentenario del nacimiento de Tomás Romay. El Presidente de la República, compañero Osvaldo Dorticós, ha señalado, en más de ocasión, la necesidad de revalorar nuestro pasado histórico, tanto en lo que respecta a la cultura como a las luchas patrióticas, con particular sujeción a los acontecimientos de los siglos xviii y xix. De ahí que la Comisión Nacional de la Academia de Ciencias, con la cooperación de los Ministerios de Educación y de Salud Pública y otras instituciones, haya considerado un deber con motivo de este aniversario enaltecer la personalidad de Tomás Romay, quien constituyó en su momento histórico el iniciador del movimiento científico cubano
Ciento quince años después de su muerte encuentra también este benemérito de la patria, en este mausoleo en el que conservarán sus restos, no sólo un rincón propio, sino el más adecuado, porque Romay fue el progenitor de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana que se creó 35 años después de haberla solicitado del Gobierno de España, y la que concibió como una corporación donde se trabajara para ser útil a la humanidad y especialmente a los habitantes de la entonces llamada fiel Isla de Cuba.
Cuando en el siglo xviii la clase de los ricos criollos, es decir, la burguesía cubana, aspira a convertirse en clase dominante, se plantea la tarea de luchar contra el régimen feudal. Para conducir con éxito esta lucha, tenía necesidad de impulsar la enseñanza general y el estudio de las ciencias naturales como medio de hacer progresar la agricultura y la industria, bases para ampliar su comercio. Con la fuerza material y de atracción que es capaz de desencadenar una clase social en ascenso, la naciente burguesía cubana ejerció un poderoso influjo aún sobre los propios Capitanes Generales que enviaba la Metrópoli. El más propicio fue Don Luis de las Casas “el mejor agente de las pretensiones de los habaneros” al decir de O’farril. Con él comienza un período caracterizado en lo fundamental por la alianza y servicio de los Gobernadores a los intereses de los grandes señores del azúcar o hacendados criollos. Es en servicio de esta clase a la que se incorpora económicamente, y por inspiración de ella que se crea la Real Sociedad Patriótica de Amigos del País, el Papel Periódico de la Habana y el Real Consulado y Junta de Fomento, esta última a iniciativa de Arango Parreño.
Entre Romay y las Casas se estableció una relación de amistad que influyó notablemente en el curso de sus propias vidas. Así Romay llegó a adquirir una personalidad política que lo convirtió en actor de los más importantes acontecimientos de esa época. Las Casas apreciaba el talento y la cultura de Romay de tal modo que le propuso fuera a ampliar sus estudios de medicina, química y botánica al extranjero y éste escogió el Colegio de Edimburgo. Sin embargo, no pudo disfrutar de la beca por la guerra contra Inglaterra. Su participación en la Sociedad Económica, en el Papel Periódico, en la Junta de Población Blanca y en la Diputación Provincial le confiere un papel de gran significación en el movimiento de reforma cultural y científica. En unión de Arango Parreño y de José Agustín Caballero forma el trípode columnar que sostiene, orienta y dirige este movimiento reformista, que en líneas generales refleja la forma más apropiada de facilitar el paso del feudalismo al capitalismo en las condiciones concretas de Cuba en ese tiempo.
Un rasgo muy saliente en los hombres producto de las condiciones sociales de esta época y que se requería para el alumbramiento de la nueva sociedad burguesa fue el enciclopedismo. Dentro de los necesarios límites en que realizarían sus actividades las personalidades más representativas de ese período en nuestro país, Romay lo expresará en su multifacética cultura y vasta erudición. Esto se pone de relieve en la diversidad de temas que él trató. Y así lo vemos abordar cuestiones sobre medicina, botánica, química, agricultura, historia, gramática, arte, así como junto a Saco, solicitar opiniones respecto al establecimiento de estudios de astronomía y la creación de una escuela de náutica.
Romay supo vincular la necesidad de desarrollar el estudio de las ciencias naturales con la lucha contra la escolástica. Sus artículos contienen razonamientos filosóficos contra el perípato y elogios de Bacon y otros filósofos. Su inclinación al conocimiento e interpretación de la naturaleza y el hombre y su adopción del método experimental, hacen posible el asomo en su pensamiento del materialismo filosófico.
La memoria sobre las colmenas y la monografía sobre la fiebre amarilla lo acreditan como el primer autor científico cubano. Este último trabajo es el primer documento médico moderno publicado en nuestro país. Su cita de autores extranjeros revela un sólido dominio del tema y además se muestra como conocedor de la bibliografía médica de sus contemporáneos escritores, no sólo los españoles, sino también los ingleses, franceses e italianos. Entusiasta partidario de los estudios de botánica y química, propendió a la creación del Jardín Botánico y favoreció que José Estévez Cantal se convirtiera en el primer químico cubano. Junto a José Agustín Caballero llevó la ilustración científica a las páginas del Papel Periódico de la Habana y las abrió a la lucha denodada contra el escolasticismo. Abandonó la polvorienta Universidad Pontificia y en los hospitales fomentó una nueva enseñanza médica: la que estudiaba “los signos sensibles que nos presenta el enfermo”.
Como médico se preocupó más por los problemas de la higiene pública que por los privados de la profesión. Fue de los primeros grandes higienistas de América. La introducción, propagación y conservación durante más de 30 años de la vacuna contra la viruela, es un episodio cimero en su actividad médica. El humanitarismo y vocación médica de esta venerable y ya septuagenaria figura, brinda un ejemplo de devoción y sacrificio ocupando su puesto de combate en la lucha contra la devastadora epidemia del cólera morbo en 1833. Esta conducta es más de admirar si tenemos en cuenta que muchas familias ricas abandonaron La Habana para refugiarse en sitios donde suponían que no atacaría el “huracán sin bramido”, como la calificara el médico y poeta Ramón Zambrana.
La posición de Romay es durante un cierto período de tiempo consecuente con las aspiraciones políticas de su clase social. Sin embargo, la marcha acelerada y el rápido desarrollo de los acontecimientos económicos y políticos, particularmente a partir de la década del 30 del siglo xix, plantea objetivos más altos que ya él no está en capacidad de comprender ni de interpretar. Por esto procede afirmar que Romay fue un representante típico y progresista del movimiento cultural y político del siglo xviii.
Hace 200 años nació Romay. Con esa fecha coincide la integración de los elementos que le dieron vida y forma a la nueva clase burguesa de nuestro país. Esa clase social ya no es la clase dominante, porque ha sido derrotada y expropiada por una revolución marxista-leninista. Ahora es el pueblo trabajador el que está en el poder y se apresta a construir una sociedad nueva y distinta. El único punto de semejanza entre los dos procesos históricos es la necesidad imperiosa de desarrollar la ciencia. Por supuesto, que la ciencia que se necesita ahora es más avanzada, más compleja y más enteramente al servicio del hombre. La burguesía cubana no pudo cumplir a cabalidad su destino histórico; incluso falló en tomar todo el poder para sí. Pero la clase obrera sí llevará su revolución hasta el final, hasta la edificación de la sociedad comunista.
La conmemoración del bicentenario de Romay no es un simple acto de recordación de un hombre y de su obra. Es y debe ser una lucha por despertar la conciencia científica en nuestro pueblo. En la medida que se comprenda el espíritu científico que floreció con todo vigor en Cuba en el pasado; en que se conozcan las contribuciones al progreso de la ciencia de hombres como Romay, Caballero, Varela, Saco, Noda, Luz Caballero, Gutiérrez, Reinoso, Pichardo, Poey, Finlay, Albarrán, Guiteras y otros, en esa medida nos habremos de sentir orgullosos de nuestra historia, tanto en lo cultural y científico como en lo político, y se encenderá la llama sempiterna del saber tomando conciencia en los jóvenes, en el pueblo. Por eso lo importante, lo más importante, lo definitivamente importante es trabajar y hacerlo siempre con la técnica más depurada y avanzada y estudiar con ahinco, con amor, con responsabilidad para tener dominio la ciencia. De este modo no sólo seremos condignos de aquellos sabios modestos, sino que además habremos de servir con fidelidad a esta grande y justa revolución socialista cubana.
En su tiempo Romay exclamó: “¡Días de la prosperidad de mi patria, ya veo brillar en el horizonte vuestra aurora luminosa!”. Hoy más que nunca es esto una verdad absoluta. Esta es la tradición y la herencia de generaciones pretéritas. Seamos capaces de legar una tradición cualitativamente superior a las generaciones venideras.

BIBLIOGRAFÍA

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Tomás Romay 1764-1849: homenaje en el bicentenario de su natalicio. Habana: Editorial Nacional de Cuba, 1964.