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Mayo 8 de 1887. Apertura del primer Laboratorio Histobacteriológico e Instituto de Vacunación Antirrábica de América

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

El doctor Juan Santos Fernández Hernández (1847-1922) fue toda una autoridad en la especialidad de Oftalmología, en cuyo ejercicio logró obtener una reputación que traspasó las fronteras cubanas y se extendió por todos los países civilizados de su tiempo, al punto de convertirse en el especialista de enfermedades de los ojos de más relieve en todos los dominios de la colonia española, incluida la propia España, a la vez que el más conocido en el extranjero durante la segunda mitad del siglo XIX. A lo anterior se agrega su condición de uno de los miembros más consecuentes y laboriosos de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, de la que llegó a ser su Presidente entre 1897 y 1899 y de 1900 a 1921.
Este insigne médico matancero, además del primer cubano que ejerció la Oftalmología y consolidarla como especialidad independiente, fue protagonista principal del renacimiento científico en su país en otros aspectos en medio de la incierta secuela que dejaba la guerra de 1868-1878 contra España, entre los que sobresale la puesta en circulación en 1875 de la CRÓNICA MÉDICO QUIRÚRGICA DE LA HABANA, revista que registró durante 66 años los trabajos de los más altos exponentes de la cultura médica nacional y que fue la publicación genuinamente médica más importante de las producidas en Cuba durante el último cuarto del siglo XIX y gran parte la primera mitad del XX, con independencia de su posición privilegiada entre las primeras revistas nacionales de su tipo en cualquier época.
La CRÓNICA MÉDICO QUIRÚRGICA DE LA HABANA contribuyó al desarrollo científico del país no sólo con los escritos que atesoró en sus columnas, pues por otra iniciativa de gran trascendencia de su director se fundó el LABORATORIO HISTOBACTERIOLÓGICO E INSTITUTO DE VACUNACIÓN ANTIRRÁBICA DE LA HABANA, donde por primera vez se hicieron en Cuba experimentos histobacteriológicos y químicos y donde se prepararon y difundieron los primeros sueros y vacunas preventivas y curativas de la rabia en humanos y animales en el continente americano.
Es bien conocido lo que la humanidad debe al científico francés Luis Pasteur (1822-1895) en relación con el descubrimiento y la administración de la vacuna antirrábica, realizada por primera vez el 6 de julio de 1885 al pastor José Meinster, hecho cuyos resultados se expusieron en la Academia de Ciencias de París el 26 de octubre del mismo año.
El doctor Santos Fernández asimiló de inmediato la repercusión del acontecimiento y, sin pérdida de tiempo, empezó a elaborar un proyecto para aplicar el nuevo hallazgo. Al efecto integró una comisión, con los doctores Diego Tamayo y Figueredo, Francisco I. Vildósola González y Pedro Albarrán Domínguez, que envió a Francia a realizar estudios durante seis meses sobre el procedimiento profiláctico contra la rabia y los adelantos en Bacteriología. Ellos trajeron al regreso conejos inoculados, a los que sometieron a repetidas inoculaciones durante el viaje para mantener el virus fresco.
Una vez que se contó con las condiciones físicas y de personal necesarias, se inauguró el laboratorio el 8 de mayo de 1887, con una sección de Histología dirigida por el doctor Julio San Martín; otra de Bacteriología con el doctor Diego Tamayo al frente; otra de Rabia bajo la dirección del doctor Enrique Acosta Mayor y otra de Análisis Clínicos con el doctor Manuel Delfín Zamora a la cabeza.
La sección de Histología comprendía la Histología normal y la Patología y colaboraba en consultas judiciales de Medicina legal. En ella se impartían lecciones a los jóvenes médicos que las solicitaban y por su conducto se publicó un Tratado práctico de técnica histológica, folleto que contenía un resumen de esas lecciones.
Entre los primeros trabajos de la sección de Bacteriología aparece la investigación sobre las enfermedades conocidas entonces con el nombre vulgar de vacera en el ganado vacuno y pintadilla en el porcino. Ambas se llegaron a convertir en epidemias y causaron pérdidas de consideración en la riqueza pecuaria del país. Otro estudio importante realizado en esta sección fue el higadillo en las gallináceas, en el que se aisló un microorganismo semejante al que produce el cólera en las gallinas. También se hicieron allí estudios sobre el tracoma, la oftalmología blenorrágica, la fiebre amarilla y el examen bacteriológico de agua y aire. Como medios de cultivo servían viandas cubanas como el boniato la malanga y el ñame. A
los anteriores estudios se agregaban los análisis de esputos de tuberculosos.
La sección de Rabia se dedicaba en específico a observar y a aplicar el tratamiento a los individuos mordidos por animales con rabia o sospechosos de padecerla. Los especialistas que la integraban se preocupaban por la educación de la población; de eso da fe un folleto a ella dirigida con el título de Cartilla popular para conocer la rabia en las distintas especies de animales y medios de prevenirla. Otras publicaciones sobre el tema fueron Rabia y su tratamiento, del doctor Enrique Acosta y Rabia paralítica en el hombre, firmada por el doctor Eduardo F. Pla Hernández.
La sección de Análisis Clínicos estaba dividida en dos partes, una dedicada a los análisis urológicos y otra a los análisis médico-legales. La existencia de esta última tuvo su origen en una solicitud del doctor Santos Fernández a la Junta Superior de Sanidad, interesado en que los tribunales le confirieran al laboratorio la práctica de los análisis químico-legales, actividad que, después de aprobada, se llevó a cabo en ese centro durante 19 años.
En la propia institución se preparaban además sueros antiestreptocóccicos, antidiftéricos, antitetánicos y equino-fisiológicos, de la vacuna anticorbuncosa y la pintadilla, entre otros.
Estos productos recibieron premios en exposiciones internacionales que tuvieron lugar en Charleston, Buffalo y Saint Louis.
Es algo en verdad curioso para la época la existencia de un centro con esas características, situado en un país colonial del Nuevo Mundo, en el que los investigadores disponían de abundantes recursos y entera libertad para llevar a cabo sus estudios. Sólo debían cumplir el requisito de ceder a la revista los resultados obtenidos, al efecto de hacerlos públicos por su conducto.
Por ello, la labor del LABORATORIO HISTOBACTERIOLÓGICO E INSTITUTO DE VACUNACIÓN ANTIRRÁBICA de la CRÓNICA MÉDICO QUIRÚRGICA DE LA HABANA quedó registrada en sus páginas. En ellas aparecen tanto los trabajos de sus fundadores, como los firmados por los que siguieron la obra comenzada por los doctores Fernández, Tamayo, Vildósola, Delfín y Albarrán. Por ejemplo, del doctor Enrique Acosta se atesoran 78 artículos de varios temas; del doctor Juan Nicolás Dávalos Betancourt se registran 49 escritos de Bacteriología; del doctor Domingo Madan Bebeagua hay 45 trabajos sobre Bacteriología y enfermedades infecciosas; el doctor Julio San Martín contribuyó con 28 que tratan asuntos de Laboratorio clínico y Hematología; del doctor Manuel Ruiz Casabó aparecen 39 sobre Bacteriología y el doctor Eduardo F. Pla aportó 63 sobre Epidemiología y Ginecología. Por otra parte, los doctores Ambrosio González de Valle, Vicente de la Guardia y Madan y Sinesio Lapeira publicaron muchos informes relacionados con la Estadística médica y la Demografía y el sabio Carlos J. Finlay Barrés colaboró con 16 trabajos sobre la fiebre amarilla. También de otros países se recibían contribuciones como las de los doctores Joseph Grancher de Francia, Irwing D. Steinhardt y Simon Baruch de New York y Víctor Delfín de España, por sólo mencionar algunos de los muchos que alargarían este listado de manera considerable.
Cuando en 1940 se dejó de editar la revista, el laboratorio siguió funcionando, pero poco a poco fue cayendo en decadencia. Los recursos económicos se hacían más y más escasos, a la vez que surgían nuevos laboratorios. De ese modo fue languideciendo hasta 1960 en que se fundió con el Instituto de Higiene y desapareció definitivamente como institución particular.
El contenido de este trabajo está orientado en principio a honrar a uno de los médicos cubanos del período colonial que con más ahínco se consagró al desarrollo de las ciencias médicas en su país; a dar información sobre una revista que, convertida desde su inicio en plataforma de la ilustración científica y cultural, circuló durante 66 años, a pesar de los inconvenientes y vicisitudes a que se expuso al surgir en medio de la Guerra de los Diez Años y sobrevivir luego a la Guerra de Independencia (1895-1898), a las intervenciones estadounidenses en los finales del siglo XIX y principios del XX y a dos guerras mundiales, sin dejar de cumplir el objetivo para el que fue creada.
Si a lo anterior se agrega que, por iniciativa de su director fundador y gracias al apoyo de sus redactores y de sus más cercanos colaboradores, se inauguró en Cuba el primer centro experimental de histobacteriología y química y de producción de vacunas contra la rabia de América, al poco tiempo de su descubrimiento por el científico francés Luis Pasteur, se tiene otra prueba del significado y de lo justo de recordar la fecha del 8 de mayo de 1887.

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