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Noviembre 8 de 1843. Natalicio del doctor Ramón Claudio Delgado Amestoy

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa

Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

 

El País Vasco español es una comunidad autónoma del nordeste de España, que forma parte de la región geográfico-histórica localizada en el extremo oeste de los Pirineos, cordillera europea entre el Océano Atlántico y el Mar Mediterráneo, que sirve de frontera natural y política entre Francia y España. Dicha comunidad abarca las provincias de Álava, Vizcaya y Guipúzcoa. La ciudad capital de esta última es Donostia, también conocida como San Sebastián, situada al noroeste al pie del Monte Urgull en una península entre dos bahías. En esa ciudad nació el 8 de noviembre de 1843 el doctor Ramón Claudio Delgado Amestoy, amigo y fiel e inseparable colaborador durante muchos años del sabio cubano Carlos J. Finlay Barrés (1833-1915).

A muy temprana edad quedó huérfano de ambos padres y pasó a los cuidados de un tío, quien al poco tiempo también murió y fue a parar al amparo y protección de su madrina, bajo cuya tutela dio los primeros pasos en la instrucción primaria y aprendió el idioma francés, teneduría de libros, pintura y música (violín). Cuando falleció su buena protectora, decidió trasladarse a Cuba a “buscar fortuna”, al igual que otros muchos inmigrantes españoles de su tiempo, acción que acometió en diciembre de 1857 con 14 años de edad. Se radicó en la ciudad de Cienfuegos, en la que permaneció por espacio de siete años y donde trabajó como perito calígrafo y como tenedor de libros. Con el fin de hacerse médico, se trasladó en 1864 a La Habana, donde tuvo que vencer primero los estudios de Bachillerato para poder más tarde matricular en la Universidad la carrera de Medicina, la cual venció con notas de sobresaliente en todas las asignaturas desde el primero hasta el quinto año, así como en los tres ejercicios de grado para la obtención de los títulos de Bachiller,  Licenciado y Doctor en Medicina.

En la labor asistencial logró tener una considerable clientela y llegó a ser el médico de confianza de muchas familias, de las que fue, además de un consejero indiscutible, el hombre a cuyo buen juicio y discreción se confiaban los problemas más íntimos y delicados.

Cuando en 1881 Finlay dio a conocer su teoría sobre la transmisión del contagio de la fiebre amarilla, ésta se vio opacada por la incomprensión y el escepticismo, en tanto se trataba de algo que irrumpía de modo discrepante en el curso natural del conocimiento médico, al producir una ruptura brusca con todos los conceptos entonces vigentes. En tal sentido hubo sólo una excepción, la del doctor Delgado, quien se mostró partidario de la teoría finlaísta desde el momento mismo en que fue enunciada. Se ofreció a Finlay para auxiliarlo y éste lo aceptó como apreciable colaborador. Ambos integraron una especie de colectivo de trabajo que sometía a discusión distintos aspectos de la labor de experimentación y cuya conducta puso de relieve su bien formado método operativo de estudio y de trabajo. Su principio metodológico se basaba en el precepto de que en la experimentación científica era indispensable la cooperación y el intercambio de puntos de vista incluso contrarios en algo tan delicado como era llevar a cabo las inoculaciones experimentales en el ser humano.

El binomio formado por los doctores Finlay y Delgado fue la conjunción de dos personalidades que se complementaron muy bien desde que asumieron juntos por primera vez tareas relacionadas con la inoculación a voluntarios con los mosquitos infectados. La experiencia de Delgado, sobre todo en hematología, fue muy útil para los trabajos concebidos y ejecutados por Finlay en el análisis de la sangre de los mosquitos para encontrar en ella el medio generador de la fiebre amarilla.

En Delgado se conjugaron varias positivas cualidades. Era un hombre discreto,  culto, serio, afable, activo y muy trabajador, que unía a una clara inteligencia, una voluntad de hierro y una intachable honradez. A pesar de haber nacido muy lejos de Cuba, dejó en la isla huellas muy trascendentes. En 1875 comenzó a ejecutar un plan de mejoramiento físico y superación moral de las prostitutas, que incluía su instrucción por selectos profesores en labores manuales y domésticas, según sus inclinaciones vocacionales. En 1878 se le nombró Secretario fundador de la Sociedad de Socorros Mutuos para los médicos de la provincia La Habana, cuyos Estatutos fueron por él redactados. En agosto de 1879 se le designó el cargo de Secretario General de la Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana y, al mes siguiente, el de bibliotecario y archivero de la Sociedad Antropológica de la Isla de Cuba. Fue el fundador de la primera sala de asepsia y antisepsia establecida en Cuba y en 1880 fue el primero en realizar con éxito una transfusión de sangre en el país. En 1881 se le nombró miembro efectivo de la Comisión de Fiebre Amarilla en la Sociedad de Estudios Clínicos; en 1882 el Nuevo Liceo de La Habana lo eligió Vocal de su Junta Facultativa y en 1883 fue Académico de Número de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana y Socio de Número de la prestigiosa Sociedad Económica de Amigos del País. En 1885 hizo la segunda operación de perineorrafia de Emmet en Cuba y, ocho años después, en 1893, fue el tercero en practicar la laparohisterectomía completa en el fibroma intersticial subperitoneal del útero. También en 1885 y hasta 1887 fue designado bibliotecario de la Academia de Ciencias y, de 1887 a 1889, fue el Director de los Anales de esa organización, tiempo durante el cual nutrió a esa revista con valioso y abundante material científico. En 1889 lo hicieron miembro de la Comisión de Saneamiento de La Habana; en 1894 Académico Honorario y en 1908 Académico de Mérito.

La muerte de su entrañable amigo y maestro, el doctor Carlos J. Finlay, el 20 de agosto de 1915, unida al padecimiento de una enteritis crónica pertinaz y rebelde a todo tratamiento que lo afectaba desde hacía algún tiempo, fue minando cada vez más su existencia. Al amanecer de un domingo, manifestó que haber soñado con un viaje a través de tierras vascas le proporcionó gran alivio a su mal. Por ello embarcó hacia España en junio de 1916 y el 13 de julio siguiente falleció víctima de una bronconeumonía. Ocho años más tarde, su viuda e hijo que permanecieron en Cuba escribieron a España para solicitar la exhumación y el traslado a ésta de sus restos, hecho que se hizo efectivo el 6 de octubre de 1924. Desde entonces descansa en la segunda bóveda del cuadro 8 del cuartel N.O. en el Cementerio de Colón.

El doctor Ramón Claudio Delgado Amestoy, quien colaboró con Finlay durante 20 años consecutivos y a su lado soportó las burlas y diatribas de muchos de sus colegas; el fiel amigo de quien no pocas veces el propio sabio manifestó que de no haber sido por él “no habría llegado a feliz término su descubrimiento”; el hombre de ciencia mitad español y mitad cubano que dedicó lo mejor de sus energías a la prosperidad de la Medicina en la época que le tocó vivir, merece un lugar muy bien ganado en el espacio destinado a los protagonistas de grandes hazañas en la historia de la ciencia. Es en virtud de ello que con este trabajo de recordación a la fecha del nacimiento de este hombre singular, se ha tratado de rendir un modesto homenaje de gratitud y reconocimiento a su memoria.

 

 

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