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Recordando a los maestros de la urología cubana

Dr. Antonio Rivero Alvisa. Profesor Consultante de Urología del ISCM-H. Facultad Finlay-Albarrán Presidente de la Sociedad Cubana de Urología.

MIS RECUERDOS.

Solicité, como Presidente de la Sociedad Cubana de Urología, a los compañeros que organizaron el Homenaje a Joaquín Albarrán, que cada año celebramos por su natalicio, con la idea de hablar, no como Presidente de la Sociedad, sino como el alumno que hace 50 años llegó a este hospital y recibió la enseñanza de la Urología. De los que aquí estamos, sólo dos o tres comparten conmigo la dicha de haber conocido a Profesores que entonces no lo eran nominalmente, y se me ocurrió que pudiera ser interesante explicarles a ustedes cómo veíamos a aquel grupo de médicos de quienes esperábamos la ayuda necesaria para ser como ellos. No he hecho investigaciones de fechas, documentos o entrevistas. Sólo son mis recuerdos.

DESARROLLO:

En enero del año 1957, estudiando el segundo año de la carrera de Medicina, dado que la Universidad estaba cerrada después del desembarco del Granma y el inicio de la lucha en la Sierra Maestra, decidí dedicar las mañanas a labores prácticas en el hospital universitario Gral. Calixto García. Mi intención era  trabajar en algún Servicio donde se hiciera cirugía, no tenía ninguna otra definición, ni tenía tampoco ninguna relación familiar o de otra índole con los médicos y profesores del hospital. Junto a la cafetería del hospital, a su entrada, me encontré con un compañero de curso que había sido además compañero del bachillerato: Arturo de Quesada y Echemendía (después se hizo cirujano general y más tarde abandonó el país). Arturo me brindó la posibilidad de presentarme a su tío, el doctor Enrique Pernas Echemendía, que trabajaba en el Servicio de Urología, en la Sala Albarrán, donde se hacía cirugía y a donde él asistía diariamente. Acepté.

En este Servicio existían tres grupos de trabajo: uno del Jefe de Servicio (Dr. Rodríguez. Molina), otro del Dr. Ajamil y un tercero del Dr. Álvarez Miari que eran los únicos docentes de la Cátedra de Urología. El Dr. Pernas era del grupo del Dr. Ajamil. Pernas era cirujano general formado en el propio hospital y con años de experiencia en cirugía. Muy hábil y rápido. Estaba a cargo de las camas del grupo al que pertenecía y funcionaba como Jefe del grupo. La relación con Pernas era fácil, era un hombre de trato jovial y modesto; siempre de porte intachable, de blanco completo, incluyendo el calzado. Sólo me pidió seriedad en el trabajo y en la asistencia al hospital y me advirtió que el Prof. Rodríguez Molina no permitía la asistencia de alumnos que no hubieran aprobado la asignatura de Urología. En varias ocasiones el Prof. Rodríguez Molina me pidió el carné de alumno de Medicina, pero yo me excusaba diciendo que nunca lo portaba por la persecución de la policía sobre los estudiantes universitarios; me perdía del Servicio unos días y después regresaba.

Me presentaron al alumno Danilo Fernández Trebejos (de Guanabacoa) que se haría cargo de darme las primeras tareas: lavar sondas, lavar y secar los instrumentos, pasar y fijar sondas de Nelaton, manejar la careta de Trylene (anestésico aplicado por vía aérea, durante algún proceder doloroso que después fue condenado al desuso), etc. Yo no puedo precisar la fecha exacta, pero en el mismo mes de enero, subí al salón de operaciones. La jefa en aquel momento era la alumna de enfermería Dolores Martínez (Lola) que fue quien me enseñó a vestirme en el salón, ponerme guantes, y sobre todo, a lo que no debía hacer para no estorbar. Ese día vi a Pernas hacer una cirugía vaginal que, como se podrán imaginar, no entendí  en absoluto.

La Jefa de Enfermeras de la consulta era una señora a la que todos debíamos respetar (Blanquita); nos vigilaba y exigía la limpieza, utilización y ordenamiento de las sondas e instrumentos que se usaban en la consulta. El enfermero Pedro, un hombre ya viejo, se ocupaba de las dilataciones con beniqué u otros dilatadores (se daban 25 turnos diarios) y nos enseñaba y permitía que hiciéramos alguna. En la Sala, la Jefa era una enfermera que era novia del Dr. Bernabé Ordaz (anestesista del hospital que daba servicio a nuestra Sala y que después se alzó en la Sierra Maestra y bajó con grados de Comandante) quien falleció recientemente, después de una encomiable labor en el Hospital Psiquiátrico de La Habana, que ahora tiene su nombre. Por cierto, el Dr. Ordaz era católico y desde aquella época daba ayuda a muchachos con limitaciones mentales y con anomalías. El pabellón contaba en su planta baja con el gran salón de espera que todavía existe, un museo de instrumentos urológicos, las consultas con 5 cubículos, la enfermería y salón de dilataciones, un pequeño espacio para curaciones, un  archivo de historias clínicas ambulatorias, un departamento de rayos X con una mesa urológica y el cuarto oscuro, una oficina del Jefe de Servicio y un aula pequeña.

En aquellos tiempos fui conociendo a otros médicos que formaban parte del grupo: el Dr. Fidel Presmanes, el Dr. Julio César Morales, el Dr. Vicente Osorio que había sido residente de cirugía del hospital y otros que no llegaron a desarrollarse en la especialidad. Después se incorporó el Dr. Miguel de la Cruz Sánchez, que era cirujano general del hospital.

Pernas era el primero en llegar al hospital, recorría la Sala y cuando bajaba estaba informado de todo lo sucedido. Una mañana me encontró en la consulta y me preguntó por algún  enfermo de la Sala: yo no había subido. Me enseñó ese día cuando me dijo: “¡Lo primero es subir a la Sala y saber cómo están los enfermos, en especial los operados!”. Desde ese día mi primera acción era subir e informarme con el enfermero Armando, de quien aprendí muchas maniobras y que entraba a las 7 a.m. El Dr. Pernas era muy hábil en maniobras urológicas a ciegas: le ayudé varias veces a realizar uretrotomía con el uretrótomo de Maisonneuve en la consulta externa e incluso a pasar la canal del uretrótomo sin colocarle el latiguillo por no poder pasar éste, así como extraer pequeños cálculos de la vejiga a mujeres, usando pinzas a través de la uretra.

En aquella época la prostatectomía era una operación que requería del cirujano, un primer ayudante, un segundo ayudante para separar, uno en la bandeja o dos y otro en la mesa de instrumentos para preparar el catgut, sondas, etc. Se practicaba mucho la prostatectomía transvesical, sobre todo por el grupo del Dr. Álvarez Miari y la vía retropúbica por los otros dos grupos. Pernas describió la vía transperitoneal que era una variante de la transvesical. La defendía con la teoría de que el cierre de la vejiga era más seguro por el cierre de la última capa peritoneal, que era definitivo. Tuve la oportunidad de asistir como ayudante de la mesa de instrumentación al Dr. Pernas, con el Dr. Osorio de primer ayudante, en una prostatectomía transperitoneal realizada como parte de un Concurso de Oposición por una plaza, contra el sobrino del Jefe de Servicio. Asistí también a la discusión de caso del Concurso, donde oí una verdadera disertación de Medicina urológica de ambos participantes; el Concurso lo ganó el Dr. Pernas.

No es posible recordar todos y cada uno de los elementos prácticos que aprendí de cada uno de ellos: tipos de sutura, hábitos del uso de los instrumentos, maniobras a ciegas, detalles de cada técnica quirúrgica. Con el paso del tiempo me fueron dando más actividad. La cirugía menor se hacía en un pequeño salón cuya puerta daba al pasillo que iba de la Enfermería hasta el salón de esterilización y se abría desde afuera. Por tanto teníamos que realizar las cirugías menores en la posición del primer ayudante, pues si el Jefe de Servicio abría la puerta debíamos simular que el cirujano era el especialista que estaba con nosotros. Así hicimos las primeras circuncisiones, que por cierto estaba prohibido hacerlas con la pinza de Kocher recta, los hidroceles, etc.

El Dr. Julio César Morales trabajaba muy ligado al Dr. Valverde, quien venía poco por el Servicio pues tenía su consulta privada y atendía tres clínicas mutualistas con bastante trabajo en cada una: Clínica Lourdes en la Víbora, Clínica Reina en la calle de su nombre y la Clínica Martínez Corpas en la Calzada de Monte, cerca de la esquina de Tejas. Así comenzamos a asistir como ayudante a esas clínicas y aprendimos de los Dres. Valverde y Morales su modo de trabajar. El Dr. Osorio, dentro del hospital y en una clínica en las afueras de La Hababa, cerca de la Cervecería Hatuey, nos enseñó varias maniobras quirúrgicas como herniorrafias, suturas intestinales y sobre todo un estilo depurado del uso de los instrumentos y en la disección. El Dr. Miguel de la Cruz era cirujano y urólogo de varias clínicas pequeñas y en ocasiones por corto período de tiempo (Guanabo, Clínica el Sol en la loma de Jesús del Monte, El Calvario y otras). Con él ayudé en histerectomías, herniorrafias, cesáreas, cirugía intestinal, etc. Todos se ayudaban unos a otros y nosotros, los alumnos, aprendíamos de cada caso.

Desde aquélla época, en esta Sala, en el aula pequeña de que les hablé al inicio, creo que mensualmente, se reunían los urólogos para discutir casos y presentar estudios en un llamado Staff Meeting. Se pasaba asistencia y se levantaba acta y por supuesto para nosotros era de gran enseñanza. El Dr. Osorio me orientó un trabajo sobre infección de las heridas que eran muy frecuentes y tuve la responsabilidad de presentarlo en una sesión. En esas reuniones y otras mayores de la Sociedad Cubana de Urología conocí al Dr. Ricardo Portilla, que tampoco frecuentaba mucho el Servicio y trabajaba en el Instituto del Cáncer y en la Clínica Dependientes, hoy 10 de Octubre.

Pernas, al triunfo de la revolución, se incorporó a las Milicias Nacionales Revolucionarias. Después del proceso de depuración de los docentes de la Universidad de La Habana y del inicio del éxodo de profesionales, los Dres. Portilla, Valverde y Pernas se hicieron cargo del Servicio y de la Cátedra de Urología. Formaron parte del claustro de profesores los Dres. Presmanes, Morales, Osorio, de la Cruz y el Dr. Orlando Bravo Pardo (urólogo del Centro Benéfico Jurídico y relacionado con el grupo, aunque yo no lo conocía).

El Dr. Pernas cumplió con sus deberes como miliciano en todas las movilizaciones de los inicios de la revolución. Fue Sec. General del PCC en este hospital muy poco tiempo después de la creación del Partido y lo fue por mucho tiempo. Además le fue asignada la tarea de la remodelación y ampliación de la Sala Albarrán.

Fue el Tutor de mi Tesis de Terminación de la Residencia, aunque la idea general me la dio el Profesor Portilla. La idea era buscar la verdad acerca del papel de la infección como causa de la litiasis. En aquel momento se publicaron algunos trabajos sobre nefrocultivo para demostrar la existencia de pielonefritis, por lo que en cada caso que se operó de litiasis se tomaba biopsia renal para el Patólogo y también para cultivar en busca de bacterias. Con el grupo estudiado no encontramos predominio significativo de la infección y sí se demostró la existencia de trastornos metabólicos que tenían peso, cosa a la que los urólogos no daban mucho importancia. El Dr. Pernas, a pesar de ser mi Tutor, me señaló al final de la discusión que no le había dado importancia a la extracción social de los enfermos; después hemos visto como cierta esa observación.

No quiero dejar de señalar que con el Profesor Pernas se podía recibir consejos de todo tipo: problemas personales, laborales, relaciones humanas, etc. El Prof. Presmanes tenía otra forma de ser. Se mantenía siempre bien vestido y en posición abierta a la enseñanza, afable, pero con el respeto que merece la actividad médica. Ante los alumnos, en un aula, era impresionante su formación como docente. En el Salón de Operaciones era exacto, rápido y meticuloso. Tuve la oportunidad de ayudarlo en un pequeño hospital en Guanabacoa, los sábados, después de terminar las actividades en el Calixto García. Allí en unas horas se operaban 2 o 3 prostatectomías, que por cierto las hacía en este hospital, transvesicales, con una rapidez tremenda. En uno de los viajes a Guanabacoa, en su carro, me atreví a preguntarle por qué él se comportaba a veces de forma arrogante; me respondió: “Aprendí, cuando era alumno como tú, que en el medio actual en que nos desenvolvemos no se puede ser sencillo, hay que darse a notar y esto me ha venido bien”. Pero sabía hacer el chiste apropiado y oportuno, era sagaz en sus respuestas y brillante en sus intervenciones en las polémicas de los temas urológicos. No lo conocí como uropediatra en la práctica, pues después de la distribución de los docentes por los hospitales de la ciudad y en la época de mi post graduado y Residencia no coincidí con él. Sus sentimientos afectivos los mostraba sobre todo a quienes merecían su confianza y respeto. A la muerte del compañero Durán (alumno predilecto de Presmanes) me propusieron que despidiera el duelo y yo respondí que me parecía que le correspondía al Profesor Presmanes. Me dijo que él no podía afrontarlo y yo despedí ese duelo, sin embargo no pude asistir al del Dr. Presmanes.

El Profesor Portilla fue maestro de muchos de nosotros. Yo tuve la oportunidad de trabajar con él desde el Internado. Lo ayudábamos a operar aquí y en la Clínica Miramar (hoy Cira García) los sábados, de forma intensa. Su carácter afable se tornaba rudo cuando tropezaba con caracteres autosuficientes o contradictorios. Su casa siempre estuvo abierta para nosotros y tuvo siempre gestos de complacencia para sus amigos. En la cirugía urológica era muy bueno, arriesgado y hábil. Descargaba su experiencia tanto en el salón de operaciones como en los pases de visita y en las reuniones científicas de la especialidad. Gracias a sus relaciones personales e internacionales se logró la Sección Cubana de Urología en la Societé Nationale d’Urologie (SIU) y en la Confederación Americana de Urología (CAU)

El Profesor Mariano Valverde Medel tenía una personalidad especial. Su modo de enseñanza era autoritario y sin embargo su comportamiento era humano y solidario. Recuerdo que siendo yo Interno (éramos 11 en mi curso y Avelino, Moré, Vigil y yo teníamos experiencia práctica en la especialidad) un día, no sé a qué hora, pero sí apurado por irme se presentó un enfermo con polaquiuria intensa; pero orinando y, sin examinarlo presumí que se trataba de un prostático por lo que le receté Progesterona y nada más. A los pocos días el enfermo cayó en la consulta del Profesor Valverde quien, después de examinarlo, se levantó de su silla para buscarme y decirme, delante de todos: “¡El Dr. Rivero trata los cánceres de próstata con Progesterona!” No sé si el método docente utilizado será calificado de bueno, regular o malo por los metodólogos, pero para mí nunca más se me olvidó que, o se atiende bien a un enfermo o uno se excusa y no lo atiende. Sin embargo, no se ocultaba para decir que cuando yo lo ayudaba a operar en el salón había silencio, pues todos saben que a él le gustaba discutir con los ayudantes y yo no le respondía, sólo rectificaba mi quehacer. Tampoco olvido la ocasión en que durante la presentación de mi Tesis para Especialista, que era compleja, con dos proyectores de diapositivas de aquella época, contra el reloj, como él no era miembro del Tribunal, desde el fondo de este mismo salón me hacía señas de apurarme o de ir más despacio en la media hora que debía transcurrir.

En las fiestas no hay que describirlo, todos lo recordamos. En la organización del trabajo y en las actividades científicas era estricto pero a su vez entusiasta. Me llamaba Presidente desde que ocupé esta posición en la Sociedad. Y me compulsaba a la realización de actividades científicas constantemente. Para él el desarrollo de la Sociedad era una necesidad de primer orden. Valverde y Portilla, con la ayuda del resto de los profesores, organizaron de forma brillante el Congreso Nacional de Medicina en la Cuba Revolucionaria y participaron después en la dirección de la Facultad de Medicina hasta la separación de ésta para Victoria de Girón.

Durante la Residencia tuvimos otros Profesores que hoy no están ya presentes: Dr. Rafael Ferrándiz, Dr. Alfredo Gómez Sampera, Dr. Adalberto Rodríguez López. Todos con igual dedicación a la docencia. Este grupo de Profesores se dedicó a darnos, no sólo la instrucción urológica necesaria, sino también la educación de una serie de hábitos que caracterizan al urólogo de hoy y que debemos mantener por siempre o mejorar, como son: la puntualidad en las actividades de todo tipo, la seriedad y dedicación ante la atención de los enfermos de forma integral, el espíritu docente dado por la enseñanza espontánea y continua de lo sabido y por la apertura oportuna a aprender de cualquier compañero y de los enfermos, a investigar y hacer saber lo que pensamos y demostramos. Nos enseñaron la fidelidad al pueblo de Cuba. Es necesario señalar, antes de terminar estas palabras, que no hubo ningún caso de deserción en este grupo de Profesores que ya tenían un nombre y desarrollo en la especialidad. En fin, fabricaron una escuela urológica cubana que hoy está en nuestras manos mantener y perfeccionar. ¿No tuvieron errores estos Profesores? Como en toda acción humana hubo errores y hay errores. No se habla de las manchas cuando se habla del sol.

Estos recuerdos pueden ser ampliados, quizás perfeccionados con la ayuda de compañeros presentes, pero mi intención es no dejar pasar este momento en que recordamos a Joaquín Albarrán Domínguez, reconocido mundialmente, y recordar también a los que aquí, en Cuba, han dado nombre a la especialidad y han formado nuestra escuela urológica. Por otra parte sólo pido, en nombre de los que continuamos la obra de estos grandes maestros, que cada uno de ustedes recuerde a sus actuales docentes como recordamos nosotros a los Profesores Portilla, Valverde, Pernas y Presmanes.