Infomed

Una lucha infructuosa por la higiene y salubridad citadina: Santiago de Cuba en el siglo XIX

Dr. Carlos Rafael Fleitas Salazar. Especialista de Segundo Grado en Anestesiología Hospital "Saturnino Lora" Santiago de Cuba

La historia atestigua que cada vez que la gente se ha reunido, y se han formado comunidades, tanto las cualidades positivas como las negativas de la naturaleza humana han encontrado sustento allí.
Eliel Saarinen.

La humanidad en constante expansión demográfica se ha caracterizado desde los tiempos modernos por un creciente proceso de urbanización. La condensación de población en núcleos o ciudades trajo aparejada la acción y efectos de construir, ensanchar y renovar, cambiando con ello no solo la impronta del marco habitacional sino también la forma de pensar y manifestarse los individuos 2. A la primera fase de este proceso de modernización Rolando Mellafe denominó “desruralización”, y para Santiago de Cuba opina María E. Orozco que se inicia en 1788 basándose en las transformaciones que principia el gobierno de Juan Bautista Vaillant en busca de “un desarrollo económico diferenciado como vía para su autotransformación, acción que llevaba implícita la transformación de la ciudad en un centro político que la prestigiara” 3.
Mas la urbanización en tanto proceso cultural y civilizatorio obliga a los gobiernos y ciudadanos a tomar medidas de autoprotección que sin duda alguna significan un gravamen para los fondos y la economía en general pero indispensables para garantizar un factor primordial, la higiene de la ciudad, amenazada por la virtual contaminación de las fuentes de agua, las vías de eliminación de basuras y aguas albañales, la contaminación por los hedores desprendidos de residuos industriales, el movimiento de cadáveres hasta su definitiva sepultura en sitios adecuados, el trazado y nivelación de las calles y por último la lucha antiepidémica, pues las epidemias son constante amenaza en ciudades que por su relevancia política y económica reciben gran cantidad de población fluctuante o que por la demanda de mano de obra propician las migraciones del campo a la ciudad4. La situación epidemiológica de Santiago de Cuba se complica por la presencia del puerto y bahía de la ciudad, que según Marrero “se clasificaba en 1844 como puerto de primera clase y su volumen de exportación era el tercero de la isla después de La Habana y Matanzas”5
Para finales del siglo XVIII España hubo de abrir algún espacio ante los retos de la modernidad, permeó el pensamiento ilustrado y particular influencia ejerció en Cuba la oleada de inmigrantes provenientes de la vecina Haití. Era evidente la necesidad de salirle al paso a las continuas epidemias ahora quizás más temibles dada la mala higiene de las urbes en aumento, el abigarrado crecimiento demográfico y la continua universalización del comercio marítimo-portuario.
Del Santiago de fines del siglo XVIII tenemos el testimonio contradictorio de Don Agustín de la Texera, quien principia alabando las virtudes de la ciudad y más adelante dice “la plaza del mercado: negras arrellanadas en el suelo, tan asquerosas como las escorias en que se amontonaban, teniendo entre las piernas o a su lado una batea con carne ahumada o fresca de puerco...” 6 . Al relacionar las enfermedades por él vistas culpa de ellas a los franceses o a los españoles de Santo Domingo y de Costa Firme, o en definitiva al clima y situación geográfica ; es obvio ya que por aquel entonces tenía preponderancia la teoría miasmatica de la transmisión de las enfermedades.
María E. Orozco, en su tesis doctoral, caracteriza muy brevemente a la ciudad cuando principia el gobierno de Vaillant: “La situación de Santiago de Cuba en cuanto a la higiene urbana era lamentable” 7; así era realmente, cualquier otro adjetivo sobra, y continuó siendo lamentable durante todo el decursar del siglo XIX pese a las inversiones que algunos gobernadores realizaron, como Kindelán, Escudero y Carlos de Vargas Machuca.
Un ejemplo es el estado mismo de las calles, para 1788 Orozco abunda:
... las calles polvorientas, [..], eran vehículo proclive de enfermedades, además de ser muy sinuosas e irregulares y de estar llenas de huecos que se convertían en furnias cuando llovía. La falta de caudales, que por diferentes razones sufría la ciudad, había impedido llevar a cabo el necesario trabajo de recomposición y mantenimiento de las principales vías8
Veamos el informe de un regidor medio siglo después, en 1856:
... el pésimo estado de las calles, no solo en las orillas, sino hasta bien adentro de la población: habiendo algunas donde es imposible el transito de gente a caballo y aun el de a pie es harto peligroso; y espanta y da miedo el aspecto de muchas9.
Un punto álgido en la higiene de la ciudad durante todo el período colonial fue el destino de la basura o desperdicios sólidos. Bacardí refiere que el 31 de mayo de 1824 se establecieron cuatro carretas con cajón para extraer las basuras de las casas y calles, reitera que en 1839 se establece el servicio, empero nada indica que esto pasara del impulso volitivo 10.
El primer testimonio documental al respecto data de 1839, cuando Cesáreo Chacón propone establecer carros con destino a la limpieza de las basuras de la ciudad dado que su acumulación causa incendios y otros males. El gobernador Joaquín Escario se avino con el proyecto mas surgieron enfados ya que algunos protestaron de que Chacón monopolizase la empresa. En 1842 no se había aún dirimido el conflicto y la basura seguía campeando por la ciudad, convirtiendo algunas calles en verdaderos estercoleros.
Para el depósito de las basuras generadas por los vecinos y la actividad cotidiana, se designaban periódicamente puntos a las afueras de la ciudad, las reglas sanitarias preveían que las distancias entre las ultimas casas y dichas puntos debían ser no menor de dos mil varas. El continuo crecimiento de la urbe provocaba en ocasiones verdaderas crisis, hacia 1857 el Sindico del Cabildo propone cuatro puntos:
 Al sur desde los alrededores del Punta Blanca por detrás de lo que llaman el Recreo.
 Todo el bajo o placer entre la altura del Tivolí y la de del Calvario.
 Al este los bajos que se extienden desde Santa Ursula al demolido ingenio de Sueño.
Al norte desde las llanuras de Santa Inés hasta la playa.
Alertando que se respetasen los caminos de entrada y salida de la ciudad11.
Para 1860 el gobernador Antonio López de Letona sugirió al Cabildo la posibilidad de que la limpieza de las calles y la extracción de la basura se convirtiesen en servicio municipal, desempeñado por contrato o por la Administración y por cuenta de los fondos municipales, pero salió a colación el mismo obstáculo de siempre: la carencia de fondos. Por ende los vecinos conducían la basura por sus propios medios, enviaban a sus esclavos quienes las expelían donde primero les resultara conveniente, dada la inexistencia de un centro único, afectándose la salubridad citadina.
Una disposición del Gobernador instituyó la recogida de la basura por los presos, debiendo los vecinos sacarla a sus puertas un día si y otro no, a las 5 a.m., abonando una suscripción según su poder adquisitivo. Esto duró desde octubre de 1860 hasta octubre de 1864, en que el gobernador civil eximió al presidio de esa función. Algunos vecinos, conscientes y convencidos de las bondades del sistema de recogida de basuras, abogaron por su mantenimiento, no obstante el gobierno municipal solo se aquejaba de las penurias económicas, gravadas por las deudas del acueducto 12.
Precisamente en 1864 fueron reubicados nuevamente los puntos donde se arrojaban las basura, se marcaron con horcones de maderas de calidad en cuya parte superior se colocaron carteles con la letra B. Estas frecuentes mudanzas nos da una idea más que ilustrativa del ritmo sostenido de crecimiento de la ciudad, esta vez los puntos se ubican en lugares bien distantes del centro urbano:
 Puente del diablo, a la entrada del Morro.
 Punta Blanca a inmediaciones del polvorín del Fuerte de saludo de la plaza.
 Entrada de las lagunas.
 Playa Caimanes 13.
A pesar de que las ordenanzas municipales eran estrictas en la vigilancia de este asunto, previendo multas de tres pesos para los que arrojasen basuras fuera de los puntos señalados, en 1865, los regidores de la Comisión de Ornato denuncian la existencia de nueve vertederos clandestinos 14.
Así llegó el año 1866, luego el estado de beligerancia fue pretexto suficiente para evadir el deber administrativo, y la Muy Noble y Muy Leal Ciudad continuó siendo una muy asquerosa ciudad hasta el 23 de julio de 1898, en que fue inaugurado de una vez para siempre el servicio de recogida de basuras a domicilio 15.
A principios del siglo XIX en Cuba se dio la coyuntura que propició la aplicación por vez primera en la Isla de una campaña con fines preventivos y antiepidémicos. Se trató de la vacuna antivariólica, y fue Santiago de Cuba la primera plaza donde esto se aplicó. Tomás Romay en su “Memoria sobre la introducción y progreso de la vacuna en la Isla de Cuba”, leída en las Juntas Generales de la Sociedad Económica de La Habana el 12 de diciembre de 1804, expresó refiriéndose al beneficio de la vacuna:
La ciudad de Cuba (entiéndase Santiago) disfrutaba de él un mes antes que la Habana. Mr. Vignard, cirujano francés procedente de Santomás, vacunó el 12 de Enero una niña con el pus que traxo entre cristales de aquella Isla. Lográndose en ella la erupción de unos granos verdaderos, se encargó de propagarla el Doctor D. Miguel Rolland, y el 26 de Febrero la había comunicado a ciento quince personas, lamentándose de que la desconfianza y algunas preocupaciones vulgares, obstruían sus progresos en un pueblo numeroso que tanto necesitaba de aquel auxilio 16
Coincidió este intento con la expedición de Francisco Javier de Balmy, médico honorario de S.M., a quien Carlos IV envió a todas sus posesiones de Ultramar entre 1803 y 1806, universalizando el descubrimiento jenneriano, fue esta “la principal hazaña sanitaria del mundo ilustrado” 17. El primer país visitado fue Venezuela, dirigiéndose en mayo de 1804 a Santiago de Cuba, donde fue recibido por la vecindad con grandes muestras de hospitalidad y acudió el Cabildo a darle la bienvenida 18.
A su paso por los distintos territorios se iban creando las Juntas de Vacuna, así en la Sala Capitular santiaguera y el 18 de junio del mismo año se constituyó una junta médica para la propagación de la vacuna, empeño al cual ofrecieron sus servicios gratuitos el médico francés Miguel Rolland y el santiaguero José Joaquín Navarro, entre otros 19. En definitiva, el Dr. Balmy halló tanto en Santiago como en La Habana un colectivo de profesionales entendidos en la vacunación y competentes para emprender su aplicación, hecho el cual desgraciadamente no apoyó la población.
S20abidos son los inmensos esfuerzos propagandísticos realizados por el Obispo Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa, que le impelieron a redactar una “Exhortación al uso general de la vacuna” el 27 de enero de 1806, llamando a despertar del “sueño de la indolencia” y acudir al “saludable preservativo de una peste mortífera como la viruela” 20. Sin duda alguna vientos adversos soplaron también en Santiago de Cuba pese al filantrópico deseo de algunos médicos, porque si bien Bacardí refiere que Rolland vacunó a 2 621 individuos, al menos el 13 de marzo de 1806 no quedaban vestigios de la campaña cuando el Capitán General de la Isla hubo de librar diligencias para que se establezca en esta ciudad una Junta de Vacuna y se arbitren medios para compensar el trabajo de sus miembros de propagar el virus vacuno, según recomendaba la Junta Central de Vacunación.
El gobernador Sebastián Kindelán respondió estableciendo una Junta el 1ro. De abril de 1806 con el Dr. Rolland como vocal, y a los efectos se creó un arbitrio de dos reales por cada negro bozal introducido a la población para remuneración a los vocales, pues debíase vacunar al menos una vez a la semana, sin exigir de los vecinos estipendio alguno.
Pero aquí comenzaron las penurias económicas, que junto a la mala fe de la población provocó que la campaña no gozase de masividad. El 22 de abril de ese año el Síndico Procurador del Común de esta ciudad informó que no era suficiente el fondo dada la poca cantidad de negros que entraban, sugiriendo se tomaran del fondo de propios. Esta afirmación nos pone sobre la evidencia de una realidad, la actitud reacia de los hacendados criollos a colaborar con el útil propósito, empeñados en obtener las máximas ganancias que su incorporación al mercado azucarero prometía, falseaban la realidad ocultando un dato como la entrada de esclavos, cuando para todos era público que en estos años entraron importante cargazones, si bien muchos de forma fraudulenta.
Gracias a los esfuerzos de los médicos, fueron tratados con el antídoto antivarioloso 1 507 habitantes entre los años de 1814 y 1815. En 1816 cundió la viruela por la ciudad, esta vez a causa del descuido e irresponsabilidad del oficial de sanidad del puerto, quien pese a las continuas recomendaciones que le hiciera la Junta Subalterna de Vacunación no ejerció la vigilancia debida, y desembarcaron en Santiago dos personas de un buque mercante quienes contrajeron las viruelas entre Portobelo y Chagre.
Los mencionados viajeros contaminaron a los ciudadanos y cundió la enfermedad. Ante esta situación se procedió a realizar vacunaciones públicas diarias e incluso fue posible realizar ciertos ensayos clínicos con las inoculaciones 21.
La afluencia de la población al acto de la vacunación dependía del pavor que creaba la proximidad o no de una epidemia. Por otro lado, los amos vacunaban a sus esclavos con mayor complacencia que a sus familiares; veamos algunas cifras:

Años Blancos Pardos Negros Total
1832 131 150 498 779
1833 130 123 421 674
1835 220 194 526 940
1836 119 152 189 460
1837 262 257 334 853
1838 162 141 381 684
1839 198 257 757 1212
1860 238 247 102 587

Fuente: ANC. Junta Superior de Sanidad. 35: 3. Sumas realizadas por el autor.

Hasta 1839 sólo habían sido vacunados aproximadamente el 20 % de la población de la ciudad, tres décadas después la situación se mantenía igual.
Las disquisiciones sobre los fondos para los gastos de sanidad jamás tuvieron fin. La Junta de Vacunación fue incorporada oficialmente a la de Sanidad en 1849, mas en Santiago de Cuba había desaparecido antes, en octubre de 1843 fue incorporado el ramo de vacuna a la Junta de Sanidad 22, y en 1846 el Dr. Enrique Díaz Páez – “ secretario de la extinguida Junta de Vacunación” 23 – ostentaba la responsabilidad de conservar y propagar la vacuna en esta población, solicitó un aumento de sueldo, que reiteró dos años después en calidad de facultativo vacunador de la plaza.
El 6 de febrero de 1856 y con el fin de ahorrar sueldos, el Gobierno Superior Civil de la Isla aprobó que un mismo facultativo atendiera las necesidades médicas de la cárcel de la ciudad, a los miembros del cuerpo de policía y además ejerciese de vacunador, restándole más aún a esta última tarea. Debido a la amenaza de la epidemia de viruelas se reactiva la función de vacunador, tal es así que el Reglamento de Vacuna para la Isla de Cuba emanado de la Junta Superior contemplaba dos plazas de vacunadores titulares para Santiago de Cuba, que fueron adjudicadas por acuerdo del Cabildo del 17 de julio de 1858.
En 1865 los regidores se “lamentaban” del abandono en que había caído el uso de la vacuna, las cepas acabaron por morir y el Ayuntamiento se descargó de una vez por todas del gravamen económico que para sus fondos significaba tan justo empeño.
Las juntas de sanidad fueron expresión de la voluntad real por institucionalizar la administración de la salubridad e higiene pública. Cuándo fue creada en Santiago de Cuba la Junta de Sanidad es un dato que aun no hemos podido establecer con certeza. Ya el 1 de julio de 1814 había Junta de Sanidad en Santiago de Cuba, ocasión en que sus miembros trasladan al Ayuntamiento su inquietud por el aseo y buena propiedad de las calles, solicitando un arbitrio para contribuir al costo del aseo 24.
En 1833 se constituyó la Junta Superior de Sanidad de la Isla de Cuba, que agrupó las juntas locales que estaban creadas en los departamentos, la Junta Provincial de Santiago de Cuba se subordinó a aquella, y al mismo tiempo que ejercía sus funciones en esta municipalidad supervisaba las juntas subalternas que se fueron creando sucesivamente en Bayamo, Manzanillo, Baracoa, Jibara, Holguín y por último en Guantánamo,
Aunque la actividad de esta corporación era muy irregular, mostró su utilidad en situaciones de emergencia epidémica. Por ejemplo, en marzo de 1833 y ante el avance del cólera morbo en la Isla, el gobernador Juan de Moya y Morejón convocó a una junta extraordinaria de sanidad, donde se tomaron importantes medidas para evitar la entrada del cólera a la ciudad.
Se decretó la cuarentena de buques, aislar fuera de la población a quienes llegasen enfermos, agilizar la conducción de cadáveres hacia el cementerio, desecar los pantanos de las calles, para proteger a la población de menos ingresos se prohibió el aumento del precio de los medicamentos. Fueron designados los locales para asistir a los enfermos para limitar la acción del contagio, tarea que asumiría la Junta de Caridad; a la población se le orientó el aseo de casas y calles y como era habitual hacer las rogativas en todas las iglesias de la ciudad. A los facultativos se les encomendó la inspección de cárceles, cuarteles, hospitales y demás sitios de hacinamiento25. Esta vez y pese a sus escasos medios, la Junta de Sanidad consiguió impedir la entrada del cólera morbo a Santiago de Cuba, lo cual no pudo evitarse en octubre de 1852, debido al estado de semidestrucción en que quedó la ciudad luego del terremoto de agosto de ese año y las lluvias que le siguieron.
El tráfico marítimo había aumentado considerablemente desde inicios del siglo XIX, para en la segunda mitad reafirmar la importancia del puerto como vía principal de comunicación exterior e interior de la jurisdicción. De ahí los proyectos impulsados por hacendados y comerciantes para modernizar y hacer más operativo el Barrio de la Marina con su calzada.
La sanidad marítima fue un aspecto de trascendental importancia en la labor de la Junta de Sanidad; el sistema de vigilancia incluía la visita a los buques apenas entraban en el puerto, y la expedición de certificados, trámite este necesario para que pasajeros, tripulantes y mercancía pudieran desembarcar.
La Junta se mantenía informada del estado epidemiológico de las ciudades portuarias con las que se mantenía constante intercambio a través de los cónsules españoles destinados en el área caribeña, centroamericana, en Norteamérica y algunos centros europeos.
Para que se tenga una idea de la actividad de la Junta en este sentido, podemos señalar que entre 1841 y 1842 fueron visitados 196 buques en su mayoría españoles, y otros de Norteamérica, Francia, Alemania, Dinamarca, Venezuela y Colombia, cuyo destino abarcaba toda la geografía caribeña: Saint Tomas, Puerto Rico, Curazao, Jamaica, México, Granadina, y los puertos venezolanos de Maracaibo y la Guaira 26 semejante actividad se mantuvo a todo lo largo de la centuria.
El celo de los funcionarios de sanidad chocó frecuentemente con los intereses de los comerciantes de la región, los cuales pretendieron burlar las medidas de control sanitario ignorando el peligro constante y real de contaminación a que estaba expuesta la ciudad por medio de mercancías y pasajeros contagiados. Entre las tantas solicitudes vetadas por la Junta podemos citar el caso del alegato de un grupo de comerciantes que se oponían a la cuarentena impuesta a un buque norteamericano que traía en sus bodegas “salazones y jamones” aduciendo que estos artículos al estar tratados no eran peligrosos al consumo humano, mas los funcionarios de sanidad mantuvieron su decisión de imponer la cuarentena, dado que los bocoyes que contenían las mercancías eran de madera 27. En julio de 1849 otro grupo de comerciantes, esta vez de Manzanillo, se quejan de “los graves perjuicios que se originarían con las cuarentenas rigurosas que debían sufrir los buques de la Unión Americana”, por lo que solicitan que se les tuviera en observación solo por ocho días, a tal pretensión se negaron los miembros de la Junta28.
Desde enero de 1844 funcionaba en Cayo Duan, en el interior de la bahía, una estación de cuarentena para los buques surtos en puerto, provenientes de ciudades en estado epidémico. Las condiciones de las instalaciones dedicadas a albergar a los cuarentenados dejaba mucho que desear, reiterándose las quejas sobre derrumbes, goteras, y poca capacidad que obligaba a los veladores a dormir bajo el mismo techo que los aislados, convirtiéndose en nulo tanto esfuerzo.
Durante toda la centuria, los funcionarios de la Junta Provincial de Sanidad se enfrentaron a la torpeza de la administración colonial, a las incomprensiones de la población y a las dificultades económicas que convertían su trabajo en una labor muchas veces estéril. A su favor se puede decir que no cejaron en la vigilancia de cuanto buque arribara al puerto conscientes del peligro a que se exponían los habitantes de una ciudad donde no habían prendido los hábitos higiénicos más elementales. Aplicaron las medidas que para entonces se concebían como el rociar con vinagre las mercaderías ante la amenaza frecuente de cólera, revisar minuciosamente las patentes sanitarias para detectar fraudes, llegando a impedir el arribo de estos en los casos en que la sospecha tuviera base.
No obstante la falta de cooperación de los habitantes de la ciudad, se revisaba semestralmente el estado de la vacunación, sobre todo en las escuelas y comercios; por otra parte se nombraron comisiones para velar por la higiene en los campos, para “que se corrijan todas las causas capaces de viciar la atmósfera, y de mejorar la higiene de los esclavos que son por su condición harto propensos al desaseo” 29.
Los periodos bélicos condenaron a esta institución sanitaria a una vida eminentemente burocrática, su capacidad de acción se vio cada año más limitada y la situación higiénica de la población fue en constante deterioro,
Al culminar la Guerra Hispano Cubana Norteamericana en 1898, ante los ojos de las tropas norteamericanas de ocupación y de los patriotas cubanos que llegaron a Santiago apareció una ciudad totalmente apestosa, que carecía de un sistema de recogida de basura y de barrido de calles, estas eran furnias y lodazales y la miseria y las enfermedades azotaban a la población civil, era la misma urbe de la cual expresaría Pablo de la Torriente Brau en 1935: “Santiago de Cuba es bella y sucia como una gitana de feria”. Muchos años harían falta para edificar la nueva ciudad que hoy se asoma al Caribe-

Citas y Notas.

1. Eliel Saarinen. La ciudad, su crecimiento, su declinación y su futuro. México, Editorial Limusa Wiley, S.A., 1967: 19.
2. El estudio de las formaciones espaciales en sus categorías tiempo, espacio y sociedad, es vital para comprender los procesos sanitarios que a ese nivel se confrontan. Por un lado están las características físicas y sociológicas de la ciudad que intervienen en la salud de la comunidad, por otro, la segregación social en el espacio urbano engendra barrios marginales por lo regular insalubres. V. Eliel Saarinen. Op. cit. y La ciudad como bien cultural. Memorias del Seminario. Santafé de Bogotá, 1990: 69-101.
3. Vid. María E. Orozco. La desruralización en Santiago de Cuba, génesis de una ciudad moderna 1788-1868. Tesis Doctoral. Santiago de Cuba, Universidad de Oriente, 1994: T.I, pág. VIII.
4. No en balde entre las medidas legislativas identificadas por el gobierno inglés en 1847 se mencionan como áreas de intervención pública los sistemas de cloacas, la organización de la limpieza urbana, ubicación de los mataderos, abastecimiento de agua y sepultura de los muertos entre otras. Vid. Roberto Segre. Arquitectura y urbanismo moderno. La Habana, Editorial Arte y Literatura, 1988: 41-42.
5. Leví Marrero. Cuba: economía y sociedad. Madrid, Editorial Playor, 1986, t.XII: 198.
6. Agustín de la Texera. Santiago de Cuba a principios del siglo XIX. Del Caribe. Santiago de Cuba, 1989; año V, núm. 13: 90-105.
7. ME Orozco. Op. Cit. : 19.
8. Ibídem.
9. Archivo Histórico de la Oficina del Conservador de la Ciudad de Santiago de Cuba (AHOCCSC). Ayuntamiento Colonia (Sanidad). 148: 2285.
10. Emilio Bacardí. Crónicas de Santiago de Cuba. Barcelona, Tipografía de Carbonell y Esteva, 1909; T.II: 193, 274.
11. AHOCCSC. 125 s/n, 1857.
12. Ibídem. 124: 1783.
13. Ibídem. s/n, 1864-65.
14. Los puntos clandestinos eran: el que formó el público en la calle alta de Cristina frente a la tenería de Antonio de Mesa, en Pozo del Rey, Calles Dolores, San Félix, San Agustín, San Basilio, San Antonio alta y baja, San Ricardo baja y Calzada de la Reina. Loc. Cit. (13).
15. E. Bacardí. Op. Cit. T.X: 138.
16. Tomás Romay. Obras Completas. La Habana, Academia de Ciencias de Cuba, 1965; t. I: 206.
17. Elvira Arquiola. La expedición de Balmis y la difusión de la vacuna. En: AR Diez Torres (coord.). La Ciencia Espa ñola en Ultramar. Madrid, Ediciones Doce Calles, 1991: 249-254.
18. AHOCCSC. Ayuntamiento Colonia. Libro de Acta Capitular 1804.
19. E. Bacardí. Op. Cit. T.II: 49.
20. Eduardo Torres-Cuevas. Obispo Espada, Reforma, Ilustración y Antiesclavismo. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1990: 60-66, 212-217.
21. Archivo Nacional de Cuba (ANC). Junta Superior de Sanidad. 35:3.
22. AHOCCSC. Ayuntamiento Colonia. Libro de Actas de la Junta de Sanidad. Folio 16.
23. Ibídem (Sanidad). 124: 1785.
24. La Agenda ’95 publicada por la Editorial Oriente con razón del 480 aniversario de esta ciudad contiene un lamentable error, pues en el artículo “La salud en Santiago de Cuba” sitúa la creación de la Junta de Sanidad el 12 de junio de 1820; el primer documento que menciona a esta Junta como un hecho consumado data de 1814. Vid. AHOCCSC. (Sanidad) 124: 1770.
25. Archivo Histórico Provincial de Santiago de Cuba. Gobierno Provincial. 549: 1.
26. AHOCCSC. Ibídem. Libro de Registro de Patentes Sanitarias 1841-1853.
27. Loc. Cit. (19). Folio 133.
28. Ibídem. Folio 155.
29. Ibídem. Folio 121.